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lunes, 5 de marzo de 2012

Aldo Romano y Enrico Rava en el Sunside

(París, de nuestro enviado especial) No fue en el fin de semana, pero sí hoy lunes. Nuevamente sobreponiéndose a los elementos, el enviado de Minton's cruzó raudo París y se allegó al 60 de la rue de Lombards para ver al nuevo cuarteto de Aldo Romano y Enrico Rava, que presentaban un nuevo disco junto con el pianista Baptiste Trotignon (sí, el mismo que protagonizó el bochorno que todos recuerdan en el Buenos Aires Jazz del año pasado, acaso inducido por ese cordobés, Minino Garay) y el contrabajista Thomas Bramerie.

El Sunside (tal el boliche en cuestión) es poco más que un pasillo con fondo y sillas, que da a un escenario mínimo. Está en el barrio de Les Halles, donde se encontraba el antiguo mercado de abasto de París, y entran unas 150 personas apretadas como sardinas por lo que, incluso en invienro, hace un calor insoportable que se combate bebiendo a precios considerablemente más altos que en los bares normales. Por suerte, el sonido es bueno, pero uno escucha incómodo. Sobre todo cuando, como le tocó a este corresponsal, detrás de uno hay unas mujeres italianas que hablan durante toda la función en voz alta hasta que la irritación del cronista lo lleva a darse vuelta y proferir  un estertóreo finiscella --que habría hecho las delicias del Dr. Barreiro-- para hacer que se calleasen, lo que efectivamente ocurrió.

Enrico Rava estaba en plena forma como siempre y, de hecho, hoy llevó a cabo algo así como una verdadera demostración de estilos ya que pasó del bebop furioso de algunos standards (hubo, por ejemplo, una versión muy rápida de "My Funny Valentine") a una trompeta muy romátncia cuando se dedicó a recrear melodías italianas clásicas.

Aldo Romano, por su parte, es a pesar de los años un baterista imponente. Pese a algunos de sus últimos discos -- probablemente bastante alejados de los de hace una década--, tanto con Inner Smile (el disco que se promocionaba en el concierto, recientemente editado por el sello Dreyfus, con la misma formación) como en el álbum doble en vivo de Palatino, parece haber recuperado el rumbo. Sorprende la ferocidad con que le pega a la batería y, aunque parezca una perogrullada, la cara de malo que suma a cada golpe. Cada uno de sus solos es de una gran inteligencia y, más allá de la violencia que exhibe, es capaz de una notable sutileza.

Baptiste Trotignon es un muy buen pianista. Si uno se quedó con la impresión desagradable que produjo oírlo tocar "música argentina" ("Sus ojos se cerraron", el tema principal de la "Misa Criolla") a instancias del cordobés ése, oírlo en un contexto netamente jazístico es otra cosa: sabe acompañar, no se encima a las voces solistas, posee muchos recursos y, sobre todo, está a la altura del lirismo que propone la trompeta de Rava.

Otro tanto podría decirse de Thomas Bramerie, miembro estable del Jean-Michel Pilc Trio y del Belmondo Brothers Quintet, además de acompañante de Dee Dee Bridgewater, Tommy Flanagan, Benny Golson, Frank Wess, Joe Lovano, James Moody y Joshua Redman, entre muchos otros. Y aquí valdría la pena subrayar la solidez de la mayoría de los contrabajistas franceses cuyo aplomo, a este corresponsal, le parece envidable.

Entre standards y originales (algunos muy viejos, como "El camino", de Romano) transcurrió el concierto de estos "cuatro músicos que de vez en cuando se juntan a tocar para pasarla bien", según las palabras del baterista.

Este cronista tuvo oportunidad de conversar un rato con Rava, quien le comentó que en abril viaja a Buenso Aires con su quinteto y Gino Paoli para presentarse en la ciudad.  Si toca como hoy, va a ser para no perdérselo.



































   

lunes, 23 de enero de 2012

Una entrevista con Enrico Rava

Enrico Rava siempre está en el corazón de los porteños. Vivió en la ciudad a principios de los años setenta, se casó con una argentina y luego, por diversas razones, interrumpió esa relación hasta que, en 2006, se presentó con Stefano Bollani en la apertura del Festival "Jazz y Otras Músicas", inmediato predecesor del Buenos Aires Jazz, que actualmente dirigie Adrián Iaies. Luego, el 13 de diciembre de 2007 13, en el Teatro Coliseo, el trompetista abrió un muy curioso Festival de Jazz Italiano.  En la ocasión –la anteúltima en que visitó la ciudad–, Jorge Fondebrider tuvo la oportunidad de entrevistarlo para Ñ, pocos días antes del arribo del músico.

Rava, otra vez en Buenos Aires

Del otro lado de la línea, la voz –su acento e inflexiones– parece provenir de un porteño de Floresta o Villa Luro. Pero no, Enrico Rava es italiano y está en Londres y unas horas más tarde se presentará con el pianista Stefano Bollani en la prestigiosa sala del Barbican, exactamente como hace poco más de un año hiciera en Buenos Aires, cuando en el Teatro Coliseo inauguró el festival “Jazz y Otras Músicas” de entonces. En esa oportunidad, una sala repleta se dio el gusto de recibir, al cabo de muchos años de ausencia, a este “tano” –como le gusta llamarse a sí mismo– de larga e intensa relación con la Argentina. Y entre las muchas razones de ese prolongado romance, no parecen detalles menores, según él mismo señala, el asado y el chimichurri.

–Después de tantos años, la gente se quedó verdaderamente maravillada con el concierto del Coliseo. ¿Qué nos espera esta vez?
–Un verdadero lujo, porque voy con mi quinteto, que es un dream team: Gianluca Petrella, un joven trombonista que es un prodigio; Rosario Bonaccorso es el contrabajista y todo el mundo en Europa quiere tocar con él; Andrea Pozza, mi pianista es muy muy bueno, y Roberto Gatto, el baterista es un fenómeno. Con ellos, me divierto muchísimo. Ya hicimos juntos dos discos para la discográfica alemana ECM. El último se llama The Words and the Days, y salió en enero de este año.

–Habla de divertirse. ¿Qué otra cosa busca en la música?
–Que esté viva, que tenga vida, que no se limite a una rutina, que no sea exclusivamente un trabajo. Pienso, por ejemplo, en todos esos grupos norteamericanos de “all stars”... Son todos músicos increíbles, pero se juntan y no pasa nada. No se divierten y, en consecuencia, tampoco divierten al público. Se limitan a tocar juntos porque les pagan bien. Nosotros, en cambio, con mi conjunto, tocamos juntos porque tenemos ganas... Diría eso, me gustan los músicos que tienen ganas. Por ejemplo, cuando se murió Chet Baker –que fue un gran amigo– el mundo se perdió a uno de esos poquísimos músicos que, al tocar, dejaba todo. Cada vez era como si fuera la última vez. Nunca, ni siquiera cuando la heroína lo estaba matando, lo vi tocar sin ganas. Tocaba y se encendía, era mágico. Cuando se murió me dije: “puta madre, nunca más voy a vivir una cosa así, porque no hay muchos músicos así”.

–¿No hay?
–Hay muy pocos. El trompetista Tom Harrel también es así. A pesar de ser un hombre enfermo, con severos problemas mentales, tiene esa cualidad interior que conmueve.

–Mencionó a varios músicos estadounidenses. Visto desde acá y escuchando a los grupos que vienen de afuera, da la sensación de que éste es un muy buen momento para el jazz europeo y, probablemente, no tan feliz para el jazz norteamericano. ¿Comparte esa misma impresión?
Absolutamente. La realidad norteamericana no se puede comparar con lo que era en los años 50 y 60. Hoy, en los Estados Unidos, hay músicos muy buenos, pero en Europa, me parece, se están haciendo cosas más interesantes. Pienso, por ejemplo, en personajes como Stefano Bollani, en Gianluca Petrella, en Stefano di Batista, en Paolo Fresu, en Aldo Romano y en franceses como Michel Portal o Louis Sclavis...

–Los públicos italiano y el francés –ya que mencionó músicos de esos orígenes–-, ¿perciben esa realidad o tienen la cabeza colonizada por los Estados Unidos.
–Es simple: tanto Bollani como yo, dos tanos, en Italia vendemos más discos y llenamos más los teatros que los norteamericanos de gira. Hay excepciones, claro. Sonny Rollins es una. Keith Jarrett, otra.

–Ya que menciona los discos, se está hablando de que los CD tienen fecha de defunción asegurada. Hay músicos, como el trompetista Dave Douglas, que ahora venden su música por Internet, prescindiendo de intermediarios y discográficas...
–Yo no podría hacerlo. Hay que tener una mente más organizada que la mía. Ya bastante tengo con tocar, ¿no? En cuanto a los formatos inmateriales, ¿qué quiere que le diga? A mí mí me gusta el disco, el objeto. Y me parece que a los aficionados al jazz, también. Qué se yo, tener la cosa, el libro. Estoy contento de que todo eso lo hagan las discográficas.

–Fuera de los eventuales ingresos, ¿qué es lo que lo determina a grabar un disco?
– Diversas cosas. A veces hay un concepto –por ejemplo, como cuando trabajé sobre arias de ópera–, y a veces, simplemente el deseo de que una determinada formación que me gusta quede registrada. Además, no hay que olvidarse de que el disco nos lleva a todo el mundo, incluso a aquellos lugares adonde no vamos. Yo, por ejemplo, no voy cada cinco minutos a los EE.UU, sino, más bien, cada dos años y pico. Pero van mis discos y me ayudan, por ejemplo, a figurar en los rankings de la revista Down Beat, lo que, además del reconocimiento, implica ventas. Por eso hay que hacer discos periódicamente, para que no nos olviden. Es otra forma de existir.