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sábado, 25 de enero de 2014

Juan Sasturain escribe sobre Kenny Dorham

El 20 de enero pasado, el escritor Juan Sasturain publicó la siguiente contratapa en el diario Página 12. Trata sobre Kenny Dorham y se reproduce a continuación.

Algo con Kenny

Durante un par de semanas –las primeras de enero, más precisamente– estuve si no obsedido al menos ocasionalmente empecinado en recordar un nombre. A veces uno tiene clarísima la cara de un actor secundario de los westerns de John Ford siempre de uniforme azul, o la imagen recortada en la vieja figurita Starosta de un full back de Atlanta y el nombre –que uno sabe o supo (que no es lo mismo)– no aparece. Suenan vocales sueltas, acaso una consonante inicial, pero el apellido se niega.

En este caso se trataba de un trompetista admirable del que no tenía música a mano ni quería consultar por Internet o al gordo Sampayo o a Gari para sacarme la duda –no exactamente la duda: era cuestión de encontrar el cajoncito donde estaba escondida la ficha–, ponerle nombre a mi memoria de sonido y de pinta. Cuestión de orgullo, desafío íntimo.

Lo tenía bien escuchado y admirado porque atraviesa toda la época que más me gusta y disfruto de la música contemporánea, aunque ya no tan contemporánea como antes, si cabe: el jazz instrumental desde el surgimiento del bop, a mediados de los ’40, hasta que el free enrarece demasiado el discurso, lo histeriza, en los primeros ’60. Este trompetista flaco, algo desgarbado, que recordaba metido en pilchas holgadas y de invierno en una foto parisina (¿con Parker, con Dameron?), se me negaba de memoria. Datos: había entrado de pibe en el quinteto de Charlie Parker cuando en el ’48 se fue Miles Davis, tenía un sonido en apariencia chico y amable; después había tocado con Max Roach cuando se murió el precipitado Clifford Brown –siempre en el banco, el olvidado: mejor primer suplente o como digan los de la NBA– y también había sido ladero de Rollins por esos mismos años ‘50. Como Fats Navarro o el fugaz Tony Fruscella, era un estilista no pirotécnico, no tocaba fuerte y rápido como sólo Gillespie lo hizo bien y con talento –y tantos otros muchos al pedo– sino que decía, contaba lo suyo con buen gusto y convicción. Pero cómo carajo se llamaba este muchacho...

Pude, varias veces, en momentos de casi revelación inminente, estar seguro de un diminutivo en el nombre y de un apellido corto, rítmico, con una “a” dominante. No más de cuatro sílabas en total, seguro: taca-taca. Pero no había forma de entrarle. Tuve momentos jodidos en los que me revolví durante horas en el asiento impiadoso de un micro de larga distancia que funcionó casi como potro de tortura mientras trataba de exorcizar al tácito demonio del olvido. Y no hubo forma. Dos semanas pasaron.

Hasta que se produjo lo que me animo a llamar mi pequeña epifanía. De vuelta ocasional y disfuncional a Hot Baires por un par de días, solo y cagado de calor como el mejor, me zambullí al mediodía en un lindo comedero a la vuelta de mi casa y pedí del menú el bife de costilla con papas fritas, con un vaso de blanco y hielo, por favor. Y valen los detalles, porque hay algo de conjunción formal en todo esto. Estaba leyendo Los tallos amargos de Adolfo Jasca, vieja novela con intriga policial de la que me había hablado bien mi amigo Alvaro Abós con su habitual medido énfasis. Disfrutaba la historia y tarareaba mentalmente –o silbaba de memoria– “Algo contigo”, el mejor bolero del mejor Chico Novarro entre bocado y traguito, cuando volví casi insensiblemente a mi obsesión y duré –esta vez– sólo segundos: Kenny Dorham. Me reí solo: Kenny Dorham, claro que sí. Ahí nomás escribí el nombre y apellido del escurridizo trompetista en la tapa del libro forrado de papel madera y me quedé sonriendo como un imbécil, de tan feliz, ante el plato con la costilla casi pelada y tres papas atónitas. Pedí un almendrado de premio.

Cuando volví a casa, busqué el único CD que tengo con Kenny de titular –una recopilación pirateada alemana: Solid, de 2002–, en el que hay cosas con el cuarteto de Parker del ’49, con Monk, con su propio grupo, con los Messengers. Una muestra de cinco años brillantes. Ya lo había estado escuchando largamente, sobre todo porque había cosas que tenía sólo ahí. Y lo disfruté, hasta que llegué al décimo tema, una golosina masticable para su trompeta casi solitaria con Bishop al piano, y el lujoso sostén de Percy Health en el bajo y el otro Kenny, Clarke, en la batería: “Be my Love”, de Brodszky y Sammy Cahn –leí en el papelito adjunto–, una balada maravillosa. Tarareable. Tan tarareable como “Algo contigo”, tanto que parecía una versión arreglada del gran bolero de Chico. No lo podía creer.

La puse de nuevo. Maravillosamente parecidas en el arranque, las dos primeras frases se evocaban mutuamente. Después, la balada de Brodszky iba levemente para otro lado, pero la controlada libertad improvisadora de Kenny hacía que la melodía esbozada citara una y otra vez el arranque del bolero, me diera –deslumbrado– la clave subconsciente del porqué, ante a mi bife con papas y con “Algo contigo” en mente, la cajita que guardaba el nombre del negro desgarbado de la trompeta dócil y expresiva, volviera a mí. Qué bárbaro.

Lo que siguió fueron detalles de verificación. Me enteré bien –Google dixit– del éxito del tema, proveniente de una comedia musical cuyas canciones escribieron esos dos genios del género, en los ’50; me atosigué con la versión que vendió miles de millares (sic) del tano Mario Lanza, tenor de madera que Hollywood encastró por esos años en el elenco de engendros como Serenade, una obra maestra de James Cain hecha un asco en colores. Y hasta ahí llegué.

Ojalá que la próxima vez que no me acuerde del nombre de un personaje de Rozenmacher, de un cantor de Miguel Caló o de la delantera completa del Argentinos Juniors del ’60, en lugar de amargarme desmoralizado por el avance de la vejez, o lo que sea que se viene tan temido, intuya que todo pueda ser sólo un atajo que me lleve hacia la revelación de algún tipo de conjunción o cruce creativo. Y me lleve a disfrutar de maravillas como la música de Kenny Dorham, que era lo que queríamos demostrar.


lunes, 18 de febrero de 2013

¡Volvimos!

Al cabo de unas prolongadas vacaciones y sin decir agua va, vuelve el blog de Minton’s. Lo hace con una columna del escritor Juan Sasturain, aparecida en el diario Página 12 del día de hoy.

 

Un poco loco


Para Carlitos, Gari y Guille.

La semana pasada, un talentoso imprevisible dijo de sí mismo, en un reportaje en que debía –se supone– explicar un radical cambio de opinión y de actitud de su parte, que seguramente “estaba un poco loco”, ya que se dejaba llevar por los arranques de su corazón a la hora de tomar decisiones. Y lo reiteró, literal, en otro tramo: “Debo estar un poco loco”. Obviamente, el talentoso no (se) lo cree. Lo de estar un poco loco, digo. Muchos de nosotros, tampoco. A lo que se refiere es que, para los criterios de corrección vigentes en el mercado actual de pseudo valores, su actitud sólo se justificaba a partir de asumir cierta dosis de presunta locura. Sólo un poco, lo suficiente y necesario para funcionar socialmente y poder seguir siendo como es y nos gusta que sea.

Al respecto, creo que puedo compartir con mucho más de un par de lectores que la expresión “un poco loco” me/nos remitió inmediatamente a otro talentoso de rubro contiguo –no el fútbol, sino la música, en este caso–, el sorprendente Bud Powell, uno de los más grandes pianistas del jazz de todos los tiempos. Fue Powell quien grabó en su Nueva York natal, un feriado de primavera, el 1º de mayo de 1951, en trío con Curly Russell al bajo y un inspiradísimo Max Roach en la batería, las tres tomas de un tema propio e inclasificable: “Un poco loco”. Así lo tituló, tal cual, en castellano. Un modo de autodefinirse, y una manera de calificar esa rareza que había engendrado. Y el idioma no resulta tan extraño si se piensa que Bud, de familia de músicos, tuvo un abuelo, Zachary, que fue uno de los mejores guitarristas flamencos o zíngaros de los EE.UU., y había aprendido el instrumento y la técnica en Cuba. Algo de todo eso había entonces en él y en la composición, que subrayó Max Roach con una línea “latina” de percusión que se extraña en otras versiones, incluso en las otras tomas desechadas. Se trata de una maravilla absoluta.

Sin necesidad de buscar avales fuera de sus pares e impares –de Gillespie y Monk a Bill Evans y Hancock reconocieron, admiraron su grandeza–, el hombre que hizo en el piano, durante la explosión del be-bop, lo que Parker en el saxo alto y Dizzy en la trompeta, ha sido objeto de valoraciones que trascienden largamente su ámbito creativo. Hasta el pantagruélico Harold Bloom –el del canon literario occidental– incluye la performance de Bud en “Un poco loco” entre los aportes definitivos de la cultura norteamericana al patrimonio universal del siglo XX, junto a –entre otras– Mientras yo agonizo, de Faulkner; algún segmento de Sopa de ganso, de los Marx; las novelas de Nathanael West; El puente, de Hart Crane; ciertos temas de Charlie Parker y alguna sección de El arco iris de la gravedad, de Pynchon. Notable compañía, sin duda.

Volviendo a 1951 y a la grabación del 1º de mayo, cuando a los meses Blue Note editó el simple con “Un poco loco” en el lado A, el lado B fue la maravillosa, pero de algún modo amable versión, en solo de piano, de un standard de Van Heusen y Burke extraído de la banda de sonido de la película And the Angels Sing, una plomada con Fred MacMurray y Dorothy Lamour: “It Could Happen to you”, se titula. Algo así como “Te podría haber pasado a vos”, si no me equivoco. A la distancia no parece casual ni poco significativo este reverso, casi un comentario, un guiño explicativo: Bud Powell lidió con el desequilibrio mental y sus adyacencias durante años.

Nacido en 1924, a los quince ya tocaba y grabó profesionalmente. Amigo de Monk –cuatro años mayor–, entró por él en la banda de Cootie Williams a los veinte y en el ’45 tuvo su primer arresto por desorden. La policía de Filadelfia le pegó demasiado en la cabeza, dicen. Y ahí empezó todo. En la inmediata posguerra neoyorquina frecuentó la catedral del bop, el Minton’s de la calle 52, y allí tocó con todos los que estaban inventando lo nuevo. Y fue el mejor en su instrumento. Mientras crecía como músico, entraba y salía de los psiquiátricos. Conoció el electroshock y sobrevivió lo bastante entero como para que Blue Note lo hiciera grabar, entre 1949 y 1951, sucesivas sesiones que lo consagraron como “The Amazing” Bud Powell. Así se llaman las compilaciones que reúnen su trabajo de entonces. “Un poco loco” está en el corazón del período.

Si uno revisa su biografía encontrará –me pasó a mí– que hace exactamente sesenta años, en febrero del ’53, salió de una de las tantas internaciones a las que se/lo sometía/n y, tras casi un año y medio de no tocar, se juntó con Charles Mingus, en trío y otras variantes. Fue precisamente con el poderoso contrabajista que, tres meses después, el 15 de mayo de 1953, participó del famoso concierto en el Massey Hall, de Toronto, en Canadá. “El mejor concierto de jazz de la historia”, según el mito. Debe ser cierto. Lo tuve en disco, en cinta, y ahora –como todo– está en CD: Gillespie, Parker, Roach, Mingus y Bud. Había poca gente (setecientas personas en una sala para más de dos mil) porque esa noche peleaban Marciano y Walcott por el título de los pesados, y todo el mundo –incluso los músicos en el intervalo– iba a ver la pelea al bar de enfrente... Y tomaban, claro. Dicen que Powell estaba borracho, las fotos lo muestran a Parker con el saxo de plástico blanco que le prestaron pues no había llevado el suyo, pero ambos tocaron bárbaro, como siempre. En cambio, Gillespie y Roach, si se puede decir, tocaron como nunca: “Perdido”, “Todo lo que tú eres”, “Wee” y “Saut Peanuts” son una fiesta. Y Bud estuvo ahí. Por suerte, Mingus grabó todo.

Lo que siguió para Powell no fue nunca mejor a lo anterior. Deteriorado, sufrió golpes durísimos, como la muerte de su hermano Richie –más chico, también pianista de los buenos– en el mismo accidente de autos en que se mató el gran Clifford Brown en 1956. Se fue a Europa con el Modern Jazz Quartet ese año y volvió a irse en el ’59. Finalmente se quedó en París cinco años, tocando en trío con Kenny Clarke y el francés Pierre Michelot, The Three Bosses. Los que hayan visto ese hermoso homenaje al jazz y a los músicos yanquis emigrados que es Round Midnight (1986), de Bertrand Tavernier, con un increíble Dexter Gordon, sabrán que es la transposición más o menos fiel de los años del gran Bud Powell haciendo música y peleando consigo mismo y con quienes lo ayudaban, en París.

El también, como el personaje de la película, extraña y se vuelve malherido –un poco loco y enfermo de tuberculosis– a Nueva York, con su hija Celia. En un año y medio, alcohol y droga mediante, todo se acaba.

Bud Powell murió el 31 de julio de 1966. No había cumplido 43 años y hubo cinco mil personas en su funeral con música. Tocaron “The Dance of Infidels”, que había grabado con Sonny Rollins y Fats Navarro en 1949. El infrecuente Thelonious Monk está en la foto de los que llevan el cajón.

Bud Powell estaba un poco loco. Pero seguramente bastante menos que la mayoría de los que miden los niveles de cordura de los otros con criterios utilitarios. Ese tipo de enajenación existencial no tiene cura; tiene apenas precio. El talento en cambio, aunque cueste caro, no lo tiene.