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lunes, 7 de octubre de 2013

Dos reflexiones después del concierto de Ron Carter


El pasado viernes 4 de octubre, en el teatro Gran Rex, de Buenos Aires, actuó el trío del contrabajista Ron Carter, que también integran el guitarrista Russell Malone y el pianista nicaragüense Don Vega. La actuación produjo una serie de reacciones en la prensa y en el público, que aquí comenta Jorge Fondebrider




Lo que pasa, lo deseable y lo justo

Sería muy curioso que a esta altura de la historia –considerando además sus 76 años–, alguien le pidiera a Ron Carter, un extraordinario contrabajista con muchos blasones, algún tipo de novedad. Digamos que ya hizo cumplidamente lo que tenía que hacer, integrando algunos de los grupos más notables de la vanguardia jazzística de los años sesenta y ya nos dio suficientes indicios de que, concluida esa etapa, su elección ha sido mantenerse en la corriente central del jazz, limitándose apenas a dar continua prueba de inteligencia y ductilidad. Y en eso consistió el concierto del otro día, que bien podría ser definido por su elegancia y belleza. 

Y decimos más arriba que sería muy curioso exigirle otra cosa. Pero “curioso” no significa “imposible”, por lo que no debe sorprender que César Pradines, cronista del concierto para el diario Clarín, titulara su reseña “Un jazz sin grandes riesgos”, refiriéndose a lo escuchado como “un concierto sencillo y de tono algo burocrático”. O que, ya en pleno comentario, definiera al grupo como “un combo fuertemente estilístico que desarrolló solos limpios, no siempre concisos, y que se preocupó más por sus respuestas ya descubiertas que por la formulación de preguntas nuevas”. O que concluyera afirmando que “la música del trío Golden Strike se volvió un tanto previsible y eso, quizás, sea una de las mejores razones para disfrutar de ese lado del mundo tan recorrido que tiene el jazz”. 

Como suele ocurrir, a la reseña de Pradines la sucedió una catarata de comentarios por parte de los lectores de Clarín. Lisandro Massa, por ejemplo, anota: “ ¿‘Sin grandes riesgos...’? ¿Desde cuándo la música tiene que tener ‘riesgos’ para ser de buena calidad? Estos snobs del jazz me tienen harto, se creen que el jazz fue inventado para ellos y por ellos. Ron Carter es un grande de la música, cuando él toca dice todo, no preciso que pseudo intelectuales de la música me digan cómo sentir, sinceramente César Padrines podrías cambiar de profesión, a nadie le gustó tu nota...”. Por su parte, José Ricardo Pupetti escribió: “Tuve el privilegio de presenciar el concierto magnífico que brindó Ron Carter junto con Vega y Malone. Entiendo que la música o la forma de interpretarla puede gustar o no. Es algo inherente al arte. Pero calificar de la forma en que lo hace el cronista de este artículo es al menos imprudente e irrespetuoso. Posiblemente estime que denostar un concierto con un clima muy especial y que permitió apreciar una sensibilidad exquisita para interpretar jazz clásico lo ponga en un nivel distinto como ‘relator de espectáculos’... En realidad sus juicios de valor sólo hablan de su limitada capacidad para apreciar una acabada muestra de talento y virtuosismo”. Nanni Sansone, en cambio, elige otro tono: “¿Qué pasó Pradines? Te perdiste una cena de canje en ese boliche de jazz de Callao por ir al Gran Rex y te pusiste de mal humor ? O sos de esos que consideran que el jazz es solo del año sesenta en adelante? Aún así tenes menos jazz que los Backstreet Boys. Saludos”. Ezzio Menutti opina en una dirección parecida: “Este tipo de notas salen cuando a los invitados de prensa no les ponen catering”. Y más sintético y acaso con algún conocimiento otorrinolaringológico, Manuel Peláez informa: “Este tipo es Sordo!!!!!”. La serie de comentarios es todavía más larga y, por momentos, se pone francamente injuriosa. 

Ahora bien, llegados a este punto, y conociendo la larga trayectoria de Pradines y las muchas leyendas que ha generado, la reflexión no apunta ni a Ron Carter –quien efectivamente dio un bellísimo concierto que, visto desde el punto de vista de quien busca novedades, fue conservador–, ni al comentario del diario Clarín, sino a quien le da responsabilidades periodísticas al cronista y a las reacciones que éste provoca. 

Sobre lo primero sólo puedo decir que cada medio tiene su lógica y ésta, en líneas generales, suele ser perversa. La cultura, por caso, ocupa un lugar absolutamente marginal en los diarios y, en ese marco, la música uno todavía más pequeño. Siguiendo por ese camino, el jazz entonces tiene un lugar insignificante. Por lo tanto, críticos de música, en la prensa argentina, hay muy pocos; mucho menos gente que sepa leer música y, llegado el caso, tocar un instrumento, teniendo al mismo tiempo en claro la enciclopedia que plantea todo género musical. Ahora bien, no siempre saber tocar un instrumento es garantía de que quien lo haga sepa también escribir un comentario sobre lo que ocurre en un escenario o en un disco. Con lo cual, llegados a este punto, corresponde admitir que un concierto no puede medirse por lo que el crítico desea, sino por lo que efectivamente pasa. Y el crítico, entonces, debería ser capaz de describirlo, dejando para otra instancia su propio gusto porque la palabra escrita conlleva algún tipo de responsabilidad. Por caso, creo que Ron Carter no manifestó en ninguna parte –como efectivamente sí hizo su ex compañero Herbie Hancock– que apuesta al riesgo. Al no haberlo hecho, su música podrá gustarnos más o menos, pero no nos decepciona. En cambio, en el caso de Hancock sí podemos sentirnos decepcionados porque la invocación al riesgo, a una modernidad mal entendida, estuvo efectivamente en varias de las entrevistas que dio y cuando ese riesgo no se cumple nos autoriza entonces a juzgarlo desde esa perspectiva. 

Sobre lo segundo, quisiera manifestar que todo el mundo está en su derecho de protestar y quejarse por un comentario con el cual no coincide. Al haber estado presentes en el espectáculo y al ver una crónica de éste con la que no coincidimos en un diario de circulación nacional (o, llegado el caso, en una revista o en un blog), sentimos irritación y lo primero que nos irrita es la firma. Existen formas de responderle a esa firma sin necesidad de apelar a la descalificación o al insulto personal. Pero hacerlo implica algo más que una rápida sarta de malas palabras escudados por el ciberespacio. Habría que ponerse a pensar cómo desarmar esa argumentación que juzgamos falaz y luego redactar algo en consecuencia, lo cual lleva algo de tiempo. Pero, convengamos, sería lo justo.

viernes, 4 de octubre de 2013

Ron Carter toca en Buenos Aires

Hoy, con firma de Diego Fischerman, se publicó en Página 12 la siguiente nota, con entrevista incluida, a propósito de Ron Carter y del concierto de esta noche.

El cellista que supo dar el buen paso

Integró el formidable segundo quinteto de Miles Davis, pero Carter no quedó fijado en el pasado, e incluso grabó muy buen material propio. Esta noche actúa en el Gran Rex y mañana en Rosario, junto al guitarrista Rusell Malone y el pianista Donald Vega.

Se dice de él que es el contrabajista que más discos grabó en la historia del jazz. Tal vez no sea exactamente cierto, pero lo indudable es que Ron Carter fijó un antes y un después para su instrumento. En sus registros para Blue Note, junto a músicos como Wayne Shorter y Herbie Hancock entre muchos otros, y, también con ellos, como integrante de uno de los grupos más perfectos que dio alguna vez ese género, el quinteto de Miles Davis de 1963 a 1968 definió un perfil en el que mucho tenía que ver una lejana frustración. O, por lo menos, un cambio de rumbo privado que acabó siendo fundamental para el mundo.

Y es que Ron Carter era cellista. Y era negro. Y decidió que ésa no era una combinación feliz. Se convirtió entonces en un contrabajista con alma de cellista: gran sentido melódico, capaz de desplegar las armonías y de jugar contrapuntísticamente con los demás instrumentos, mucho más allá de la función usual de base. Ese perfil resultó esencial para la gran transformación del jazz de los años 60. Carter, el partícipe necesario. Y, con certeza, una gran parte de los mejores discos de jazz de la época no hubieran sido los mismos sin él. Ahora, con un grupo que evoca irremediablemente a Nat Cole y Oscar Peterson, llegará nuevamente a Buenos Aires. Ya había actuado en esta ciudad como parte del quinteto de homenaje a Davis, en que el lugar del trompetista lo ocupaba Wallace Roney, y como líder de sus propios grupos. Hoy estará en el Gran Rex de Buenos Aires, después de haber actuado en Córdoba y en Neuquén. Su periplo argentino, con el trío Golden Striker, que conforman junto a él Rusell Malone (el excelente guitarrista que fue parte fundamental en los primeros discos de Diana Krall para el sello Impulse) y el pianista Donald Vega, culminará mañana en Rosario.

“Siempre que se toca con guitarra y piano y sin batería se piensa en el trío de Nat Cole”, dice Carter a Página/12. “Pero yo pienso que no se trata más que de un bello sonido, de una bella posibilidad para intentar hacer música. No se trata de imitar el estilo de Cole, ni su manera de armonizar o de repartir los papeles entre los instrumentos. Es apenas una posibilidad tímbrica. Si se piensa en el contrabajo, el papel que cumplía en el grupo de Cole, cuando lo tocaba Wesley Prince, estaba muy ceñido a la marcación del tempo y a tocar los bajos de los acordes. Eso está muy lejos de lo que hacemos hoy, como está lejos el estilo de Vega del de Cole o el de Malone de lo que hacía Oscar Moore.” Carter es, además, un gran arreglador –en el notable The World is Falling Down, de la cantante Abbey Lincoln, por ejemplo– y, así como ha mantenido (casi siempre) saludablemente separados el mundo estético de la música clásica, su primer destino, del planeta del jazz –una de las excepciones fue su olvidable intento de jazzificar a Johann Sebastian Bach– también ha sido claramente consciente de las distancias entre la escritura y la improvisación. “La diferencia básica –dice– es que cuando se escribe se lo está haciendo para personas o situaciones lejanas. La escritura llega donde no llega la amistad, el compañerismo o el conocimiento mutuo. Es un código más estricto, más preciso pero, también, más incompleto. Porque no todo puede escribirse. La improvisación, en cambio, es para aquí y ahora, con estos músicos con los que estoy. Podemos ponernos de acuerdo en algunas cosas, es posible fijar algunas partes, pero la composición es instantánea y, también, fugaz.”

Carter tuvo la fortuna de formar parte de uno de los grupos más estables y duraderos de la historia del jazz. Y, además, de uno de los que dejaron una seña indeleble en esa historia, el segundo gran quinteto de Miles Davis: “Lo mejor de ese grupo es que se aprendía algo nuevo cada noche, con los mejores músicos y haciendo la mejor música”. En cuanto a lo peor, Carter prefiere reírse y recurrir a un evasivo “cosas aquí y allá”. Lo cierto es que allí no se acabó el mundo, y tampoco se acababa en ese entonces, como lo prueba la infinidad de grabaciones que Carter realizó en la década de 1960 con otros músicos, incluyendo Far Cry, de Eric Dolphy, Speak No Evil de Shorter, Maiden Voyage de Hancock y gran parte de los discos de McCoy Tyner y Joe Henderson por esos años. También trabajó junto a Tommy Flanagan, Gil Evans, Bill Evans, Wes Montgomery, Lena Horne, Coleman Hawkins, Oliver Nelson y Johnny Hodges. Pero además de sus trabajos puramente jazzísticos, Carter tocó con Aretha Franklin, con Carlos Santana, con Antonio Carlos Jobim, con James Brown y con Paul Simon. Una obra que a veces hace olvidar el valor de sus propias composiciones y de los grupos que él lideró, como el que grabó el extraordinario Etudes en 1982: el saxofonista Bill Evans (no confundir con el pianista del mismo nombre), Art Farmer en trompeta y flugelhorn y Tony Williams en batería. “Quedan los discos”, reflexiona. “Yo hace mucho que estoy en el mundo de la música (en mayo cumplió 76 años y desde los 23 toca como profesional) y al final la cosa se reduce a los discos que uno ha grabado, pero en realidad, si pienso en la década de 1960, en la que sucedieron tantas cosas desde el punto de vista musical, los discos eran lo de menos. Se vivía para tocar y lo que realmente sucedía noche a noche. Allí estaba la música.”