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jueves, 28 de agosto de 2014

Los músicos recomiendan (6): hoy Florencia Otero y Charles Mingus

Una vez más una ínterprete argentina recomienda un disco entre todos los discos de la historia del jazz. Florencia Otero reivindica aquí al Charles Mingus de  Mingus Ah Um 


"Espiritual, emotivo y potente"


Un disco que me conmueve y que tiene un nexo con la música de Joni Mitchell es Mingus Ah Um. Me parece un fundamental en cuanto a lo vanguardista e inusual de la instrumentación y me conmueve lo viva que se escucha la tradición negra a lo largo de todo el trabajo. Es espiritual, emotivo, potente y reivindica las raíces más profundas del jazz. Por eso lo elijo.

viernes, 30 de mayo de 2014

Dijo Mingus: ¡Me follé a veintitres tías en una noche, la mujer del jefe incluida!


Como se habrá visto, en este blog el criterio de novedad nos tiene absolutamente sin cuidado. Así como, parafraseando al poeta y narrador mexicano Fabio Morábito, no hay razón para pedir poemas inéditos cuando nadie lee los éditos, tampoco hay razón para publicar notas “de actualidad” cuando “actual” no es necesariamente criterio de casi nada. Por eso, reproducimos a continuación una vieja bibliográfica realizada por Diego Fischerman sobre Menos que un perro, la singular autobiografía de Charles Mingus, traducida a un castellano atiborrado de carajillo y butifarra por Mondadori, en el año 2000.

Sobre la autobiografía de Charles Mingus (Mondadori)

Toda biografía es una ficción. La de Charles Mingus, escrita por él mismo, lo es hasta el extremo de lo posible y no lo oculta. Contrabajista, pianista, compositor y aglutinador de músicos y estéticas, Mingus escribe sobre Mingus como si fuera otro, se llama a sí mismo "mi chico", "mi muchacho" o "mi hombre" y elige, para todo su libro, una suerte de mayéutica aristotélica: la historia (falsa) se cuenta con diálogos. Mingus cuenta lo que cuenta de la misma manera (verdadera) en la que toca: por impulsos, en ráfagas, sumando voces y negándose a que haya una que regule (el contrabajo, el piano o un narrador conocedor de los acontecimientos) a las demás, que indique cómo deben ser leídas, que las articule como segundas o terceras voces en relación con una melodía predominante. Como Mikhail Bajtin hubiera soñado, el reino de Mingus es el de la polifonía.

"Tendré más cosas que decir musicalmente si vivo con los perros...; siendo menos que un perro... tendré más que contar", dice Mingus, reproduciendo una conversación con Lee-Marie, una de sus mujeres, mientras intenta convencerla de que no siga a un cafishio (chulo, en la discutible traducción española de Francisco Toledo Isaac) que él mismo le ha presentado, presa de la admiración que, según cuenta, su éxito y riqueza le merecían. De ahí, tal vez, el título. O, quizá, de esa especie de distancia permanente, de marginalidad a ultranza que se desprende de no ser "lo suficientemente blanco para dejar de pasar por negro ni lo bastante claro para que me llamen blanco". Charles Mingus tituló su autobiografía, publicada en castellano por la editorial Mondadori, Menos que un perro. Y entre sus ficciones está la de la abyección más espantosa y, paralelamente, la de la potencia sexual sin límites: "¡Yo soy mucho más hombre que cualquier sucio mamón blanco!
¡Me follé a veintitres tías (ya estaba dicho: la traducción es un follón) en una noche, la mujer del jefe incluida!", dice ante la desconfianza de su psicoanalista –otra invención de Mingus– que lo acusa de exagerar en más de una ocasión ("eres un buen hombre, Charles, pero hay mucha invención y fantasía en lo que dices. Por ejemplo, ningún hombre podría con tantos actos sexuales en una sola noche como los que tú alardeas"). La respuesta del músico es: "Lo hice porque deseaba morir y esperaba que eso me matase. Pero al volver de México aún me sentía satisfecho, así que paré"


Ambos, músico y psicoanalista –y todos los personajes que desfilan por el libro: Gillespie, Tatum, Miles Davis, Charlie Parker, Fats Navarro– son, por supuesto, el propio Mingus que, ya al principio se ocupa de aclarar: "Yo soy tres. Un hombre que permanece siempre en medio, despreocupado, inmóvil, observando, esperando a que le sea permitido expresar lo que ve a los otros dos. El segundo hombre es como un animal asustado que ataca por miedo a ser atacado. Luego está la persona extremadamente cariñosa y amable que admite a la gente en el templo más sagrado de su ser y soporta los insultos y es confiado y firma los contratos sin leerlos". 

Casi en el comienzo hay otra prueba y tiene la forma de un perfecto cuento de fantasmas en el que el espíritu de Mingus, enternecido, ve a "mi chico" después de un accidente y piensa si volver o no a rescatarlo de la muerte.
El inglés Brian Priestley –que hizo una biografía un poco más seria–, en su monumental trabajo sobre Mingus no deja lugar a dudas. Muy poco de lo que allí se cuenta se corresponde con la realidad. Por otra parte, son pocos los momentos en los que esta versión de Mingus por Mingus se refiere a cuestiones relativas a la música o en donde se narran anécdotas referidas a músicos. El jazz aparece mucho menos que el ambiente de los "chulos". Sí hay, en cambio, una especie de jam session literaria en la que, a un ritmo enloquecido, se describe una jam session musical en el ejemplo más parecido a lo que Alejo Carpentier hizo más adelante para contar otra falsedad: la improvisación de un concerto grosso a cargo de Händel, Scarlatti, Vivaldi y un Señor de Indias acompañado de su esclavo en las maracas.
"¿Cuál va a ser, Mingus uno, dos o tres? ¿Cuál de ellos pensás que él querría que el mundo viera?", cantaba Joni Mitchel con la música de "Dios debe ser el hombre de la bolsa" en su homenaje a Mingus, jugando con esas primeras palabras de su autobiografía imaginaria. Compositor, director de big bands, continuación de Duke Ellington por otros medios, actor, contrabajista, aprendiz de chulo, pianista, escritor, maestro, filósofo, crítico, productor discográfico y poeta, Mingus había nacido en Nogales, un pueblo que a veces estaba en Arizona (y a veces en México), el 22 de abril de 1922. Joni Mitchel grababa su versión del "Mingus uno, dos o tres" en diciembre de 1978. Allí se oía, todavía, la voz de Mingus, mientras sus amigos y su mujer le cantaban el feliz cumpleaños. El 5 de enero de 1979, el contrabajista moría en México, a causa de una forma de esclerosis que le había sido diagnosticada el Día de Acción de Gracias de 1977. 

Dos sesiones de grabación, tal vez, sean el complemento perfecto para este libro en que el jazz dicta mucho más la forma (azarosa, por momentos acelerada y en ocasiones inmóvil, llena de caprichos y de inspiraciones) que el contenido.
En una, Mingus se aleja del contrabajo (instrumento que estudió con Herman Rheinshagen, integrante de la Filarmónica de Nueva York, después de haberse iniciado con el piano, el trombón y el cello) e improvisa, sin plan evidente –"en ese plan (en ese borrador) Dios debe ser el Hombre de la Bolsa", cantaba Mitchel– sobre un piano. El disco, grabado en 1963 y bautizado Mingus Plays Piano tiene un subtítulo elocuente: Spontaneous Compositions & Improvisations. La contención, la distancia dolorosa con la que aborda cada sonido, funcionan como correlato de la famosa "Reunión de oración del miércoles a la noche", incluida en el genial Blues & Roots (que junto con Ah Um, ambos de 1959, produjeron uno de los saltos cualitativos más importantes del género), donde a partir de una especie de gospel song –y de Ellington, claro– se dibuja el mapa (o uno de los tantos mapas) del jazz futuro.


jueves, 26 de abril de 2012

A seis años de la edición local de un disco de Charles Mingus


Hace seis años, Diego Fischerman publicó la siguiente nota sobre la edición local de Mingus Ah Um, de Charles Mingus, en Radar. Más allá de todo lo que ha sobrevivido de esa reflexión, lo que más llama la atención es que ese disco que hoy andá casi por los $60 en su edición nacional, en ese entonces costaba $23.

Partitura mental

1959 fue un buen año. O, por lo menos, lo fue para el jazz. Se editaron discos extraordinarios del Modern Jazz Quartet, de Gerry Mulligan, del cuarteto de Dave Brubeck, de Charlie Parker y de Dizzy Gillespie. Pero, sobre todo, se publicaron tres de los álbumes que, de ahí en más, figurarían en todas las listas de los mejores de la historia. Incluyeran lo que incluyeran además, siempre hubo consenso para Kind of Blue de Miles Davis, Giant Steps de John Coltrane y el que tal vez sea el menos obvio y el más salvaje de los tres: Ah Um de Charlie Mingus.

La reciente edición local de este disco –con igual presentación que el importado, pero a un precio estimativo de $ 23– pone en escena su importancia ya desde el comienzo, una de las mayores explosiones controladas de las que se tenga registro. Y, por supuesto, desde su tapa, un cuadro cuyo autor no se indica pero habla a las claras del jazz entendido como “objeto de arte”. El septeto que incluía a John Handy, Shafi Hadi y Booker Ervin en saxos, Mingus en contrabajo o piano, Horace Parlan en piano, Dannie Richmond en batería y Jimmy Knepper alternando con Willie Dennis en trombón, grabó en dos sesiones, el 5 y el 12 de mayo. El LP original presentaba la mayoría de los temas en versiones editadas. La nueva edición en CD, además de tres piezas que no se habían incluido en el álbum primigenio, incluye seis de los nueve restantes en versiones completas, sin editar. Aquí, por ejemplo, “Good Bye Pork Pie Hat” dura el doble que en la edición de 1959.

En las notas incluidas en la contratapa del LP, Dianne Dorr-Dorynek citaba a Mingus. “En primer lugar, una composición de jazz, tal como la oigo en el oído de mi mente –aun cuando la escriba con precisión y usando un montón de notas en una partitura–, no puede ser tocada por ningún grupo ni por ningún músico, clásico o de jazz”, decía el compositor. “Un músico clásico puede leer todas las notas correctamente, pero las toca sin el sentimiento correcto del jazz o de la interpretación. Y un músico de jazz, aunque pueda leer todas las notas y tocarlas con un sentimiento jazzístico, inevitablemente introduce su propia expresión individual antes que las dinámicas que el compositor previó. En segundo lugar, el jazz, por definición, no puede traducirse a partes escritas, con sentimiento, sin que salga volando libremente.” La idea de cómo resulta imposible constreñir el jazz a una escritura es particularmente productiva si se la cruza con el experimento que Mingus venía realizando desde 1951, sus talleres (workshops) de jazz. En 1943, cuando estudiaba en el Los Angeles City College, había tomado contacto con los talleres de música clásica, donde intérpretes y compositores compartían el trabajo sobre nuevas obras. Y ya en Nueva York decidió aplicar el modelo de trabajo al jazz. Entre los primeros participantes de estos talleres estuvieron Thelonious Monk, Max Roach, Horace Silver y Art Blakey. Y Teo Macero, otro de los músicos que formó parte de los workshops que, además, era productor en el sello Columbia, fue el contacto para que este disco existiera.

La importancia de Ah Um, cuyo principio constructivo es la idea del homenaje a los ancestros musicales, tiene que ver, en primer lugar, con cómo suena. Los saxos de Handy, Hadi y Ervin junto al trombón de Knepper, en la triple repetición variada de la melodía, en “Self Portrait in Three Colors”, el tema que compuso para Shadows, el primer film de John Cassavetes, donde nunca se lo utilizó, el solo de Booker Ervin en esa especie de sermón genial que es “Better Get it in your Soul”, Handy en “Goodbye Pork Pie Hat” –un homenaje a Lester Young, muerto hacía apenas siete semanas– y el juego con el trémolo en el contrabajo, la originalidad en la reescritura de temas anteriores (“Nouroog”, “Duke’s Choice” y “Slippers”) en “Open Letter to Duke”, son sólo algunos de los argumentos que convierten al disco en uno de los mejores del jazz. El sonido colectivo, con ese sentimiento que, según el propio Mingus, se escapa libremente por el aire en el mismo momento en que sucede, está, hasta donde es posible, fijado en una nueva clase de escritura. “Mis métodos actuales de trabajo incluyen muy poco material escrito. Escribo en una partitura mental y dejo que esa composición pase, parte por parte, a los músicos”, decía Mingus. El disco, en todo caso, terminó omitiendo un paso. En este caso los que leen –y los que seguirán haciéndolo por los siglos de los siglos y amén–son los que escuchan. Y ese comienzo de Ah Um seguirá sonando, siempre, con el mismo poder. Y “Good-bye Pork Pie Hat” seguirá siendo, como antes y para toda la eternidad, el mejor blues posible.