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miércoles, 27 de agosto de 2014

Fischerman, en vísperas del concierto de Chick Corea


Esta noche se presenta Chick Corea en Buenos Aires, con su nueva banda The Vigil.  Lo que sigue es la entrevista que Diego Fischerman realizó con él y publicó hoy en el diario Página 12.





“Mi ‘secreto’ es siempre ser un estudiante”

Es uno de los grandes pianistas de la historia del jazz. Uno de los pocos –y tal vez uno de los últimos– que crearon lenguajes y cuyos rastros pueden ser seguidos en varias generaciones de sucesores. Chick Corea, después de su debut en 1962, con Mongo Santamaría y Willy Bobo, a los 21 años, y de su paso por los grupos de Blue Mitchell, de Herbie Mann y de Stan Getz, tuvo uno de los comienzos como líder más espectaculares que puedan imaginarse, con dos discos que quedaron para siempre como clásicos del género: Tones for Joan’s Bones, de 1966, y con Woody Shaw en trompeta, Joe Farrell en saxo y flauta, Steve Swallow en contrabajo y Joe Chambers en batería, y Now He Sings, Now He Sobs, de 1968, en trío con Miroslav Vitous en contrabajo y Roy Haynes en batería.

Después llegaría su fundamental pasaje por el grupo de Miles Davis, el Return To Forever acústico y latino de los comienzos y el que luego encarnó la versión más furibunda, eléctrica y compleja del jazz rock; la Elektric o la Akoustik Band; el mejor free con Circle y el trío ARC; los dúos con Herbie Hancock o con Gary Burton; las revisitas a sus propias invenciones; y más discos, muchos, tan distintos entre sí, dignos de cualquier antología: Friends, The Leprechaun, Three Quartets, The Griffith Park Collection, Voyage, los dos volúmenes de Improvisations, ARC, Again and Again, Crystal Silence, Romantic Warrior, Children Songs y el reciente Portraits, en piano solo (que acaba de ser publicado también en la Argentina). Parafraseando el título de una vieja colección de literatura infantil, bien valdría la apelación “elige tu propio Chick Corea”. Sin embargo, tal diversidad estilística no es tal. Siempre –como en Igor Stravinsky, otro transformer– se escucha allí al mismo creador. Y, además, ha logrado un estilo propio y absolutamente reconocible, aun en los usualmente impersonales teclados electrónicos.

“Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de vivir de acuerdo con los estándares que se ha fijado para sí mismo –reflexiona en diálogo con Página/12–. Demasiados acuerdos con ‘tendencias’ y ‘estilos’ merman la posibilidad de que las nuevas ideas surjan. Poner el propio estándar bien alto es el primer paso; pero el próximo paso es igualmente importante, o tal vez aún más. Hay que llevar las propias intenciones a través de ese estándar y no volver atrás por barreras o detenciones. Uno puede llamarlo ‘integridad artística’ o sólo simple ‘persistencia’. Pero, en cualquier caso, creo que esa podría ser la cualidad de individualidad en el jazz.”

En una entrevista con este diario, el pianista Stefano Bollani, que tocó a dúo con Corea, comentaba que lo que más le había llamado la atención era la relación del pianista con el estudio. El hecho de que siempre, aun siendo ya un músico absolutamente consagrado y con una técnica consumada, cada vez que lo encontraba o hablaba con él lo encontraba estudiando. El propio Corea se refiere a ello, mientras habla de lo que le dejó haber tocado con Miles Davis, Stan Getz o Anthony Braxton, y, de paso, brinda una suerte de posible enseñanza: “Mis logros han sido siempre el resultado de seguir mis intereses verdaderos o de permitirme a mí mismo estar interesado en lo que verdaderamente me interesa, y entonces ir más allá y aprender más acerca de ello, incrementando mis habilidades gradualmente mientras hago ese camino. Mi ‘secreto’ es ser siempre un estudiante y no el maestro que otros asumen que soy. Siempre he hecho todo lo posible por encontrar la compañía de artistas y músicos de gran habilidad y, trabajando para ellos o con ellos, observar cómo ellos logran hacer lo que hacen y aprender a aplicarlo en mi propia vida. Esa manera de actuar, pensar siempre qué es lo que se puede aprender de cada situación creativa, siempre ha funcionado bien para mí”.

Chick Corea es posiblemente el músico de jazz extranjero que más veces ha visitado la Argentina. Y la mayoría de las formaciones con las que ha tocado en las últimas décadas han actuado aquí, desde el fantástico dúo con el vibrafonista Gary Burton, y su Elektric Band, hasta eclécticos grupos como aquel de 1996 en el que participó en un homenaje a Piazzolla y, más recientemente, en 2012, con “Forever”, la versión acústica, con Stanley Clarke en contrabajo y Lenny White en batería, de aquel Return To Forever que cambió a un tiempo los límites del jazz y del rock (y que tan influyente resultó aquí para músicos como Luis Alberto Spinetta y Charly García). Hoy, el pianista volverá a actuar en Buenos Aires (en el Gran Rex, Corrientes 857, a las 21) y lo hará con su último proyecto, The Vigil. “Nuevas botellas, vino añejo”, había titulado Gil Evans uno de sus discos más importantes, y algo de eso hay en este grupo, donde la sonoridad remite a Return To Forever, pero la música suena con originalidad y frescura. Integrada por Marcus Gilmore en batería (incidentalmente, se trata del nieto de Roy Haynes), Hadrien Feraud en bajo, Tim Garland en saxo y el guitarrista Charles Altura, la banda se presentará en el Gran Rex. “No elijo tanto los sonidos como los músicos con los que hacer música. No es diferente con mi nueva banda”, dice el pianista. “Estos jóvenes músicos me inspiran. Aprendo de ellos cada noche, mientras viajamos y tocamos. De esa manera, todo se conserva fresco y lleno de vida.”

Con 73 años, Corea pertenece a la misma generación que el guitarrista John McLaughlin, esa que, hace unos cuarenta y cinco años, desde los grupos con los que Miles experimentó con instrumentaciones electrónicas y en sus posteriores ramificaciones, cambió masivamente el sonido y la concepción de la composición en el jazz. Una mirada apresurada podría hacer pensar que en el tiempo transcurrido desde aquellas revoluciones –y desde épocas en que se creía en las revoluciones– no ha sucedido demasiado. Y que todo sigue en las mismas viejas y sabias manos. “El mundo de la música está vivo y en buenas manos”, opina Corea. “Los músicos jóvenes y los nuevos artistas están creando cosas nuevas en todo el mundo y todo el tiempo. Lo que sucede es que nuestros sistemas sociales se han alterado y probablemente han cambiado para peor. La música es un fenómeno social; siempre lo ha sido. Y el espíritu de la creatividad está vivo en nosotros. El verdadero problema, pienso, es cuán amigable resulta el medio ambiente para permitir que esa creatividad florezca. Entonces, me parece, el jazz, o cualquier actividad creativa, está ‘en manos de’ todos los que creamos sociedades y ecosistemas culturales. Y cuantos más de nosotros creemos y participemos del mundo de las artes, más saludables serán los ecosistemas y más placenteras serán nuestras vidas.”

Entre los múltiples intereses musicales de Chick Corea apareció en algún momento el tango y, en particular, la obra de Astor Piazzolla. Parte de la responsabilidad fue de Gary Burton, quien muy joven, como bajista del cuarteto de Stan Getz, llegó a Buenos Aires en 1964 y compartió escenario con el formidable quinteto del bandoneonista. A partir de ese momento, se hacía mandar cada disco de Piazzolla y se convirtió en un auténtico fan. En los discos de Burton en dúo con Corea –una relación virtuosa que comenzó con el disco Crystal Silence, editado por ECM en 1972– aparecen las huellas de Piazzolla en más de un momento. “El gran Astor Piazzolla abrió muchas puertas musicales para mí”, dice Corea. “Y muchos músicos fueron conmovidos por su obra y por la inteligencia emocional de sus composiciones. Siempre tuve un interés muy especial por su música y ese interés se incrementó cuando me pidieron que escribiera tangos para una película. Al final, por mi propia recomendación, para ese film usaron tangos clásicos, pero el proyecto me permitió investigar mucho más profundamente en Piazzolla y en el tango.”

Pero el gran cruce musical de Corea fue con el flamenco en general (que influyó discos como My Spanish Heart, por ejemplo) y Paco de Lucía en particular (con quien tocó en el disco Zyrab). “Paco era un fenómeno artístico –recuerda el pianista–. El ayudó a que naciera una importante conexión entre el jazz y su propia tradición del flamenco. Fui afortunado al ser parte de ello, al convertirme en amigo de Paco y aprender muchísimo de él en cuanto a su relación con la música. En nuestros numerosos y preciosos proyectos conjuntos, me sentí muy fuertemente inspirado por Paco y la profundidad de su expresión. Le debo muchísimo.”


lunes, 18 de agosto de 2014

Un anticipo de la nueva visita de Chick Corea a la Argentina



Publicada en el diario Clarín, del 18 de agosto pasado, la siguiente entrevista entre Federico Monjeau y Chick Corea es un anticipo de la próxima visita del pianista a la Argentina.




“Mi misión es promover la libertad individual”

Nacido en Chelsea, Massachussetts, en 1941, el pianista y compositor Chick Corea forma un capítulo fundamental del jazz moderno. Entre 1968 y 1970 integró el quinteto de Miles Davis; en 1971 formó Circle (notable cuarteto de vanguardia completado por Dave Holland, Barry Altschul y Anthony Braxton) y grabó dos volúmenes de improvisaciones en piano solo para ECM que forman una de las grandes joyas de todo el jazz; en 1972 abrió la senda del jazz rock con Return to Forever; en 1976 renovó los lazos entre el jazz y la música española con el encantador My Spanish Heart. Su enorme discografía excede el campo del jazz, para incluir incursiones como dúos con el pianista clásico Friedrich Gulda y una formidable ejecución del Concierto para dos pianos K. 365 de Mozart junto con Keith Jarrett, mientras que sus Children Songs constituyen una exquisita extensión de Bela Bartok.

Ahora el músico vuelve a la Argentina para presentar su nuevo álbum The Vigil, con nueva banda y nuevas composiciones.La gira coincide con el flamante lanzamiento local de Portraits (Universal), de nuevo en piano solo, con standards, composiciones propias, reelaboraciones de piezas de Bartok y Scriabin y unos curiosos retratos musicales improvisados en salas de Cracovia, Vilnia, Casablanca e Easton (Maryland), con personas del público que aceptan subir al escenario y posar para estas breves pinceladas musicales.

“Ese es un juego que yo solía prácticar en casa con mi tío, con mi hijo o con amigos, y que todavía de vez en cuando hago”, cuenta el músico en conversación telefónica con Clarín. “Invento una pequeña melodía para describir su estado de ánimo y resulta bastante divertido”.

–¿Usted siempre necesita alguna imagen –objetiva o mental– como punto de partida para la improvisación?
No siempre. A veces puede ser algo más abstracto: un sonido o el recuerdo de un sonido; un acorde, dos notas. En el caso de losPortraits, no lo pienso mucho. Invito a una persona a subir al escenario y le pido que se siente en una silla cerca del piano. Le digo “hola”, le pregunto su nombre. Me dice “María”, por ejemplo, y ahí yo comienzo a crear una melodía como si estuviese pintando un retrato.

–Viendo el cuadernillo del disco, ¿le gusta mucho pintar y dibujar?
Es un hobby que me relaja. No son dibujos de Salvador Dalí, como usted habrá visto, pero es algo que me divierte hacer.

–Volviendo al tema de la improvisación, ¿cuál es la diferencia entre improvisar solo, como en su disco, e improvisar en grupo, como lo hará aquí con su banda?
Cuando estoy solo en la escena no hay ninguna otra influencia musical. Mi comunicación con la audiencia es muy directa, íntima. Con la banda es una conversación que viene y va. El pintor trabaja solo, el escritor también, pero el músico, en el caso del grupo de jazz, es hacer algo juntos en el instante mismo de la música.

–Usted siempre mantuvo una relación intensa con el repertorio clásico. ¿Qué piensa que puede darle usted como músico de jazz a un Concierto de Mozart, por ejemplo?
Nunca lo pensé en esos términos. Toco lo que me interesa, sin pensar en el efecto que esto pueda tener en la vida del repertorio clásico. Toco los autores que han significado una gran inspiración en mi vida como músico.

–Además de Mozart y Bartok, ¿qué toca con más frecuencia?
Voy cambiando, Bach está siempre, por supuesto. Pero últimamente me gusta mucho tocar en público alguna balada de Chopin o preludios de Scriabin.

–¿Cómo ve la escena actual del jazz en los Estados Unidos? Da la impresión de que el panorama es un poco más conservador que veinte o treinta años atrás, ¿no?
Todo es más conservador que veinte o treinta años atrás. El mundo se está volviendo cada día más maquinal y la individualidad de los artistas y de la creación, algo cada vez menos importante. No es así para la personas, pero sí para las instituciones. Es el modo en cómo la sociedad está evolucionando en un sentido más mecánico, y la música no está libre de eso.

–¿Y cuál es su posición como músico al respecto?
Cómo decirlo... mi misión es promover la libertad. La libertad individual. Quiero mantener la tradición de la improvisación y el contacto inmediato con la audiencia. Creo que eso es lo mejor que yo puedo ofrecer como artista.

–¿Qué podría decirme de su nueva banda?
Que tiene un fuerte toque latino y que está inspirada en la diversidad. Hay un bajista cubano, Carlitos del Puerto, y un percusionista venezolano, Luisito Quintero, y las conexiones con la música latinoamericana y el flamenco son muy estimulantes para mí. En la banda todo eso conecta con la tradición del jazz de Nueva York: Marcus Gilmore, el baterista, es nieto del gran Roy Haynes (también baterista). Charles Altura es un brillante guitarrista de California, mientras Tim Garland es un saxofonista y compositor que viene de Londres. Creo que esta diversidad le da una gran fuerza a la banda.


viernes, 8 de junio de 2012

Dos opiniones sobre el concierto de Corea, Clarke y White

El concierto de Chick Corea, Stanley Clarke y Lenny White del miércoles 5 de junio dejó a parte del público con sentimientos encontrados. Nadie va a discutir hoy en día las dotes de Chick Corea como pianista ni el virtuosismo de Stanley Clarke –por cierto, un tanto circense y, de a ratos, francamente demagógico–, aunque sí se vaya a criticar la pobreza exhibida por Lenny White, muy lejos del nivel de sus otros dos compañeros. Lo que sí se podría comentar, en todo caso, es qué pasa cuando estos tres músicos se reúnen a tocar, la conveniencia de la formación para el repertorio elegido y qué hizo el tiempo con esas composiciones que hace treinta y pico de años sonaban tan modernas. De todo eso tratan las dos reseñas aparecidas en el día de hoy en Clarín y Página 12, firmadas respectivamente por Federico Monjeau y Diego Fischerman, probablemente los dos mejores críticos musicales de la Argentina. Podrían sumarse otros puntos de vista, claro. Por caso, Guillermo Hernández duró exactamente cuatro temas, lo cual es también una opinión.

Federico Monjeau
Nada es para siempre

Con su trío Forever buscó recuperar la era del “Jazz fusión”.

Como ocurre con el nombre mismo, Forever, el trío que integran Chick Corea, Stanley Clarke y Lenny White, es una abreviatura del Return to Forever que Corea formó a comienzos de los ‘70 con Clarke y otros; una abreviatura o reducción al formato más clásico del jazz moderno, el trío de piano, contrabajo y batería, sin aderezos percusivos ni suplementos electrónicos.

Pero en el fondo las cosas siguen más o menos iguales, incluso desde el punto de vista de la selección del repertorio. El concierto del miércoles en el Gran Rex comenzó con La Fiesta , para seguir con otras composiciones de Return to Forever como Light as a Feather , No Mistery , After the Cosmic Rain , Romatic Warrior y 500 Miles High , exponentes de un jazz rítmicamente muy latino y volcado a la fusión, en especial con la música española, cuya característica cadencia frigia se volvió un omnipresente motivo armónico-melódico.

La selección se completó con una pieza de Miles Davis, All Blue , más dos standards clásicos: How Deep is the Ocean , My One and Only Love . Esta fue la mejor parte del programa. Basta escuchar alguno de estos standards para advertir la pérdida de perspectiva armónico-melódica que, salvo raras excepciones, significó el jazz-fusión de los 70. Tal vez era un alejamiento del blues y del songbook estadounidense que los músicos de jazz debían necesariamente realizar, pero la desolación compositiva del paisaje es innegable, y la desnudez del trío de piano, contrabajo y batería acaso lo vuelva todavía más evidente.

Queda intacta la maestría instrumental. Chick Corea es un pianista extraordinario, uno de los mayores virtuosos de todo el jazz, también de los más imaginativos si se considera su rica trayectoria. Pero en este “retorno” no muestra nada demasiado interesante. Se vuelve inevitable la comparación con Keith Jarrett, no sólo por la cercanía de ambas visitas sino por la cercanía generacional (Corea es sólo cuatro años mayor y han hecho algunas cosas en colaboración, entre ellas una hermosa grabación del Concierto para dos pianos de Mozart). La neurosis de Jarrett la padecimos el año pasado en el Colón, pero es cierto que además de su malhumor nos transmitió algunas grageas de música sublime.

A Corea no lo alteran ni un instrumento mediocre (se limitó a pedir una pausa de diez minutos para una afinación), ni un público que le indica a los gritos lo que tiene que tocar. Su entrega es más amable, y también más rutinaria.
Clarke es otro músico virtuoso, aunque se trata de una maestría un poco circense y fanfarrona. Su técnica y su fuerza percusiva son tan descomunales que su instrumento por momentos suena como una segunda batería. En medio de todo eso, Lenny White queda en un segundo plano, aunque no debería dejar de señalarse que su solo en contrapunto con Corea en All Blue fue uno de los mejores momentos de la noche


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Diego Fischerman
Una fiesta con bemoles

El notable pianista hizo gala de todo eso que lo ha convertido en un referente del jazz, aunque el sonido dejó dudas. Con un Stanley Clarke brillante, el punto más discutible de la velada fue la performance del baterista Lenny White

Desde su debut discográfico, con Tones for Joe’s Bones, grabado a fines de 1966, pero incluso antes, ya en sus trabajos junto a músicos latinos casi al mismo tiempo que se internaba en cierta clase de música de cámara donde se imbricaban Debussy y Bartók con el jazz, y en el free jazz atonal y alejado de patrones rítmicos regulares, Chick Corea construyó su estilo en la diversidad de estilos y convirtió en firma propia el eclecticismo. En todo caso, su lenguaje personal, fuera en piano o en piano eléctrico –y más adelante en sintetizadores– siempre resultaba identificable.

Buenos Aires es una ciudad a la que llegó con todos los formatos imaginables, desde el formidable dúo con el vibrafonista Gary Burton hasta sus grupos más electrificados, pasando por el piano solo, por su personal relectura del hard bop con el grupo Origin y con su participación en un homenaje a Piazzolla. Y es la ciudad donde le mostró su admiración, a través de una ovación prolongadísima apenas apareció sobre el escenario, un público de una heterogeneidad que muy pocos podrían lograr. Había allí audiencia de jazz, desde ya, pero también muchos de los que desde el rock lo descubrieron a él (y de allí fueron al jazz) pero también los que hicieron el camino contrario. La presencia entre ellos de Machi, notable bajista de Invisible, podría considerarse, en ese sentido, un dato.
Corea, que ha cambiado tanto de gramáticas musicales como de aspecto físico, llegó esta vez, a los 71 años, luciendo una juvenil y fina estampa, con saco habano haciendo juego con el pantalón, que contrastaba llamativamente con la obesidad y la camisa floreada de su visita anterior. Se trataba, por otra parte, del retorno (aunque sin el retorno del título) de Return to Forever, con su formación más ejemplar casi completa (faltaba tan solo el guitarrista Al Di Meola), aunque ahora en plan acústico: piano de gran cola, el contrabajo de Stanley Clarke y un pequeño set de batería para Lenny White. La operación tampoco era nueva del todo. Mucho del repertorio de Chick Corea transitó por todas las conformaciones instrumentales posibles. Y el pianista se deleitó, a lo largo de su carrera, en trabajar con los mismos músicos pero en diseños casi opuestos, como sucedía con la Elektric y la Akoustik Band.

Si, por un lado, salvo “La Fiesta” es cierto que ninguno de los temas de Return to Forever viajó demasiado hacia otras encarnaciones musicales, también lo es que este regreso acustizado no resulta tan llamativo si se lo piensa no en relación a las últimas formaciones del grupo –y en particular a Romantic Warrior, el disco que llevó el género del jazz rock a un punto de inflexión o de fractura– sino a la inaugural, más inclinada al jazz latino que al rock y donde los únicos instrumentos electrónicos eran el piano y, en algunos temas, el bajo de Clarke. Esa base, al fin y al cabo la misma de ahora, fue la que junto al percusionista Airto Moreira y su mujer, la cantante Flora Purim, más un viejo compañero de ruta, el genial saxofonista y flautista Joe Farrell, grabó el primer disco en 1972, con el mismo nombre del grupo y para el sello ECM. Era, en rigor, un disco (casi) acústico y allí estaba el primer registro discográfico de “La Fiesta”. Y por allí empezó, también, el concierto porteño, uniendo ese hit a “Some Time Ago”, tal como sucedía en el álbum (aunque sin el tarareo de Purim y el deslumbrante trabajo de Farrell, primero en flauta y luego en saxo soprano).

La presentación del trío siguió un orden casi cronológico para aquel repertorio, pasando por “Light as a Feather” (un tema de Clarke) y “No Mistery” y llegando a “Romantic Warrior” y entrelazándolo con algunos standards: “How Deep is The Ocean”, “My One and Only Love”, “All Blues”. El exquisito pianismo de Corea, con esa digitación perlada y esos staccati que convirtió en marca de fábrica, construyó, a lo largo de todo el concierto, un relato preciso que se entrelazó con el del sonido poderoso, con pronunciado vibrato, cantante en los sobreagudos del capotasto, de Clarke (una característica que comparte con los otros contrabajistas preferidos del pianista, Miroslav Vitous y Eddie Gómez), capaz, además, de pasar con soltura del pizzicato al arco. Su estilo, más afecto a los riffs que al despliegue melódico de los acordes, situaba, no obstante la particularidad tímbrica, el mapa estético del lado del jazz rock. Tanto, por lo menos, como las acentuaciones de la batería. Y allí estuvo, precisamente, el punto más flaco. White no mostró la versatilidad de sus compañeros para establecer climas variados y fue francamente primario cuando debió acercarse más al papel del baterista de jazz que al de rock. Casi inactivo en las últimas décadas, este músico que llegó a tocar con grandes del género como Jackie McLean y Andrew Hill, estuvo esta vez limitadísimo al golpe fuerte y perdido con las escobillas, sin encontrarle la vuelta a los temas más lentos. Su performance fue particularmente pobre en “My One and Only Love” aunque, claro, en el repertorio que evocaba más claramente el pasado eléctrico se sintió un poco más cómodo.

El bis, “500 Miles High” –del segundo disco, Light as a Feather– rubricó, no obstante, una actuación de buen nivel. Y si la fiesta no fue, de manera plena, la anunciada en el título del comienzo, también tuvo que ver con un piano desafinado y con el efecto paradójico logrado por el sonido, que logró darle a este instrumento un persistente aire a lata que, curiosamente, lo acercó al Rhodes que pretendía olvidarse.

martes, 5 de junio de 2012

Mañana toca Chick Corea en Buenos Aires

Nuevamente Diego Fischerman y nuevamente Página 12, pero hoy a propósito del concierto que Chick Corea brindará mañana en el teatro Gran Rex, acompañado por Stanley Clarke y Lenny White.

“Cada paso fue para mí un nuevo mundo”

“He tenido muchos maestros y por todos siento gratitud, pero el primero fue mi padre Armando”, dice Chick Corea a Página/12. “El tocaba jazz en la trompeta y durante toda mi infancia lo escuchaba a él y a los discos de 78 rpm que ponía: de Dizzy y Bird, de Art Blakey, de Sarah Vaughan con la banda de Billy Eckstine, de Miles Davis a los 17 años tocando en el quinteto de Charlie Parker. Esos gigantes fueron mis héroes y maestros. Y después Monk, Bud (Powell), Horace Silver, Sonny Rollins, Bill Evans, tantos otros...” Quien habla, claro, no desentonaría en esa lista. El pianista que fundó Return to Forever y que ahora retorna a ese grupo (aunque sin el retorno del título) y llega a Buenos Aires para presentar, mañana en el teatro Gran Rex, el notable disco Forever. Allí, junto a Stanley Clarke en contrabajo y Lenny White en batería, toca en plan acústico mucho del repertorio de aquel grupo fundante del jazz eléctrico. Es, sin duda, uno de los músicos más importantes de los últimos 40 años.

Se trata, por un lado, de uno de los protagonistas de varios de los grupos más importantes de la música de tradición popular, desde el trío con Miroslav Vitous y Roy Haynes o el que formó con Dave Holland y Barry Altschul, hasta el dúo con Gary Burton, el mencionado Return to Forever, Circle, con Anthony Braxton, y, por supuesto, el quinteto de Miles Davis, pero, además, uno de los pocos que consiguió lo que para el género significa el non plus ultra: crear un lenguaje y un estilo. Como Bill Evans primero, o McCoy Tyner, Herbie Hancock, Paul Bley y Keith Jarrett, Corea está entre los pianistas inconfundibles y, además, entre los más influyentes –e imitados–. Su primera experiencia profesional importante fue en 1963, con Mongo Santamaria y Willie Bobo, cuando tenía 21 años, y, ya en grupos más específicamente jazzísticos, con Blue Mitchell entre 1964 y 1966, Herbie Mann y Stan Getz (con quien volvió a tocar ya en la década siguiente).
Su debut discográfico en el sello Blue Note fue uno de los más espectaculares que puedan imaginarse, Now He Sings, Now He Sobs, en 1968, con Vitous y Haynes. Antes había grabado dos discos para Atlantic que habían pasado casi inadvertidos pero se convirtieron más adelante en objeto de culto, Tones for Joan’s Bones y Inner Space. Luego de un corto período junto a la cantante Sarah Vaughan, entró al grupo de Davis, reemplazando gradualmente a Hancock. Allí participó en discos fundamentales, como Filles de Kilimanjaro, In a Silent Way, Bitches Brew, y Miles Davis at the Fillmore. “Ese grupo era una escuela formidable”, reflexiona, casi para sí. En esos conjuntos, que partieron del quinteto original pero que tuvieron una conformación muy variable, incluyendo varios tecladistas (en At The Fillmore tocan juntos Jarrett y él), Corea trabajó con el piano eléctrico (y tal vez haya sido el único que creó una gramática propia para ese instrumento) y comenzó sus experiencias con los sonidos electrónicos, que se continuarían en algunos de sus proyectos solistas. Sin embargo, cualquier simplificación resulta inútil.
Asociar a Corea con el jazz-rock, más allá de que fue uno de sus creadores, es olvidarse de proyectos tan disímiles –y geniales– como su “Trío para flauta, fagot y piano”, grabado en 1968 e incluido en el disco Inner Space, sus Piano Improvisations o A.R.C, publicados por ECM, y, lejos del último lugar en importancia, su participación en Circle, todos gestados más o menos en la misma época en que esa forma particularmente virtuosa de jazz-rock que patentaría con Return to Forever –cambios repentinos de tempo, riffs velocísimos, frenos y arranques repentinos y un ajuste descomunal por parte del grupo– comenzaba a plasmarse.

Podría haberse tratado de un músico buscando su propio camino, entre varios posibles, o de alguien dispuesto, simplemente, a recorrerlos todos. “Desde mi punto de vista, cada paso fue un nuevo mundo, exactamente como mi próximo paso me lo hacía saber”, dice Corea. “Nunca fue parte de un plan ni de nada premeditado; es más, yo hubiera sido incapaz de decir qué haría después. Sólo se trataba de entrar en cada proyecto con la fascinación ante las posibilidades que eso abría ante mí. Pero la verdadera aventura es siempre ir un poco más allá y tocar y componer y aprender algo nuevo cada noche ante cada público diferente. Ese es el camino.” Return to Forever fue creado en 1971 y también tuvo una conformación variable, desde el grupo casi acústico en el que tocaba el extraordinario saxofonista y flautista Joe Farrell hasta la aplanadora paralizante de Romantic Warrior, con Al Di Meola en guitarra eléctrica y los dos músicos con los que ahora vuelve a tocar, Clarke y White. “El nombre de la banda no es demasiado importante para nosotros”, comenta el pianista. “Lo que nos motiva no es la idea de un regreso o de una relectura a la música del grupo original, sino el deseo de tocar juntos y de hacer música. La verdad es que ninguno de los tres, en nuestras carreras posteriores, exploró esos standards que habíamos creado juntos. En ese sentido podría ser un retorno, pero sólo en el aspecto de que comprobamos que esos temas funcionaban perfectamente como material, como si se tratara de standards de jazz. Yo creo que, al fin y al cabo, la música es sólo música. Nada más. Y nada menos.”

En la primera formación del grupo, donde tocaba Farrell, ya estaba Clarke y, junto a ellos, el percusionista Airto Moreira y su mujer, Flora Purim, como cantante. En su primer disco, que llevaba el mismo nombre del grupo y se publicó en 1972, aparecía “La Fiesta”, uno de los temas más populares del repertorio de Corea, que él volvería a tocar y grabar en numerosas oportunidades. Ese mismo año, Return to Forever editó Light As A Feather, en 1973 Hymn Of The Seven Galaxy y un año después Where Have I Known You Before. Otros proyectos, como The Leprechaun, My Spanish Heart y The Mad Hatter, aunque no aparecían con el nombre del grupo, eran deudores, sin duda, de su sonido. Como lo fue, ya en la década de 1980, su Elektric Band, de la que participaban el guitarrista Scott Henderson (luego reemplazado por Frank Gambale), el bajista John Patitucci, Eric Marienthal en saxo y Dave Weckl en batería. Y, en el medio, dúos con Herbie Hancok o con el flautista Steve Kujala, un nuevo encuentro con Vitous y Haynes, conciertos de Moart junto a Bobby McFerrin, música de cámara y, después, otro grupo formidable, Origin. “Siempre había querido volver a tocar con Clarke y White”, dice ahora. “Existía, en la época de Return to Forever, una química muy especial entre nosotros. Y esa química está intacta. Tocar con ellos es un placer inmenso, nos adivinamos nuestras intenciones permanentemente, sintonizamos la misma frecuencia y nos entendemos como hermanos.”

Así como habla de sus maestros, Corea también opina sobre sus posibles discípulos: “He visto a músicos jóvenes inspirados en algunas cosas que mis amigos y yo hemos hecho, desde luego. Es natural, me encanta que suceda y trato de ayudar a esos músicos de la manera en que sea posible. No los considero discípulos en un sentido estricto pero, en cierta forma, hay una continuidad y una enseñanza. Una cierta tradición que va pasando de unos a otros, por más que cada uno la tome de manera creativa y no como una copia”. Observa, desde ya, el jazz actual, y opina que “la novedad está en quien la mira. Yo no veo otra cosa que vida en mi camino. Y la vida es siempre nueva y bella si uno vive de una manera en que puede mirarla y percibir su maravilla. Para mí, es simplemente un honor y estoy infinitamente agradecido por poder seguir amando el hacer música y el buscar cosas nuevas y el viajar alrededor del mundo y poder tocar esa música para quienes quieren escucharla. El otro día escuché por la radio una grabación de Ben Webster y era un registro apenas anterior a su muerte. Y sonaba tan fresco y tan nuevo, y tan joven”.

El disco Forever, un álbum doble que Universal publicará próximamente en la Argentina, recoge ese presente de Corea que grabó, casi al mismo tiempo, un fantástico CD en homenaje a Bill Evans junto a otro de sus compañeros históricos, el contrabajista Eddie Gomez, y el recientemente fallecido Paul Motian en batería. Admirador de la música de Astor Piazzolla –en una de sus visitas a Buenos Aires participó, precisamente, de un homenaje al bandoneonista–, compositor de algún tango, que tocó junto a Gary Burton, el perfil de Corea es el del más absoluto eclecticismo. En un viaje anterior explicó a este diario su pasión por la variedad de la manera más sencilla. “Por más rica que sea una comida –decía–, ¿quién quiere comer lo mismo todos los días?” La palabra clave, dice, es curiosidad. Y también, placer. Corea lo menciona cada vez que puede. Y cuenta, también, que escucha música “como inspiración, para aprender nuevas cosas”. A veces se sienta ante el equipo o la computadora por simple gusto. Otras, “para ver qué están haciendo mis amigos, para ver en qué andan los músicos jóvenes que nunca pude escuchar en vivo. Y vuelvo una y otra vez a mis grabaciones favoritas de Miles y Coltrane. Y a algunos compositores clásicos que admiro. Y a grandes pianistas como Art Tatum y Glenn Gould. Y a veces, especialmente durante una gira, saco toda la música de mi alrededor y trato de escuchar lo que me rodea. Por ejemplo, en las habitaciones de hotel, jamás prendo la televisión ni escucho la radio. Y sí, a veces, escucho mis propias grabaciones para tratar de encontrar nuevos caminos en lo que hago. No soy demasiado crítico conmigo mismo, pero sé qué es lo que me gusta y lo que no de mi manera de tocar y, por lo tanto, trato de corregir lo que no me gusta y de llevarlo hacia lo que sé que quiero hacer”.