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jueves, 6 de agosto de 2015

Jonio González escribe desde España

Probablemente quien más y mejor hace por la difusión del jazz argentino en España, Jonio González acaba de publicar la siguiente nota en la revista Cuaderno de Jazz del mes de agosto.

El jazz que llega de Argentina

El jazz que nos llega de Argentina está tan lleno de sorpresas como de (crecientes) certezas. Voces que reafirman su calidad, otras que se afianzan y por fin las que se abren paso a fuerza de sensibilidad y trabajo. De ellas hemos recibido recientemente unas cuantas muestras, todas desde Buenos Aires y Rosario, al parecer las ciudades (junto con La Plata, aunque en menor medida) donde se desarrolla la mayor parte de la vida jazzística del país.


Adrián Iaies Drumless Trio
Cada mañana te trae
Adrián Iaies (p), Juan Manuel Bayón (b), Mariano Loiácono (tr)
Rosario, Argentina, agosto de 2014
20 Misas


Ernesto Jodos
Actividades constructivas
Ernesto Jodos (p)
Rosario, Argentina, agosto de 2014
Blue Art BARCD-169

Guillermo Bazzola
Hora libre
Guillermo Bazzola (gt), Ernesto Jodos (p), Rodrigo Domínguez (st, sa, ss), Juanma
Barroso (bt)
Buenos Aires, mayo de 2005
Blue Art BARCD-164

Hernán Mandelman
Reflexiones en verano
Hernán Mandelman (bat, perc), Natalio Sued (st), Juan Cruz de Urquiza (tp), Rodrigo
Domínguez (sa), Sebastián de Urquiza (b), Francisco Lo Vuolo (p)
Buenos Aires, 2014
Blue Art BARCD-168

Guillermo Roldán Trío
Nuclear
Tatiana Castro Mejía (p), Hernán Rodríguez (bt), Guillermo Roldán (b)
Buenos Aires, marzo de 2014
Autoeditado. compra 









Comencemos por un pianista bien conocido por el público español, Adrián Iaies, que en Cada mañana te trae opta por la fórmula drumless trio, con Juan Bayón en contrabajo (gran trabajo el suyo, no sólo sosteniendo sino impulsando y tendiendo puentes) y su viejo conocido Mariano Loiácono, con quien ya colaboró en Small Hours, Late at Night (20 Misas, 2013) y Melancolía (20 Misas, 2012), un trompetista que no ha parado de crecer, dueño del mesurado vigor de Clifford Brown, la melódica serenidad de Miles Davis y un conocimiento de su instrumento y de los arcanos del swing absolutamente propios. Iaies, cuyas composiciones suenan cada vez más clásicas (por concepción, por estructura, por poder melódico), saca todo el provecho posible de la elasticidad y los espacios que genera la ausencia de batería y prioriza, con un sonido de singular pureza, tanto el poder de la melodía como la interacción con sus compañeros, generando silencios complementarios, climas secretos, desplazando el centro del discurso hasta hacerlo adquirir por momentos una triple voz conjunta. Sin duda, uno de los mejores trabajos de Adrián Iaies en su fructífera carrera (y uno de los que más blues contiene) y la constatación, por si hacía falta, del talento de Loiácono y Bayón. 


El también pianista Ernesto Jodos, por su parte, vuelve a grabar sin acompañamiento más de diez años después de su anterior y primer disco en solitario (Solo, BlueArt, 2004). Si en Iaies el silencio cumple una cierta función de ceñir la melodía, en Jodos viene a ser el hilo en que se van ensartando, sin premura, como destiladas, las notas que constituyen la esencia de cada uno de los doce temas, todos de él mismo, que conforman Actividades constructivas, su último trabajo. Contrariamente a lo que podría pensarse, Jodos no deconstruye la melodía a la manera de un Ethan Iverson, por hablar de un pianista de su generación (de hecho, tienen la misma edad), sino que busca sus diversos núcleos, los ubica, los analiza, los confronta, especula con ellos y los devuelve al mismo lugar musical en un proceso literalmente fascinante en el que avanza a medida que profundiza, en la línea del mejor Bill Evans. 


Jodos interviene asimismo en el último disco del guitarrista, afincado desde hace más de diez años en Madrid, Guillermo Bazzola, Hora libre, pero esta vez ante los teclados de un Hammond. A ambos se suman el saxofonista, también argentino, Rodrigo Domínguez (en cuyo primer álbum, Tonal, lanzado por BAU en 2004, Jodos tocaba, precisamente, el órgano eléctrico) y el baterista madrileño Juanma Barroso (cuyo último trabajo, Nairi -Big Music, 2012-, es altamente recomendable). Bazzola, que probablemente sea hoy mismo el guitarrista más interesante de la escena jazzística española, grabó este disco en 2005, incluyendo nueve temas de su autoría de los diez que lo componen, decidido a profundizar, en sus palabras, en las coincidencias tímbricas de guitarra y órgano así como en las posibilidades de la mayor laxitud de las líneas de bajo. De ello es excelente muestra un disco lleno de potencia y a la vez sutilezas, mucho swing y en el que, con una coherencia extraordinaria, se invita al oyente a recorrer un camino que comienza con ecos bop y concluye con alusiones a la mejor fusión tras tocar puertos que remiten al blues o (lógicamente) el soul jazz sin eludir, incluso, ciertas pinceladas ácidas. A todo ello contribuye, en primer lugar, la refinada y serena sensibilidad de Bazzola, pero también un Jodos de una delicadeza y musicalidad extraordinarias, un Domínguez robusto como se espera de un saxo que acompaña a un Hammond y un Barroso contundente y efectivo. 


Del baterista y compositor bonaerense Hernán Mandelman, este cronista recuerda su feliz intervención en Amistad (BlueArt, 2008), un disco de extraordinaria intensidad y madurez (sobre todo si se considera la edad de los músicos) en el que se planteaba una interesante reelaboración del lenguaje bop. Ahora, enReflexiones en verano (tercer disco de Mandelman a su nombre), son nuevamente de la partida Rodrigo Domínguez en saxo alto, Natalio Sued en tenor y el propio Mandelman, mientras que Sebastián Urquiza reemplaza a Franck Oberson en contrabajo y se suman dos pesos pesados de la escena jazzística argentina, el excelente Juan Cruz de Uquiza en trompeta y Francisco Lo Vuolo, posiblemente el pianista de su país con un dominio más profundo del lenguaje jazzístico clásico. Pero si en el citado Amistad, ninguna de las composiciones era de Mandelman, en éste lo son todas, y ellas revelan una concepción musical más estructurada y clara si se quiere.Reflexiones... es un claro ejemplo de búsqueda rigurosa de los límites del lenguaje del jazz que se traduce en unos logros armónicos y melódicos ciertamente memorables. 

Distinta, pero no opuesta, parece la búsqueda del bajista Guillermo Roldán en Nuclear, secundado por la incisiva y un punto sigilosa colombiana Tatiana Castro Mejía en piano y Hernán Rodríguez en batería. Nuevamente nos hallamos ante lo que ya suena a tópico: músicos jóvenes con unos conocimientos y talento para llevarlos a la práctica que no dejan de sorprender. Pero no es sólo conocimiento, sino plena consciencia del material con que se trabaja. Al contrario que en los casos anteriores, donde el noventa y nueve por ciento de los temas están compuestos por los líderes de las distintas formaciones, aquí nos encontramos con dos temas de Monk, otros tantos de Ornette Coleman y uno de Paul Motian, además de uno improvisado que nos remite a lo que escribiera Geoff Dyer a propósito de Mingus, para quien no había diferencia entre composición e improvisación. La maestría de estos tres músicos al respecto queda reflejada en el tratamiento a que someten el tema improvisado, Hombre lobo, y el Epistrophy de Monk: de lo que se trata, en realidad, no es de efectuar relecturas desde cierta estrategia musical, sino de llevar a cabo lecturas capaces de dar con otros significados posibles

miércoles, 22 de julio de 2015

Adrián Iaies y Bojan Z en el Centro Cultural Kirchner

La siguiente reseña del concierto de Adrián Iaies y Bojan Z, firmada por Jorge Fondebrider, fue publicada por el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado lunes 20 de julio. 

De la pampa a los Balcanes 

En el marco del festival Piano Piano, que se viene desarrollando en Centro Cultural Kirchner desde el pasado 3 de julio al 8 de agosto próximo, el jueves 16 hubo un doble programa dedicado al piano solista. En primera parte se presentó el argentino Adrián Iaies y, acto seguido, el serbio Bojan Zulfikarpasic, quien, radicado en Francia y acaso por motivos obvios, hace unos años simplificó su nombre artístico en “Bojan Z”. No podía tratarse de pianistas más disímiles, lo que, para gusto del público, se tradujo en una suerte de agradable complementariedad.

Iaies incluyó algunos standards del repertorio jazzístico, así como grandes lecturas de “La casita de mis viejos”, de Juan Carlos Cobián (uno de los compositores favoritos de Iaies) y de “Serenata para la tierra de uno”, de María Elena Walsh, además de piezas propias. En ese eclecticismo, en el abordaje de temas correspondientes a distintas especies interpretados como si se fueran todos de un mismo género está uno de los rasgos distintivos de Iaies, pianista que, acaso con mayor énfasis que muchos de sus compatriotas, ha sabido hacer de la forma canción una marca de fábrica. Sus inteligentes relecturas son casi siempre desconcertantes y, en muchas oportunidades –como el jueves con “My one and only love” y “Whisper not”– magníficos ejemplos de cómo es posible sacarle provecho desde una perspectiva diferente a bellísimos temas, abordados cientos de veces por otros músicos.

Terminada su actuación Iaies presentó a Bojan Z, quien sin solución de continuidad se instaló al piano. Miembro de una familia musulmana de origen bosnio, nació en Belgrado en 1968. Allí comenzó sus estudios de piano, que continuó en los Estados Unidos con Clare Fischer. Luego de haber cumplido con el ejército de la entonces Yugoslavia en una banda militar, se instaló en París en 1988. Allí además de integrar los grupos de Julien Lourau, Magic Malik, Henri Texier, Michel Portal, Nguyen Lê y Sylvain Beuf, entre muchos otros, comenzó una actividad como solista y líder de sus propios grupos, lo que le permitó grabar discos tan notables como Solobsession (2001), Xenophonia (2006) y el más reciente Soul Shelter (2012), que acaso destacan sobre el resto de su catálogo.

El virtuosismo de Bojan Z, su descomunal manejo del ritmo, la variedad de recursos –que incluyen una portentosa mano izquierda– y el aprovechamiento de las formas folklóricas de los Balcanes –que, en medio de su vértigo, curiosamente remitían a nuestro propio folklore– podrían haberse constituido en una demostración algo circense, si no hubiese mediado la necesidad de decir algo. Y Bojan Z dijo mucho y bien, poniendo el corazón al servicio de la música (fundamentalmente, varios temas del álbum Soul Shelter, así como un bellísimo vals del contrabajista Henri Texier, sin olvidar los restos de una rapsodia húngara que, contó, interpretaba su padre, deformándola cada vez que se sentaba al piano). Fue deslumbrante. Y si quedaban dudas, ahí estaba el tema de Duke Ellington, con el que Bojan Z cerró una noche increíble. 

miércoles, 10 de junio de 2015

El nuevo Iaies con el viejo Fischerman

“El músico y director artístico del Festival de Jazz de Buenos Aires señala que los álbumes ‘son un testimonio de un momento determinado en la vida de uno y no me resigno a no hacerlos’. En este trabajo, grabado en el Salón Dorado del Teatro Colón, todos los temas le pertenecen”: tal la bajada de la entrevista que Diego Fischerman tuvo con Adrián Iaies y que el diario Página 12 publicó en el día de hoy.

“Es un disco para no tener que dejar de hacer discos”

Suelen preguntarle, dice, acerca de la posible argentinidad del jazz. No es extraño, si se piensa que en algunos de sus grupos ha incluido al bandoneón como instrumento, que ha jugado con las referencias cruzadas y las tentadoras ambigüedades de títulos como “Round Midnight y otros tangos”. No es raro que le pregunten a Adrián Iaies sobre esas cuestiones, en tanto ha utilizado como materiales de sus versiones a tangos de Cobián y Cadícamo, o de Dames y Sanguinetti, y a temas de Charly García y canciones de Joan Manuel Serrat. Y, sin embargo, pocos músicos se prestan tan poco como él a los guiños de postal y a los pintoresquismos. Si lo apuran, puede llegar a decir, como el compositor y también pianista Gerardo Gandini, que lo argentino, o más bien lo porteño, “es una cuestión de gesto”. O, más precisamente, “de melancolía”.

Los tangos, las canciones de Serrat, no son para Iaies una forma de encontrar legitimidad sino, mucho más directamente, un anclaje en el mundo de su educación sentimental. Al fin y al cabo, allí hace lo que el jazz siempre ha hecho: trabajar sobre “una que sepamos todos”. La figura destaca contra el fondo y la variación en relación con un tema conocido. No otra cosa es un standard. Y su idea es, en ese sentido, sencilla. Los standards de un porteño no son los mismos que los de un neoyorquino, aunque después trabaje sobre ellos con el vocabulario del jazz. Hay, por otra parte, en cada uno de sus discos –y en cada proyecto que encara– una especie de tesis.

La cuestión de la autoría, o de la apropiación, no es allí una cuestión menor. Y si hiciera falta una sola prueba bastaría con los dos universos –aparentemente distintos y hasta opuestos– a los que se asoma en dos de sus discos más recientes. En el antepenúltimo, Goodbye, publicado en 2013 por el sello Rivorecords, construye una de sus declaraciones musicales más personales y lo hace exclusivamente sobre temas ajenos y, en este caso, pertenecientes a la tradición pura y dura del jazz. En el último, Cada mañana te trae, grabado en el Salón Dorado del Teatro Colón y recién editado por S-Music, todos los temas le pertenecen. En el primero de ellos toca solo; en el otro en un trío bastante atípico –y sin batería–, con Mariano Loiácono en trompeta y Juan Manuel Bayón en contrabajo. La firma, ese gesto del que él habla –un gesto porteño, qué duda cabe–, es tan clara en uno como el otro. Tal vez de eso se trate la identidad. De ser inconfundible.

Cada mañana te trae, con una producción, calidad de grabación y presentación impecables –tal como ha sido una constante en toda su carrera– acarrea ya una tensión de origen. Es un disco, en una época en la que nadie cree demasiado en la utilidad o en la necesidad de hacer discos. “Es un disco –afirma Iaies– para no tener que dejar de hacer discos. A mí me gustan los discos, los considero valiosos. Me eduqué con ellos. Son un testimonio de un momento determinado en la vida de uno y no me resigno a no hacerlos, entonces busco la manera de poder seguir haciéndolos. Un disco no es una cajita con una cosa adentro. Es un concepto abstracto. Es cierto que cada vez es más difícil hacerlos, en términos económicos. Lo que hay que encontrar es una manera de lograr una idea en la que creo y es que un disco tiene que poder financiar al disco siguiente. O, al menos, no dejarlo a uno en bancarrota. Lo que sucede es que el sistema está totalmente corrompido. Yo entro un día a Yenny y veo la caja triple (su álbum Uno, dos, tres/ Sólo y bien acompañado) a 300 pesos. Yo recibo 10 por cada una. Pregunto en el sello cómo puede ser y ellos me explican que la caja se vende a la disquería a 70 y que, si se descuentan los gastos, 10 es una regalía absolutamente razonable. Lo que ellos no pueden explicar es por qué la cadena de disquerías pretende obtener más de un 300 por ciento de ganancia sobre ese objeto. Ahí uno pierde las ganas y empieza a pensar que es más lógico hacerlo digital y listo. Pero yo no quiero dejar de hacer discos.”

Iaies, Loiácono y Bayón presentan este disco en Thelonious (Salguero 1884). Iban a hacerlo todos los sábados de este mes, a las 21.30, pero la respuesta del público ya los llevó a decidir que continuarán también en julio. El pianista tiene algo más para decir sobre el disco. O sobre sus discos en general. “Haciendo un poco de memoria vi que llevo ya realizados veinte discos, desde Nostalgias y otros vicios, que edité en 1998. Y podrán gustar más o menos, pero es claro que cada uno es un documento de algo. No es como preparar un recital. Son testimonios de proyectos muy definidos. Son discos muy homogéneos. O hablo de una cosa o hablo de otra. No hay dos discos seguidos que repitan un formato, por ejemplo. Esta vez hacía dos años que no editaba un disco, lo cual es raro en mí. Pero me entusiasmé. Empezamos a ensayar. Me entusiasmó el sonido del grupo. Me entusiasmaron las posibilidades de un trío de esta naturaleza. Y me entusiasmó ponerme a escribir tanta música. Fue la primera vez que hice un disco sólo con música propia. Y son todos temas que no había hecho nunca antes, que fueron pensados para estos músicos y para esta ocasión. Así que me dije ‘bueno, si voy a perder algo de guita, que sea con esto’.”

Iaies reconoce que no le gusta ensayar y cuenta que con este grupo ha sido distinto. Que hace seis meses que se reúnen todas las semanas, haya o no fechas para tocar. Y que con Bayón se junta periódicamente a tocar simplemente porque le gusta y quiere hacerlo. Habla, inevitablemente, de música y de otros músicos. Asegura haberse percatado de una especie de rareza. “Siempre dije que el material esencial del jazz, que su célula básica, es el trío de piano, contrabajo y batería. Y viendo mi propia producción veo que he hecho realmente muy pocos discos con ese formato.” Están los tríos que salen de lo común, como este que incluye trompeta y excluye la batería, o los grupos en los que incorporó bandoneón –Gabriel Rivano primero, Pablo Mainetti después, más adelante Michael Zisman– o una de sus especialidades, los dúos (con el contrabajista Horacio Fumero, con la cantante Roxana Amed, ocasionalmente con Liliana Herrero). Hay un especial gusto por la intimidad. Por la introspección. Algunos de los títulos de los discos pasados lo ponían en evidencia –Nostalgias y otros vicios, Melancolía–. Y una de las canciones de Cada mañana te trae, bromeando con el estilo de los títulos de standards, lo explicita de manera brillante: “Happiness is not my Business”. De todos modos, los nombres poco importan. Basta con escuchar Goodbye, un disco de baladas (“mostly ballads”, podría decirse, parafraseando un álbum maravilloso del pianista Steve Kuhn) para entender como Iaies ha convertido a la melancolía en una de las bellas artes.

Cada mañana te trae es, tal vez, más luminoso. Hasta por momentos, como en la inicial “In a Twelve Mode”, festivo. Aunque la felicidad no sea su asunto, el trío transmite un placer intenso: la interacción y la conexión expresiva de los tres músicos es llamativa. “El repertorio no es solo el nombre de los temas. Elegir el material conlleva también tomar decisiones, anticipar el tratamiento”, comenta Iaies. “Y si uno, al elegir un standard, ya se va imaginando cómo lo va a encarar con el grupo y cómo va a sonar en manos de esos músicos en particular, en el caso de la composición es aún más claro. Uno piensa en términos de tema e improvisación, pero piensa de manera integrada, uno se imagina cómo van a ser las improvisaciones de esos intérpretes y escribe teniendo eso en cuenta. Por otra parte, mi modelo siempre es la canción. Yo parto de una melodía, nunca de un riff, o de un motivo rítmico o una secuencia de acordes. Invariablemente en el comienzo hay una melodía que después se va desarrollando. Y me gustan los solos que trabajan melódicamente y, seguramente, elijo músicos que tienen una alta capacidad melódica, porque con ellos es con quienes me siento a gusto pero, más precisamente, porque sé que es con ellos con quienes la música que compongo va a sonar como quiero que suene. Siempre que se incluye la improvisación hay una parte de uno que se cede. No están todas las notas, ni siquiera todos los climas. La obra va a terminar de componerse al ser tocada. Y ninguna vez va a ser exactamente igual a otra. Entonces uno deja eso librado al azar sólo hasta cierto punto. Elegir los músicos, y pensar la música para ellos, es una manera de controlar. En realidad, creo que la mayoría de las veces yo sé con exactitud cómo va a sonar un tema y el clima que va a tener.”

Además de su tarea como músico, Iaies se desempeña, desde hace siete años, como director artístico del Festival de Jazz de Buenos Aires. En un terreno atravesado por mezquindades varias, por internas bastante salvajes y por cruentas rivalidades políticas, su gestión goza de un raro consenso. “Supongo que es porque nos hemos ocupado de darle a los músicos locales un lugar de privilegio. A diferencia de lo que sucede en otros festivales, aquí han tenido presupuesto, han tocado en las mismas salas y con el mismo sonido y las mismas luces que los extranjeros. Creo que otra cosa que ha tenido un signo positivo fue el insistir en no programar músicos que ya hubieran tocado aquí. Con eso hemos evitado que se tratara de un festival armado por las agencias, la programación la armamos aquí con lo que nos parecía deseable dentro de lo posible. O lo posible dentro de lo deseable. Y me parece que una tercera virtud es el haber producido música. En los encargos pusimos en contacto a algunos músicos con la obra de otros, que tal vez no estaban en sus planes hasta ese momento, y que tuvieron importancia para ellos posteriormente. Creo que el caso de Guillermo Klein con el proyecto sobre música del Cuchi Leguizamón o el de Fernando Tarrés alrededor de Pizzolla han tenido esas características.” Hay, además, otro dato significativo: Adrián Iaies evitó escrupulosamente la autoprogramación. “Es cierto que este disco fue grabado en el Colón”, comenta. “Pero yo no fui a ver a Darío Lopérfido como director del festival de jazz sino como músico. El me conocía de mucho antes, ha ido a actuaciones mías. Y me dijo que era su intención que el Colón pudiera ser utilizado más intensivamente. Yo no grabé allí porque dirija el festival de jazz sino porque tengo cierta trayectoria y estoy seguro de que si Ernesto Jodos, o Paula Shocrón, o Francisco LoVuolo o Diego Schissi o cualquier otro pianista que tuviera los antecedentes suficientes, hablara con el director actual del Colón y pidiera grabar allí, le dirían que sí igual que a mí.”


miércoles, 22 de octubre de 2014

Shocron, Jodos y Iaies en un ciclo especial de pianistas en Lomas de Zamora

Complejo Cultural Banfield Teatro Ensamble

Ciclo Jazz Ensamble. 
Especial pianistas

El ciclo Jazz Ensamble cierra su temporada 2014 junto a tres reconocidos pianistas argentinos que presentan sus últimos trabajos discográficos. Auspiciado por pianos  Bluthner.

2/11, 21 hs. Paula Shocron. Piano solo.




9/11, 21 hs. Ernesto Jodos. Piano solo.



16/11, 21 hs. Adrián Iaies dúo (con Juan Bayón)




Bono: $ 80 / estudiantes y jubilados $ 60
* * *
Complejo Cultural Banfield Teatro Ensamble 
Larrea 350, Lomas de Zamora 
Informes 4392-2011 / 4243-0928 
Reservas www.teatroensamble.com.ar 
banfield@teatroensamble.com.ar


martes, 18 de junio de 2013

Terminaron los festejos por los 20 años de Minton's y el que no vino se los perdió

Durante los tres primeros domingos de este junio tuvieron lugar los festejos por los 20 años de Minton's. Fueron tres magníficas noches en los que se proyectó la película Minton's 20 años (realizada por Jorge Fondebrider y un equipo de estudiantes de la ENERC) y donde a razón de dos números por noche desfilaron algunos de los principales músicos de jazz de la Argentina, con el agregado especial de George Garzone, quien tocó en la segunda fecha con un verdadero seleccionado local.

Para quienes no pudieron estar presentes y para quienes, habiendo sido parte de los festejos, quieren volver a ver algunos de los mejores momentos de esas noches, pegamos a continuación una serie de vínculos con youtube que permitirán ver y oír lo que pasó en cada una de esas fechas gracias a las excelentes filmaciones de Edu Feller.

DOMINGO 2 DE JUNIO
Mariano Loiácono Trío (Mariano Loiácono en trompeta y flügelhorn, Hernán Merlo en contrabajo y Ramiro Penovi en guitarra)
"Homenaje a Chet Baker"
http://www.youtube.com/watch?v=CU3LD6KsMEE
http://www.youtube.com/watch?v=tr-edO_cJI0
http://www.youtube.com/watch?v=6uCeT1WEG0U

Adrián Iaies  en piano y Juan Manuel Bayón en contrabajo. Invitado especial: Mariano Loiácono  en trompeta y  flügelhorn
http://www.youtube.com/watch?v=QPuQJ8A2Kzg
http://www.youtube.com/watch?v=fuAJMrGjlpQ
http://www.youtube.com/watch?v=ye-T7Tm8GiI


DOMINGO 9 DE JUNIO
Paula Shocrón Trío (Paula Shocrón en piano, Juan Manuel Bayón en contrabajo y Bruno Varela en batería
http://www.youtube.com/watch?v=SV0Sn6rmpBU
http://www.youtube.com/watch?v=N2cjrsJ6t2A
http://www.youtube.com/watch?v=MYyG1GVVTcg
http://www.youtube.com/watch?v=rvcUnL0ukBI

George Garzone All Stars (George Garzone en saxo tenor, Ernesto Jodos en piano, Jerónimo Carmona en contrabajo y Pepi Taveira en batería. Invitados especiales: Ricardo Cavalli en saxo tenor y Mariano Loiácono en trompeta.
http://www.youtube.com/watch?v=nmo9OelEjFM
http://www.youtube.com/watch?v=pAzxP6fpIZI
http://www.youtube.com/watch?v=SGM9kGep7SA
http://www.youtube.com/watch?v=SoSOxJO6QMI


DOMINGO 16 DE JUNIO
Ricardo Cavalli-Francisco LoVuolo Cuarteto (Ricardo Cavalli en saxo tenor, Francisco LoVuolo en piano, Juan Manuel Bayón en contrabajo y Eloy Michelini en batería)
Próximamente


Mariano Loiácono Noneto (Mariano Loiácono y Richard Nant en trompeta y flûgelhorn, Franco Spíndola en trombón, Ricardo Cavalli en saxo tenor, Gustavo Muzzo en saxo alto, Ramiro Flores en saxo barítono, Alan Zimmerman en piano, Carlos Álvarez en contrabajo y Fermín Merlo en batería).
Próximamente

miércoles, 8 de mayo de 2013

Melancolía porteña de la mejor


En el diario Página 12 del día de hoy, Diego Fischerman publicó el siguiente comentario sobre Goodbye, el último disco solista de Adrián Iaies, editado por Rivorecords.

La música en estado puro

No hay una sola respuesta posible. La de Adrián Iaies, no obstante, podría ser una de las más lógicas. O, por lo menos, lo es en sus manos. Ante la pregunta sobre qué cosa podría ser el jazz porteño, su hipótesis se ha ido concentrando y perfeccionando a lo largo de los años. Y si en un momento el género de los materiales sobre los que trabajaba, es decir unos tangos cuidadosamente elegidos, resultaba esencial, hoy lo que define su estilo –y por extensión uno de los estilos posibles de la música de esta ciudad– es algo que está más allá. Y, por si hiciera falta, lo explicita en su último disco, tal vez uno de los mejores de su carrera y, sin duda, uno de los más significativos del jazz de los últimos años.

Allí no hay tangos. Tampoco esas otras canciones de iniciación –Charly García, Joan Manuel Serrat– que el pianista revisita con singular fortuna. Si hay algo que pueda ser llamado argentinidad o, tal vez, porteñismo, no reside en nada de lo evidente. El disco, llamado Goodbye y publicado por Rivorecords, está dedicado a standards, es decir temas clásicos del jazz. La originalidad y el buen gusto con los que fue elegido el repertorio –baladas, de autores como Mal Waldron (“Soul Eyes”), Benny Golson (“Whisper Not”) o Gordon Jenkins (“Goodbye”)–, son, sin duda, un punto de partida. Pero lo notable es lo que Iaies hace con él. Y la manera en que se deja atravesar –y deja atravesar a las piezas elegidas– con la más profunda de las melancolías. Un tono neblinoso y difuminado que, más allá de cualquier genealogía improbable, suena inevitablemente a Buenos Aires.

Introspectivo hasta el extremo, ascético hasta el abismo, Goodbye logra un virtuosismo apabullante en su renuncia a cualquier exhibición virtuosa. Se trata, tan sólo, de alguien extrayendo sentido a cada nota, a cada articulación, a cada de-sarrollo, a las exquisitas secuencias de acordes. No hay notas que sobren porque no hay sonidos que obedezcan a otra cosa que una íntima necesidad de comunicación. Es, ni más ni menos, música en estado puro. Y parte del encanto tiene que ver con el disco en sí, con la presentación, con la excelente toma de sonido (y el bellísimo piano Fazioli con que fue realizada), en uno de los salones de Aguaribay y con Néstor Stazzoni y el sabio Carlos Melero como ingenieros de grabación, y con el cuidado en la producción.

Rivorecords, una de las mejores noticias en el mundo del jazz local, ha logrado, en su hasta ahora breve existencia, generar un catálogo de rara homogeneidad. Con un par de preceptos sencillos –grabaciones sin artificios y de calidad inusual, respeto por las estéticas de los artistas y por un objeto en el que todo cuenta, desde el sonido hasta la tapa y el diseño– este sello dedicado a discos de músicos de jazz argentino puestos ante el desafío de tocar standards, cuenta con varios CD notables y con mucho del mejor jazz argentino actual. Iaies, uno de los artistas más prolíficos del medio local –y también uno de los más meticulosos a la hora de dierenciar unos proyectos de otros y de hacer que cada nuevo disco sea, además, novedoso–, logra hacerlo, en este caso, con las armas más sencillas y, también, las más esquivas. Aquellas que sólo encuentran algunos buscando dentro de sí.

martes, 19 de febrero de 2013

Jazz argentino 2012 por Jonio González

Como probablemente todo el mundo ya sepa, Raúl Mao, el creador y factotum de Cuadernos de Jazz, ha muerto. Esta desgraciada circunstancia tiene por consecuencia el consiguiente interrogante sobre el futuro de la publicación. Jonio González, ferviente colaborador de la revista y nexo fundamental entre ella y la Argentina nos hizo llegar desde España, donde reside, una nota que estaba por entregar a la redacción y que, ante las actuales circunstancias quedó en una suerte de limbo. La rescatamos para el blog de Minton's.

El mañana continúa

Ignoramos hasta qué punto la crisis está afectando a Argentina, pero si tuviéramos que guiarnos por la actividad jazzística que en el país tiene lugar, diríamos que poco. No hablamos de público, por supuesto, que imaginamos tan escaso como en todas partes, sino fundamentalmente del nivel de sus músicos y la calidad de los lanzamientos que se han producido en 2012.

Del saxofonista Luis Nacht nos ha llegado Lo invisible (BAU Records BAU 1191), quizá el mejor disco de cuantos ha grabado. En él deja por una vez de lado el formato cuarteto para adoptar el de trío drumless (con los siempre impecables Ernesto Jodos al piano y Jerónimo Carmona al contrabajo), inspirado, según el propio Nacht, en la formación de Jimmy Giuffre con Paul Bley y Steve Swallow. Si dicha modalidad de trío de jazz cuenta con otros atractivos antecedentes (de Konitz con Mehldau y Haden a Phil Woods con Flanagan y Mitchell pasando por Brignola con Barron y Holland, Sims con Mitchell y Rune Gustafsson y aun Peter Broatzmann con Peter Kowald y Sven-Ake Johansson en el férvido For Adolphe Sax), la propuesta de Nacht crece en la comparación, no solamente por el nivel de unas composiciones (todas de su autoría) que poseen la belleza y sencillez de auténticos standards, en ocasiones, sino por el desarrollo de las mismas, sereno, íntimo, con un sugestivo protagonismo del silencio, una insinuación rítmica ejemplar y un altísimo nivel formal y técnico.

Otro que no para de crecer con cada nueva obra es Adrián Iaies, y  Melancolía (SMusic 197745-2) constituye una oportuna demostración de ello. Ya sea con temas propios o de Billy Strayhorn, un tango o incluso una suerte de canción patriótica como el Himno a Sarmiento (a la que le da el tratamiento de una pieza Rodgers y Hammerstein), el pianista argentino  ha ganado en austeridad y adquirido una elegancia que lo emparenta con sus admirados Hank Jones y Tommy Flanagan. Como estos, pero con una voz crecientemente personal, más meditativa sin perder vivacidad, Iaies se apropia del espíritu de la canción y lo expresa recurriendo a la menor cantidad de notas posible.  Por otro lado, sigue presente una de sus características fundamentales, la homogeneidad, esa concepción del disco como una obra global cada una de cuyas partes dialoga permanentemente con el resto. Si lo que alcanza Iaies con este disco (gracias en buena medida a la sapiencia de Ezequiel Dutil en contrabajo, Pepi Taveira en batería y el puntual contrapunto de Mariano Loiacono en trompeta y fiscorno) no es propio de maestros, se le parece mucho.

Quien sin duda ha alcanzado la categoría de maestro es el también pianista Pepe Angelillo. En su nuevo disco, M & M (Lumenan JZ-000208), revisita una vez más a Monk (recordemos su magnífico Modo Monk, de 2006) y por el camino, sin necesidad de desviarse mucho, encuentra a Mingus (con un eje vertebrador en el centro mismo del disco, Prospectus, de Steve Lacy, profundizador inteligente y pertinaz de ambos genios). En la empresa lo secunda un viejo compañero de viaje, el saxofonista soprano Pablo Ledesma. La elección de Mingus y Monk no parece casual: ambos fueron montañas de dos picos: el de la tradición y el de la modernidad. Y es así como Angelillo es Monk con la mano izquierda, es decir, la tradición actualizada del piano stride, mientras con la derecha proyecta esta misma tradición hacia un futuro que encuentra en Epistrophy la forma de su sueño. Ledesma, entretanto, parece imaginar a Lacy salvando los valles entre las distintas vertientes, redefiniendo los paisajes.

Hay productores (Philippe Ghielmetti, Nils Winther, Giovanni Bonandrini, Gerry Teekens, por mencionar algunos contemporáneos que ahora acuden a nuestra mente) cuyo oficio no solo es su modo de expresión sino que son responsables, en gran medida, de que aun existan, entre otras cosas, grabaciones, tendencias incluso y, desde luego, público. En relación con ellos, debería valer lo que Miles dijo en una ocasión respecto de Ellington: que todo músico debería rendirle tributo siquiera una vez en la vida. Mucho de lo anterior puede aplicarse a Justo Lo Prete, responsable de Rivorecords, cuya sencilla premisa, como escribió algún crítico, es grabar standards con músicos excelentes y en condiciones técnicas óptimas. Las siete referencias lanzadas en 2012 rayan a gran altura.

Por meras cuestiones de gusto, este cronista se inclina por dos: Segment (Rivorecords RR-12), a nombre del pianista Francisco Lo Vuolo con la compañía de Cristian Bortoli en contrabajo y Eloy Michelini en batería, y Serenade In Blue (RR-11), de la también pianista Paula Shocron con Juan Manuel Bayón en contrabajo y nuevamente Michelini en batería. Más "boppero" el de Shocron, con reminiscencias de Al Haig y el último Lou Levy en su agilidad, más clásico el de Lo Vuolo, con un sentido del swing si se quiere más ortodoxo y aun así cierta heterodoxia a lo Elmo Hope (su extraordinaria versión de My Funny Valentine es un buen ejemplo de ello), ambos conjugan sentimiento, buen gusto y mesurada emotividad, como si llevaran en esto muchos más años de los que tienen. La propia Shocron firma también Warm Valley (RR-17), éste al alimón con Mariano Loiacono en fiscorno (que los argentinos se empeñan en llamar flugelhorn) y la compañía del ubicuo Michelini y Jerónimo Carmona en contrabajo. El resultado es un disco atemporal, con una Shocron más percusiva que en el disco anteriormente reseñado, más agresiva incluso, pero siempre soberbia (por ejemplo en Elvin, una composición que le pertenece y que sin duda debió de escribir imaginando que caminaba por la Calle Cincuenta y dos) y un Loiacono que extrae de su instrumento un sonido duro, rotundo, que huye de la morbidez que a menudo tienta a tantos fiscornistas pero sin perder melodiosidad. Gran disco, como no lo es menos Light Blue (RR-14), a nombre de  Ernesto Jodos, escoltado en esta ocasión por el solicitadísimo Jerónimo Carmona y Pepi Taveira. Entre las composiciones que el trío interpreta, destacan tres pertenecientes a otros tantos "raros" del piano como fueron Monk, Waldron y Herbie Nichols: Light Blue, Fire Waltz y Step Tempest respectivamente. En ellos, como en My Old Flame, Jodos prolonga las líneas melódicas o las interrumple para reflexionar sobre lo expresado, pero a partir de los elementos que la propia melodía ofrece. Magnífico disco en el que los matices, por si hace falta señalarlo, no abandona ni por un instante los coordenadas del jazz.

Pero Rivorecords no graba solamente a pianistas, sino que en 2012 nos obsequió también con sendos discos de tres saxofonistas de primer orden. Ellos son The Inch Worm (RR-13), doble a nombre de Carlos Lastra, que interpreta el tenor y el soprano y cuenta con el apoyo de Francisco Lo Vuolo, Cristian Bortoli y Sebastián Groshaus; Our Song (RR-16), de Gustavo Musso, que esta vez cambia el tenor por el alto y es secundado por Lo Vuolo, Carmona y Eloy Michelini, y Heart to Heart (RR-15), de Ricardo Cavalli con Guillermo Romero en piano, Carlos Álvarez y contrabajo, el citado Michelini en batería y nada menos que el maestro George Garzone. Si el primero es un sentido homenaje a Art Pepper con un Musso que se interna en la poética de éste hasta hacerla suya, en los otros dos sobrevuela en todo momento el espíritu de John Coltrane, más evidente en el caso de Lastra, con una voz más personal en el de Cavalli-Garzone, no sólo porque hay momentos en que Rollins hace acto de presencia, sino porque ambos poseen el nivel suficiente para emprender viajes lejos del abrevadero. Brillantes en cualquier caso.

miércoles, 4 de julio de 2012

Para los que se lo perdieron

Adrián Iaies, en compañía de un cada vez más inspirado Mariano Loiácono, del sólido Ezequiel Dutil y de un muy sutil Pepi Taveira dio dos excelentes conciertos en La Trastienda para presentar Melancolía, acaso uno de sus mejores discos a la fecha. Para aquéllos que no hayan podido ir –o para los que quieran repetir–, ésta es una excelente oportunidad para escuchar al cuarteto. Después no digan que no se les avisó.




lunes, 4 de junio de 2012

Adrián Iaies en La Trastienda (1/6/2012)

Esta es la crónica que Diego Fischerman publicó hoy en Página 12, a propósito del concierto del viernes pasado.

Diálogos, melancolías y otros vicios

El arte, necesariamente, dialoga. Con su propia historia, con la del artista, con la de quien entra en contacto con él. Y el jazz pone en escena esos diálogos. Tal vez más que en ninguna otra clase de obra, la pieza de jazz basa su funcionamiento, y su valor, en las formas de ese intercambio. Como la figura y el fondo, no es ni una ni el otro los que constituyen el sentido sino la relación, y las maneras de esa relación entre ambos. El pianista Adrián Iaies, junto a su cuarteto, presentó este viernes –y repetirá el próximo 8 de junio– su notable último disco, Melancolía, en La Trastienda. Y ya en su introducción, con una suerte de invención a dos voces de aires bachianos alrededor de “Maribel se durmió”, de Luis Alberto Spinetta, que se entrelazó con “Fermín”, del mismo autor, quedó claro que de lo que se trataría sería de diálogos, en su forma más perfecta.

Ya en su primer disco solista, Nostalgias y otros vicios, de 1998, donde un único tema propio convivía con su lectura de nueve tangos, aparecía uno de los puntos que sostendrían mucho de lo logrado por Iaies a lo largo de su carrera: la certeza acerca de que en esa suerte de plática que se establece a partir de lo que toca, resultan tan importantes sus propias conversaciones (allí, en ese primer disco, está, igual que en el último, “Desde el alma”) como las que establece con la memoria de su público. Hay en Iaies un descubrimiento poderoso y es que el jazz no se funda tanto en sus materiales como en el juego de alianzas, guiños, sobreentendidos, seducciones y sorpresas que se producen entre esos materiales primigenios y la pieza, y entre ella y el oyente. El placer de descubrir a “Fermín” entre las volutas del grupo –un placer similar, se supone, al que alimentaba, para un público informado, el reconocimiento de una canción de Broadway detrás, o en el fondo, de esos solos de Gillespie o Parker– es, en todo caso, una las columnas vertebrales de un género que se construye, sobre todo, alrededor de la memoria.

El diálogo está, a la vez, presente en la fenomenal interacción que se articula en uno de los mejores grupos posibles en el jazz actual. El contrabajo de Ezequiel Dutil tiene algo de la mano izquierda del piano en los estudios de Chopin: es el pie en tierra contra el que se pone en relieve la libertad rítmica.

Él, como un extraordinario Pepi Taveira en la batería, entran y salen de esa función de sostenes del andamiaje general y resultan tan musicales cuando las variaciones de Iaies se apoyan en ellos como cuando comentan, desde sus instrumentos, lo que ha tocado cualquiera de los otros o lo que ha sonado en conjunto. Mariano Loiácono, soberbio en trompeta y fluegelhorn, es ni más ni menos que el cuarto elemento. También él navega con soltura entre el solo explosivo y la posibilidad de llevar una discreta melodía en segundo plano. Parte de las virtudes de este grupo tiene que ver con los talentos de sus integrantes, desde ya, pero una porción significativa corresponde a la concepción general. Ningún tema se excede en la duración; los solos suelen ser breves y, lo más importante, se integran con naturalidad a la forma. No fracturan la pieza sino que, por el contrario, la amplían, le otorgan otras dimensiones. Y esto sucede, incluso, en los habitualmente conflictivos solos de batería y contrabajo. En este caso, sus llegadas son fluidas y pasan casi inadvertidas. No se trata de la exhibición de destrezas del intérprete sino de una más de las maneras en que la figura de esa obra se destaca, se diferencia, contrasta, con el fondo que provee la memoria.

En las presentaciones en vivo hay, además, otra conversación presente: la que la actuación construye con el disco que en esa ocasión se presenta. Y esa conversación es particularmente rica en el caso de Iaies, que puede llegar, como en este caso, a comenzar con algo que no está en ese disco en absoluto, que lo comenta desde otra parte. Podría decirse que el pianista reinventa la “presentación en vivo” como un nuevo género, donde aquello que es presentado no se repite sino que es leído creativamente desde una cierta distancia. Después de “Fermín” llegó, por ejemplo, otro estreno: “Brubeck”, un tema de Iaies que homenajea a ese pianista descubierto por él, según confiesa, tardíamente, pero que desnuda, en realidad, no tanto a Brubeck como lo que se lee en él. Es, en todo caso, una mirada en la que, como en el resto de los trabajos de Iaies, Monk y sus hipótesis sobre la acentuación no están ausentes. Desde allí es de donde se llega a “Melancolía es tu nombre” –el tema que bautiza, abreviado, al disco– y al bellísimo “UMMG” de Billy Strayhorn, tocado en trío y resignificado por un trasfondo de habanera. Y aunque Bill Evans no haya sido el único en el arte del vals de jazz (que es, desde ya, una clase muy particular de vals), resulta imposible no evocarlo en esa especie de subgénero y en un tema que ya en su título “Waltz for Beatriz (Sarlo)” remite, con cariñosa ironía, al fundante “Waltz for Debby”. Como en el disco, el momento más festivo –o donde menos evidente se hace la melancolía anunciada– es en la versión del “Himno a Sarmiento”. Lejos de la irreverencia de aquella “Marcha de San Lorenzo” de Billy Bond y la Pesada del Rock and Roll, esta vez se trata, nuevamente, de la memoria: del jazz como una forma del recuerdo. Un trío sin contrabajo, en que el tambor solitario reemplazó a la batería, en “Todos sabemos que no es así”, y el dúo de piano y trompeta en “A propósito de Tommy Flanagan”, ambos temas de Iaies, llevaron al final de “Pomelo, the other Cat”, y a los reclamados bises, “Gricel”, de Mores pero también, definitivamente, de Spinetta, que la grabó con Fito Páez en La, La, La, y que la cantó más de una vez en vivo; y “Años de Soledad”, de Piazzolla, en una mirada, curiosamente, mucho menos melancólica que la del original.

sábado, 2 de junio de 2012

Entrevista con Adrián Iaies

Una entrevista con Adrián Iaies, realizada por Jorge Fondebrider y publicda en la revista Ñ de hoy.

“La canción es la célula de toda la música popular”    

Adrián Iaies acaba de editar Melancolía, su último disco como líder y el número quince de su discografía. Como en otras ocasiones, sorprende por su  inteligencia y buen gusto. Previo a la presentación en vivo, mantuvo el siguiente díalogo con Ñ.

–Este último, ¿es un disco de grupo o es un disco solista?
–En cierta forma es un disco solista porque no estuve demasiado pendiente de qué es lo que el grupo quiere tocar. En otras palabras, es el disco que yo quería hacer. Pero, a la vez, es mi primer disco de cuarteto. Me explico: en algunos temas, acepto delegar algo que nunca delego porque es lo que a mí más me gusta hacer.

–¿A qué te referís?
–A tocar la melodía. Y es porque en Mariano Loiácono encontré un tipo en el cual confío y que, por lo tanto, es un gran socio: serio, profesional, cuidadoso, con criterio y, sobre todo, muy atento a lo que yo quiero.

–¿Y qué es lo que vos querés?
–Aunque eso ya está presente en algunos de mis discos anteriores, cada vez estoy más decidido a que cada nuevo disco hable de una sola cosa, que haya un único clima, una atmósfera homogénea.

–¿Por qué?
–Porque quiero trabajar contra esa idea de que un disco debe empezar por un tema rápido, seguir con una balada, luego un tema en 3 por 4, etc.

–Precisamente, este nuevo disco presenta una mayoría de baladas o de temas que decidiste tocar como baladas…
–Es que ésa es la idea o, al menos, mi manera de interpretar la melancolía, leit motiv de todo el disco.

–Hay otro dato que en tus últimos tres discos va presentándose con creciente nitidez: tocás mucho menos que antes. Dicho de otro modo, sos mucho más reflexivo.
–Es así y, de hecho, cuando escucho los temas después de grabados tiendo a pensar que si me hubiese esforzado más, habría podido tocar incluso menos de lo que toqué, ser todavía más austero…

–¿Y por qué esa búsqueda de austeridad? ¿Qué fue lo que te llevó en esa dirección?
–Yo creo que la edad, el paso del tiempo. Nunca quise ser “el pianista más rápido del Oeste”. Pero si alguna vez se me cruzó la sombra de una preocupación, hace rato que ya no la tengo.

–¿Y a qué lo atribuís?
–A que identifico eso que antes llamé austeridad con la elegancia. Como te imaginarás, escucho mucha música por cuestiones profesionales, pero cuando puedo y tengo tiempo, escucho a muchos pianistas. Ayer pudo haber sido Marc Copland, hoy Bill Carrothers y mañana Vijay Iyer. Y si bien los disfruto, tengo que decir que al final del día vuelvo a los mismos pianistas de siempre, que son los que, en mi opinión, hicieron de la elegancia un culto: Hank Jones, Tommy Flanagan, John Lewis, Dave Brubeck… Todos ellos parece que tocaran con traje y se atuvieran exclusivamente al tema, más allá de la probada capacidad que todos tienen para hacer solos. Cuando esos pianistas tremendos proceden de esa manera, uno se pregunta si el solo hace falta o si lo que hay que decir ya está dicho con la propia interpretación del tema.

–Entiendo que hay muchos músicos que, aunque parezca paradójico, no escuchan música.
–Yo sí. Nunca entendí a los que se vanaglorian de no escuchar música desde hace diez años. ¿Cuál es el mérito? Mirá, mis viejos no tenían plata, así que yo no fui a Berklee. Aprendí de los discos, de escuchar discos. Y eso se nota en lo que toco.

–Aunque no lo nombraste, en Melancolía, hay tres temas de Billy Strayhorn, que es la elegancia hecha música…
–Y fijate que en ninguno de los tres hay solo de piano. Tampoco en la versión de “Fuimos” ni en el tema que le dedico a Flanagan. Mi idea fue no ser expansivo y, por eso, el cuarteto me permitió fijar claramente esos límites.

–De disco en disco, la noción de estructura es muy clara en tu música.
–Es que yo estoy enamorado de la forma canción, que es imbatible. No establezco diferencias entre escuchar un disco de jazz y uno de Sinatra, Joni Mitchell o los Stones. La canción, con o sin letra, es la célula de toda la música popular. Y en el caso específico del jazz, esa forma permite establecer una necesaria complicidad con el que escucha.

–En tus discos siempre hay algo así como una declaración de principios. En éste parece una muy clara la inclusión del “Himno a Sarmiento”. 
–En este hay dos. El “Himno a Sarmiento” –al que cuando estaba en la escuela cantaba buscándole segundas voces– y el vals que le dedico a Beatriz Sarlo, a quien, aclaro, no se lo dedico por haber puesto en su lugar a Osvaldo Barone –a nadie le dedicaría un tema por tan poco, sería disminuirla–, sino porque la quiero y porque sé lo que le gusta el jazz. Luego –y sólo luego– porque comulgo con muchas de sus ideas.

–Lo que visto desde afuera te pondría en las antípodas de otro fanático tuyo como Horacio Verbitsky...
–…cuyas ideas no comparto, pero a quien me une un gran cariño. Y ambos hemos sabido establecer un territorio común por fuera de las ideas políticas que nos permite mantener una gran amistad. Todos los gobiernos pasan y ninguno es tan importante como para que, poniéndonos de un lado o de otro, nos podamos establecer puentes con nuestros afectos por muy distinto que piensen de nosotros. La vida es otra cosa, ¿no?