
Como se habrá visto, en este blog el criterio de novedad
nos tiene absolutamente sin cuidado. Así como, parafraseando al poeta y
narrador mexicano Fabio Morábito, no hay razón para pedir poemas inéditos
cuando nadie lee los éditos, tampoco hay razón para publicar notas “de
actualidad” cuando “actual” no es necesariamente criterio de casi nada. Por
eso, reproducimos a continuación una vieja bibliográfica realizada por
Diego Fischerman sobre
Menos que un perro, la singular
autobiografía de
Charles Mingus,
traducida a un castellano atiborrado de carajillo y butifarra por Mondadori, en
el año 2000.
Sobre
la autobiografía de Charles Mingus (Mondadori)
Toda biografía es una ficción. La de Charles Mingus,
escrita por él mismo, lo es hasta el extremo de lo posible y no lo oculta. Contrabajista, pianista,
compositor y aglutinador de músicos y estéticas, Mingus escribe sobre Mingus
como si fuera otro, se llama a sí mismo "mi chico", "mi muchacho"
o "mi hombre" y elige, para todo su libro, una suerte de mayéutica
aristotélica: la historia (falsa) se cuenta con diálogos. Mingus cuenta lo que
cuenta de la misma manera (verdadera) en la que toca: por impulsos, en ráfagas,
sumando voces y negándose a que haya una que regule (el contrabajo, el piano o
un narrador conocedor de los acontecimientos) a las demás, que indique cómo
deben ser leídas, que las articule como segundas o terceras voces en relación
con una melodía predominante. Como Mikhail Bajtin hubiera soñado, el reino de
Mingus es el de la polifonía.
"Tendré más cosas que decir musicalmente si vivo con los perros...; siendo
menos que un perro... tendré más que contar", dice Mingus, reproduciendo
una conversación con Lee-Marie, una de sus mujeres, mientras intenta
convencerla de que no siga a un cafishio (chulo, en la discutible traducción
española de Francisco Toledo Isaac) que él mismo le ha presentado, presa de la
admiración que, según cuenta, su éxito y riqueza le merecían. De ahí, tal vez,
el título. O, quizá, de esa especie de distancia permanente, de marginalidad a
ultranza que se desprende de no ser "lo suficientemente blanco para dejar
de pasar por negro ni lo bastante claro para que me llamen blanco".
Charles Mingus tituló su autobiografía, publicada en castellano por la
editorial Mondadori, Menos que un perro.
Y entre sus ficciones está la de la abyección más espantosa y, paralelamente,
la de la potencia sexual sin límites: "¡Yo soy mucho más hombre que
cualquier sucio mamón blanco! ¡Me follé a veintitres tías (ya estaba dicho: la
traducción es un follón) en una noche, la mujer del jefe incluida!", dice
ante la desconfianza de su psicoanalista –otra invención de Mingus– que lo
acusa de exagerar en más de una ocasión ("eres un buen hombre, Charles, pero hay mucha invención y fantasía en lo que dices. Por ejemplo, ningún hombre podría con
tantos actos sexuales en una sola noche como
los que tú alardeas"). La respuesta del
músico es: "Lo hice porque deseaba morir y esperaba que eso me matase. Pero al volver de
México aún me sentía satisfecho, así que paré"
Ambos, músico y psicoanalista –y todos los personajes que desfilan por el
libro: Gillespie, Tatum, Miles Davis, Charlie Parker, Fats Navarro– son, por
supuesto, el propio Mingus que, ya al principio se ocupa de aclarar: "Yo
soy tres. Un
hombre que permanece siempre en medio, despreocupado, inmóvil, observando,
esperando a que le sea permitido expresar lo que ve a los otros dos. El segundo
hombre es como
un animal asustado que ataca por miedo a ser atacado. Luego está la persona
extremadamente cariñosa y amable que admite a la gente en el templo más sagrado
de su ser y soporta los insultos y es confiado y firma los contratos sin
leerlos".
Casi en el comienzo hay otra prueba y tiene la forma de un perfecto cuento de
fantasmas en el que el espíritu de Mingus, enternecido, ve a "mi chico" después de un
accidente y piensa si volver o no a rescatarlo de la muerte. El inglés Brian
Priestley –que hizo una biografía un poco más seria–, en su monumental trabajo
sobre Mingus no deja lugar a dudas. Muy poco de lo que allí se cuenta se corresponde con la
realidad. Por otra parte, son pocos los momentos en los que esta versión de
Mingus por Mingus se refiere a cuestiones relativas a la música o en donde se
narran anécdotas referidas a músicos. El jazz aparece mucho menos que el
ambiente de los "chulos". Sí hay, en cambio, una especie de jam
session literaria en la que, a un ritmo enloquecido, se describe una jam session
musical en el ejemplo más parecido a lo que Alejo Carpentier hizo más adelante
para contar otra falsedad: la improvisación de un concerto grosso a cargo de
Händel, Scarlatti, Vivaldi y un Señor de Indias acompañado de su esclavo en las
maracas.
"¿Cuál va a ser, Mingus uno, dos o tres? ¿Cuál de ellos pensás que él
querría que el mundo viera?", cantaba Joni Mitchel con la música de
"Dios debe ser el hombre de la bolsa" en su homenaje a Mingus,
jugando con esas primeras palabras de su autobiografía imaginaria. Compositor,
director de big bands, continuación de Duke Ellington por otros medios, actor,
contrabajista, aprendiz de chulo, pianista, escritor, maestro, filósofo,
crítico, productor discográfico y poeta, Mingus había nacido en Nogales, un
pueblo que a veces estaba en Arizona (y a veces en México), el 22 de abril de
1922. Joni Mitchel grababa su versión del
"Mingus uno, dos o tres" en diciembre de 1978. Allí se oía, todavía,
la voz de Mingus, mientras sus amigos y su mujer le cantaban el feliz cumpleaños.
El 5 de enero de 1979, el contrabajista moría en México, a causa de una forma
de esclerosis que le había sido diagnosticada el Día de Acción de Gracias de
1977.
Dos sesiones de grabación, tal vez, sean el complemento perfecto para este
libro en que el jazz dicta mucho más la forma (azarosa, por momentos acelerada
y en ocasiones inmóvil, llena de caprichos y de inspiraciones) que el
contenido. En una, Mingus se aleja del contrabajo (instrumento que estudió con Herman
Rheinshagen, integrante de
la
Filarmónica de Nueva York, después de haberse iniciado con el
piano, el trombón y el cello) e improvisa, sin plan evidente –"en ese plan
(en ese borrador) Dios debe ser el Hombre de
la Bolsa", cantaba Mitchel–
sobre un piano.
El
disco, grabado en 1963 y bautizado Mingus
Plays Piano tiene un subtítulo elocuente: Spontaneous Compositions &
Improvisations. La contención, la distancia dolorosa con la que aborda cada sonido,
funcionan como correlato de la famosa "Reunión de oración del miércoles a
la noche", incluida en el genial
Blues
& Roots (que junto con
Ah Um,
ambos de 1959, produjeron uno de los saltos cualitativos más importantes del
género), donde a partir de una especie de
gospel
song –y de Ellington, claro– se dibuja el mapa (o uno de los tantos mapas)
del jazz futuro.