martes, 18 de junio de 2013

Terminaron los festejos por los 20 años de Minton's y el que no vino se los perdió

Durante los tres primeros domingos de este junio tuvieron lugar los festejos por los 20 años de Minton's. Fueron tres magníficas noches en los que se proyectó la película Minton's 20 años (realizada por Jorge Fondebrider y un equipo de estudiantes de la ENERC) y donde a razón de dos números por noche desfilaron algunos de los principales músicos de jazz de la Argentina, con el agregado especial de George Garzone, quien tocó en la segunda fecha con un verdadero seleccionado local.

Para quienes no pudieron estar presentes y para quienes, habiendo sido parte de los festejos, quieren volver a ver algunos de los mejores momentos de esas noches, pegamos a continuación una serie de vínculos con youtube que permitirán ver y oír lo que pasó en cada una de esas fechas gracias a las excelentes filmaciones de Edu Feller.

DOMINGO 2 DE JUNIO
Mariano Loiácono Trío (Mariano Loiácono en trompeta y flügelhorn, Hernán Merlo en contrabajo y Ramiro Penovi en guitarra)
"Homenaje a Chet Baker"
http://www.youtube.com/watch?v=CU3LD6KsMEE
http://www.youtube.com/watch?v=tr-edO_cJI0
http://www.youtube.com/watch?v=6uCeT1WEG0U

Adrián Iaies  en piano y Juan Manuel Bayón en contrabajo. Invitado especial: Mariano Loiácono  en trompeta y  flügelhorn
http://www.youtube.com/watch?v=QPuQJ8A2Kzg
http://www.youtube.com/watch?v=fuAJMrGjlpQ
http://www.youtube.com/watch?v=ye-T7Tm8GiI


DOMINGO 9 DE JUNIO
Paula Shocrón Trío (Paula Shocrón en piano, Juan Manuel Bayón en contrabajo y Bruno Varela en batería
http://www.youtube.com/watch?v=SV0Sn6rmpBU
http://www.youtube.com/watch?v=N2cjrsJ6t2A
http://www.youtube.com/watch?v=MYyG1GVVTcg
http://www.youtube.com/watch?v=rvcUnL0ukBI

George Garzone All Stars (George Garzone en saxo tenor, Ernesto Jodos en piano, Jerónimo Carmona en contrabajo y Pepi Taveira en batería. Invitados especiales: Ricardo Cavalli en saxo tenor y Mariano Loiácono en trompeta.
http://www.youtube.com/watch?v=nmo9OelEjFM
http://www.youtube.com/watch?v=pAzxP6fpIZI
http://www.youtube.com/watch?v=SGM9kGep7SA
http://www.youtube.com/watch?v=SoSOxJO6QMI


DOMINGO 16 DE JUNIO
Ricardo Cavalli-Francisco LoVuolo Cuarteto (Ricardo Cavalli en saxo tenor, Francisco LoVuolo en piano, Juan Manuel Bayón en contrabajo y Eloy Michelini en batería)
Próximamente


Mariano Loiácono Noneto (Mariano Loiácono y Richard Nant en trompeta y flûgelhorn, Franco Spíndola en trombón, Ricardo Cavalli en saxo tenor, Gustavo Muzzo en saxo alto, Ramiro Flores en saxo barítono, Alan Zimmerman en piano, Carlos Álvarez en contrabajo y Fermín Merlo en batería).
Próximamente

viernes, 7 de junio de 2013

Esperanza Spalding aburrió en Buenos Aires

“El concierto con el que la contrabajista mostró el material de su más reciente disco, Radio Music Society, terminó cayendo en un exceso de virtuosismo que lindó con el mero aburrimiento”, escribe Diego Fischerman, en su nota de Página 12, publicada en el día de hoy.

Demasiadas confituras

Por momentos parece una de esas niñas prodigio, tan talentosas como incontinentes, que no pueden parar de hablar y, como diría un tío de barrio, de presumir. Esperanza Spalding es una notable contrabajista, canta con afinación asombrosa las melodías más intrincadas y lo hace con swing, compone sus temas, tanto la música como la letra, y dirige una banda sumamente sólida. En el primer tema asombra, en el segundo apabulla y para cuando promedia el concierto ya se ha escuchado lo mismo muchas veces y queda poco más que aburrimiento.

En su tercera visita a Buenos Aires –la primera, en 2007, había sido con el Niño Josele y el año siguiente ya había llegado con su propia banda–, Spalding presentó casi completo su álbum más reciente, Radio Music Society, de donde provino todo su material, salvo los dos bises, “Precious” y “I Know that you Know”, pertenecientes al disco Esperanza, y el inicial, “Us”, donde literalmente presenta al “no-sotros” que la acompaña, con solos de varios de sus integrantes. Melodías quebradas y angulares, un poco en la vena de aquellas canciones que Flora Purim y, más tarde, Gayle Moran cantaban en el viejo y buen Return To Forever, comentarios del bajo y solos entre los que se destacaron los que estuvieron en manos de la saxofonista Tia Fuller, fueron las piezas con las que se montaron cada una de las canciones. Sin variedad dinámica ni expresiva, la casi continua exhibición de virtuosismo vocal –dentro de la que merece especial mención Chris Turner, un cantante especialmente dotado– acabó semejándose a un postre con sucesivas –e interminables– capas de crema, confituras y merengue. En todo caso podría pensarse que para Spalding permanece en el misterio la tenue división entre la dulzura y el empalago.

Mezclando palabras en inglés y español tarzánico –Spalding, a pesar de su nombre, que su madre eligió para homenajear a una amiga, no desciende directamente de hispanoparlantes–, la artista habló de amores perdidos (“mucho sonrisa, mucho maraviia, ahora mucho dolor”), de los reyes (“una clase de hombres que lo puedes tener sentado a tu lado, que pueden no tener oro ni castel pero tienen corazón de reies”) y, sobre todo, de que no era necesario hablar y de que la música se explicaba por sí sola. A pesar de eso habló y, además, llenó sus canciones de palabras. Desfilaron “Hold on me”, “I Can’t Help it” y “Smile Like that”, entre otras, hasta llegar a “Radio Song”, que abre el disco y aquí fue elegida como cierre. Improvisando sobre los textos –a diferencia del scat clásico, que lo hace sobre sílabas sin significado específico–, Esperanza Spalding fue del agudo al grave y del grave al agudo, pero con intensidad y tempo invariable. Una banda que logra una singular cohesión en los tramos colectivos y que consigue sus mejores momentos cuando sus bronces se acercan al coral, la acompaña con eficiencia, aunque no demasiada pasión. Los solos dan la sensación de ser repetidos con prolijidad estudiantil más que con espíritu de riesgo y, eventualmente, faltó esa sensación de salto al vacío sin la cual el jazz se convierte en su caricatura. Tal vez –a veces sucede– las capas de confitura fueran necesarias para ocultar la nada.

sábado, 18 de mayo de 2013

Cuando Mussolini tocaba el Fender Rhodes


De la sección RARUM, de Cuadernos de Jazz, una joyit a de Jonio González

Romano Mussolini & His Friends
Soft & Swing

Romano Mussolini (Fender Rhodes), Cicci Santucci (tp, fisc), Roberto Zapulla (bat), Wilfred Copello (perc), Lino Ranieri (b el)
Milán, 1979

Grabación original en Carosello Records CLE 21045

Reeditado en 1996 por Right Tempo Classics RTCL 809 CD

Intente imaginar el lector que Adolf Hitler y Eva Braun tuvieron un hijo, que éste se dedicó al jazz, que obtuvo un éxito nada desdeñable, sobre todo en su país, que jamás abjuró de su padre, ni siquiera de sus actos. Sí, es mucho imaginar. Y sin embargo ocurrió algo similar con un dictador que poco tenía que envidiar a citado (si acaso algunas victorias con algo más de relumbrón): Benito Mussolini.  En efecto, el cuarto hijo de Il Duce, Giulio Romano, nacido en Forli en 1927, fue un entusiasta del jazz desde temprana edad, a partir del día en que su hermano Vittorio le regaló un disco de Duke Ellington: Black Beauty. Dado que en casa no eran precisamente afectos a esa suerte de degeneraciones musicales (aun cuando al parecer Benito encontraba simpático a Fats Waller), tuvo que conformarse con estudiar piano clásico. Ello no impidió que su afición creciera, en parte porque un oficial de la Wehrmacht lo proveía clandestinamente de discos llegados de Estados Unidos, en parte porque tuvo una segunda y definitiva epifanía al descubrir a Louis Armstrong, cuyos discos se conseguían por entonces en la Península con el italianizado nombre de Luigi Fortebraccio [sic]. Como quiera que sea, la vida del pequeño Romano se complica cuando su padre muere a manos de los partisanos, Italia pierde la guerra y él y su familia son deportados a Ischia. Las desventuras, no obstante, durarán relativamente poco. La amnistía de 1947 le permite dar rienda suelta a su pasión en night clubs y restaurantes de su ciudad de acogida con el nombre de Romano Full. Pronto, sin embargo, quienes lo contratan se dan cuenta de que su apellido original provocaría la curiosidad y hasta el morbo del público, que acudiría en mayor número a escucharlo, como en efecto ocurre. De modo, pues, que a finales de los años cuarenta encontramos a Romano (ya Mussolini) tocando con algunos de los músicos de jazz más importantes de la época en su país, como Carlo Loffredo, Enzo Scoppa y Dino Piana entre otros. El éxito va en aumento. En 1956 se presenta en el Festival Internacional de Jazz de San Remo; en 1963, al frente de los Romano Mussolini All Stars graba Jazz Allo Studio 7, que se convierte en un éxito de ventas y lo ubica en la élite del jazz italiano; acompaña a Dizzy Gillespie, a Duke Ellington, a Ella Fitzgerald, a Lars Gullin, a Louis Armstrong; graba y colabora profusamente con Chet Baker. Casado con Maria Scicolone (hermana de Sofia Loren), tiene tres hijas, una de las cuales, Alessandra, se convierte en una destacada militante de la extrema derecha neofascista y llega a obtener un escaño en el Parlamento Europeo por la formación que ella misma crea, Azione Sociale. Por cierto, el himno de la misma, Orgullo de ser italiano, es obra de nuestro hombre. Y es que Romano, como el imaginario hijo de Hitler,  jamás renegó de su progenitor (una foto de 1962 nos lo muestra ante el piano en compañía de su hermana Anna Maria y un recio retrato de Il Duce) . Para él las leyes raciales que impuso el Partido Fascista eran, en sus propias palabras, “muy humanas, pues permitían a los judíos que se hicieran católicos”. Y va más allá al sostener (casi proféticamente, si se piensa en Berlusconi) que “Mussolini y el fascismo sembraron las bases de la Italia moderna”.

En el aspecto puramente musical, Romano recibió la temprana influencia de George Shearing para convertirse, con los años, en una suerte de “Peterson melancólico”, como ha escrito el crítico Mark Steyn. Ocasionalmente inspirado y siempre eficaz, según nos recuerda éste, produjo algunos discos aceptables, entre ellos Last Lost Love, Pennies from Heaven, The Wonderful World of Louis o Napule E'Nu Quarto 'E Luna, dedicado a la ciudad donde vivió un tiempo alternando la carpintería con la música. En los setenta descubre el funk y la música brasileña y graba, en 1974, Mirage, donde toca el Fender Rhodes. Cinco años después, y delante también de un Fender, registra el presente disco, con seis composiciones propias más "Autumn Leaves" y "Minority", de Gigi Gryce. Música ligera, ejecución económica, una concepción del swing tan correcta como previsible, con una sección rítmica algo ramplona, estimables intervenciones de Santucci y un tema ciertamente agradable, Duke, que, con su atmósfera evocadora bien podría haber integrado el soundtrack de un film noir francés, como algún crítico ha señalado acertadamente, lo que no es poco. Sólo cabe preguntarse, quizá desde el prejuicio (quien esto escribe no lo niega), si ahora estaríamos reseñando este disco si quien lo grabó no hubiese ostentado tan ilustre apellido.

Romano Mussolini murió en Roma en febrero de 2006. A su funeral asistió la flor y nata de la extrema derecha italiana, y suponemos que algún músico de jazz.


jueves, 16 de mayo de 2013

Lo último que salió de Shorter


Diego Fischerman escribió en Página 12 del 15 de mayo la reseña del último disco de Wayne Shorter. Según se lee en la bajada: “En el año en que cumple 80, la leyenda jazzera se da el lujo de publicar un CD extraordinario, compuesto, mayoritariamente, por grabaciones realizadas durante la gira de 2011. De los nueve temas incluidos, seis son nuevos”.

 

Un talento que no tiene red


Es, sin duda, uno de los grandes músicos de la historia del jazz. Como saxofonista fue posiblemente el único capaz de procesar la influencia de John Coltrane y, a partir de ella, crear un estilo absolutamente propio. Y, como Coltrane, generó una escuela. Además, es el autor de temas seminales: “Pinocchio”, “E.S.P”., “Nefertiti”, “Masqualero”. Wayne Shorter dejó una huella profunda, como integrante de los Jazz Messengers del baterista Art Blakey o del Quinteto de Miles Davis a partir de 1968, en sus fundantes discos como líder para el sello Blue Note, en la década de 1960 (Juju, Speak No Evil, Etcetera, por sólo nombrar algunos), como miembro de Weather Report o como colaborador, ocasional o no tanto, de Milton Nascimento, Santana, los Rolling Stones y Joni Mitchell. Pero, además, en el año en que cumple 80 se da el lujo de publicar un disco extraordinario. No sólo un gran álbum de una leyenda, sino una obra de arte capaz de hacer justicia a su título: “Sin red”.

Without a Net se compone, mayoritariamente, por grabaciones realizadas durante la gira de 2011 por el notable cuarteto que integran, junto a Shorter, Danilo Pérez en piano, John Patitucci en contrabajo y el baterista Brian Blade. Con el mismo grupo (salvo el baterista) llegó ese mismo año a Buenos Aires y dio un concierto ejemplar. Ya había estado en 2006. Y el grupo, que se mantiene estable desde 2001, editó tres grandes discos para el sello Verve: Footsprints Live, Alegria y Beyond The Sound Barrier. Ahora, más allá del publicitado regreso a Blue Note (que, en rigor, es apenas un cambio de habitación dentro de la misma casa, ya que tanto este sello como el anterior pertenecen hoy a la misma compañía, Universal), lo realmente importante es la creatividad, el riesgo, la calidad de ejecución y la originalidad de la música.

De los nueve temas incluidos, seis son nuevos y uno solo, “Pegasus”, una suerte de poema sonoro de 23 minutos de duración que incluye al quinteto de vientos Imani Winds, fue grabado en estudio. Allí, a los siete minutos, aproximadamente, a una de las integrantes del grupo de cámara se le escapa, al escuchar a Shorter, un sonoro “Oh My God” que Roy Griffin, el ingeniero de sonido, decidió dejar. De las obras más antiguas, dos son del propio Shorter, “Orbits” (del disco Miles Smiles, de Davis) y “Plaza Real” (de Procession, de Weather Report), y son leídas desde lugares totalmente distintos de los originales. El otro tema reinventado aquí por el cuarteto es “Flying Down To Rio”, del film musical de 1933. “Pegasus” funciona como una especie de centro alrededor del cual gira el resto. Sin embargo, a pesar de las diferencias evidentes en el timbre y las texturas (más homofónicas en la escritura para el Imani), tanto en esta obra como en las piezas más breves la forma nada tiene que ver con las tradicionales improvisaciones sobre secuencias de acordes ni, tampoco, con el free jazz más institucionalizado. Se trata, más bien, de epígrafes, de pequeñas inmersiones en ríos sonoros donde cada instrumento puede entrar o salir y en los que no hay otra guía que la propia interacción de los músicos. Shorter suele recordar la época con Davis diciendo que “no ensayábamos; ¿cómo podría ensayarse lo inesperado?” Aquí demuestra que ese espíritu sigue vigente. Con certeza, ésta no es la obra de alguien que revisita su historia, sino la de alguien que, para bien de todos, aún está escribiéndola.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Melancolía porteña de la mejor


En el diario Página 12 del día de hoy, Diego Fischerman publicó el siguiente comentario sobre Goodbye, el último disco solista de Adrián Iaies, editado por Rivorecords.

La música en estado puro

No hay una sola respuesta posible. La de Adrián Iaies, no obstante, podría ser una de las más lógicas. O, por lo menos, lo es en sus manos. Ante la pregunta sobre qué cosa podría ser el jazz porteño, su hipótesis se ha ido concentrando y perfeccionando a lo largo de los años. Y si en un momento el género de los materiales sobre los que trabajaba, es decir unos tangos cuidadosamente elegidos, resultaba esencial, hoy lo que define su estilo –y por extensión uno de los estilos posibles de la música de esta ciudad– es algo que está más allá. Y, por si hiciera falta, lo explicita en su último disco, tal vez uno de los mejores de su carrera y, sin duda, uno de los más significativos del jazz de los últimos años.

Allí no hay tangos. Tampoco esas otras canciones de iniciación –Charly García, Joan Manuel Serrat– que el pianista revisita con singular fortuna. Si hay algo que pueda ser llamado argentinidad o, tal vez, porteñismo, no reside en nada de lo evidente. El disco, llamado Goodbye y publicado por Rivorecords, está dedicado a standards, es decir temas clásicos del jazz. La originalidad y el buen gusto con los que fue elegido el repertorio –baladas, de autores como Mal Waldron (“Soul Eyes”), Benny Golson (“Whisper Not”) o Gordon Jenkins (“Goodbye”)–, son, sin duda, un punto de partida. Pero lo notable es lo que Iaies hace con él. Y la manera en que se deja atravesar –y deja atravesar a las piezas elegidas– con la más profunda de las melancolías. Un tono neblinoso y difuminado que, más allá de cualquier genealogía improbable, suena inevitablemente a Buenos Aires.

Introspectivo hasta el extremo, ascético hasta el abismo, Goodbye logra un virtuosismo apabullante en su renuncia a cualquier exhibición virtuosa. Se trata, tan sólo, de alguien extrayendo sentido a cada nota, a cada articulación, a cada de-sarrollo, a las exquisitas secuencias de acordes. No hay notas que sobren porque no hay sonidos que obedezcan a otra cosa que una íntima necesidad de comunicación. Es, ni más ni menos, música en estado puro. Y parte del encanto tiene que ver con el disco en sí, con la presentación, con la excelente toma de sonido (y el bellísimo piano Fazioli con que fue realizada), en uno de los salones de Aguaribay y con Néstor Stazzoni y el sabio Carlos Melero como ingenieros de grabación, y con el cuidado en la producción.

Rivorecords, una de las mejores noticias en el mundo del jazz local, ha logrado, en su hasta ahora breve existencia, generar un catálogo de rara homogeneidad. Con un par de preceptos sencillos –grabaciones sin artificios y de calidad inusual, respeto por las estéticas de los artistas y por un objeto en el que todo cuenta, desde el sonido hasta la tapa y el diseño– este sello dedicado a discos de músicos de jazz argentino puestos ante el desafío de tocar standards, cuenta con varios CD notables y con mucho del mejor jazz argentino actual. Iaies, uno de los artistas más prolíficos del medio local –y también uno de los más meticulosos a la hora de dierenciar unos proyectos de otros y de hacer que cada nuevo disco sea, además, novedoso–, logra hacerlo, en este caso, con las armas más sencillas y, también, las más esquivas. Aquellas que sólo encuentran algunos buscando dentro de sí.