Nuevamente Diego Fischerman, con una reflexión de ésas que hacen pensar (esto pretende dejar en claro que hay reflexiones que no hacen pensar y que por eso no se suben al blog). El motivo acá es Booker Ervin y de yapa, Dexter Gordon.
La desafinación como una de las bellas artes
El jueves compré, en Minton’s, un disco largamente añorado: Setting the Pace, de Booker Ervin con Dexter Gordon (ambos en saxos tenores, el segundo de ellos en dos temas, el que da título al disco y “Dexter’s Deck”, Jaki Byard en piano, Reggie Workman en contrabajo y Alan Dawson en batería. Escucho con infinito placer. Escucho la energía, desde ya, la imaginación, la interacción. Pero hay algo en especial que siempre me maravilló de Ervin (escucho, de paso, otro disco ejemplar, The Freedom Book, en cuarteto con Byard, Dawson y, en el contrabajo, Richard Davis): su manera de desafinar expresivamente el final de cada nota. Hay algo que es esencial en el jazz, el sonido entendido mucho más que como el timbre. Se trata de un concepto que incluye el color, la afinación, la densidad y, sobre todo sus variaciones. Podría decirse que uno de los secretos del jazz es que ningún sonido empieza, se desarrolla y finaliza de la misma manera. Por breve que sea, allí hay un microdesarrollo de infinita riqueza. Y Ervin pone en escena esa particularidad de una manera única. Desciende, sobre su final y casi imperceptiblemente, cada sonido que toca. El efecto es extraordinario y desgarrador.
