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lunes, 23 de febrero de 2015

Jonio González escribe en Cuadernos de Jazz sobre tres discos recientes

En el número de febrero de Cuadernos de Jazz, de España, del mes de febrero, Jonio González comenta tres discos recientes de Paula Shocron, Pablo Ledesma y Pepe Angelillo, y Juan Bayón. Reproducimos lo que escribió a continuación.

Tres joyas australes

Surya
Paula Shocron (p), Juan Bayón (b), Bruno Varela (bat)
Buenos Aires, diciembre de 2013
Kuaimusic PS01

Orillas
Pablo Ledesma (sa, ss), Mono Hurtado (b), Pepe Angelillo (p), Martín Misa (bat, perc)
Buenos Aires, mayo de 2014
Cielo Arriba 

Control
Juan Bayón (b), Rodrigo Domínguez (ss), Emmanuel Famin (sa), Juan Torres (st), Pablo Moser (sb), Francisco Cossavella (bat, perc)
Buenos Aires, marzo y diciembre de 2013
Kuaimusic KUAI011




A veces de Argentina llegan buenas noticias, por ejemplo estos tres discos lanzados el año pasado a nombre de algunos de los músicos más destacados de la interesantísima escena jazzística local, que parece gozar de una excelente salud. De Paula Shocron, una de las principales voces pianísticas de ese país, algunos lectores quizá recuerden la reseña de su disco Urbes (véase CdJ núm.105, marzo-abril de 2008), también en formato trío, en la que quien esto escribe señalaba su “toque nervioso que no elude el lirismo”. Después de escuchar unos cuantos discos más de Shocron, en especial los tres de standards que grabara para el lamentablemente desaparecido sello Rivorecords (Our Delight y Serenade in Blue, ambos también con su trío, y See See Ryder, en solitario), diría ahora que en su momento confundí nerviosismo con intensidad. Y es seguramente esa intensidad la que la hace pasar de la observación analítica en el marco de cierto clasicismo ("Angel Eyes") a la especulación experimental (XXI, de su autoría) sin perder nunca su propia, reconocible, voz, que va asentándose, adquiriendo espesor, en el proceso. Obra de exquisita madurez.

No menos exquisito es el libro-CD Orillas, concebido como sendos comentarios musicales a dieciséis imágenes del fotógrafo Argamonte. Dichos comentarios, en realidad improvisaciones libres inspiradas, o más bien incitadas, por las imágenes, acaban por convertirse en un relato más que sobre el límite que marca la orilla, sobre aquello que está más allá de la misma y que es lo que la música, concebida como ámbito de la libertad, busca, explora y encarna. Los protagonistas, y artífices, de ese relato crean espacios de densidades cambiantes (ya sea en dúo, en trío o en cuarteto) que van del free y distintos grados de abstracción a un lirismo grave y un punto desolado, como las fotos a que alude. A destacar, la eficacia de Hurtado y Misa (soberbio su diálogo en el primer tema del álbum) y el íntimo entendimiento, tras una relación que dura ya veinte años y dio un maravilloso homenaje grabado a Mingus y Monk (M&M, Lumenan, 2012), entre Pablo Ledesma, improvisador enérgico y a la vez flemático, y Pepe Angelillo (véase CdJ núm.121, noviembre-diciembre de 2010), un poético explorador de atonalidades y atmósferas, un escultor de aristas y silencios.

Para terminar, el segundo disco de uno de los contrabajistas más solicitados de la escena jazzística argentina, colaborador de pesos pesados de la misma como la mencionada Paula Shocron, Ernesto Jodos, Mariano Loiácono, Francisco Lo Vuolo o Adrián Iaies. La propuesta, un cuarteto pianoless de alto, tenor, contrabajo y batería más el añadido puntual de un barítono y un soprano, que explora, sin renunciar a las tramas armónicas, y valiéndose de yuxtaposiciones e intercambios más que de confrontaciones, los límites quizá menos agrestes de la improvisación libre. Sobre una base rítmica impecable que marca las pautas del discurso y lo impulsa (todos los temas, menos uno, son del propio Bayón), los saxos, en solitario o formando dúos (notables Famin y Torres), tríos o cuartetos, desarrollan urdimbres, dialogan y conquistan, como en el bellísimo "El sueño de René", espacios a menudo mistéricos.

domingo, 15 de febrero de 2015

Angelillo, Ledesma, Hurtado, Misa y Argamonte, para ver y escuchar

Diego Fischerman comenta en Página 12, del 6 de febrero pasado, Orillas, el último libro/disco del pianista Pepe Angelillo y el saxofonista Pablo Ledesma, con el Mono Hurtado en contrabajo y Martín Misa en percusión, y diseño y fotografía de Argamonte.

Cuando el paisaje convoca sonidos

“La noche que ande Argamonte/ tiene que ser noche negra/ por si lo vienen siguiendo/ y le brillan las espuelas...”, escribió Manuel Castilla. El personaje, un gaucho que huye y es a la vez guía de otro que también escapa, está tomado de una novela de Federico Gauffin titulada En tierras de Magú-Pelá y publicada en 1932. El Cuchi Leguizamón le puso música, en la “Zamba de Argamonte”. El nombre de aquel gaucho es la firma, hoy, de Keko Ferro, un diseñador y fotógrafo notable, radicado en Salta. Y Argamonte es quien rubrica, junto al pianista Pepe Angelillo, el saxofonista Pablo Ledesma, el Mono Hurtado en contrabajo y el percusionista Martín Misa, Orillas, una de las ediciones más originales, trascendentes y, por añadidura, bellas producidas en la Argentina en los últimos tiempos.

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“Puede entenderse como un libro de fotografías o como un disco, o también como ambas cosas, estableciendo una relación entre lo que se ve y lo que se oye”, dice Angelillo a Página/12. “El origen –cuenta Ledesma– fue un viaje, hace mucho tiempo, que hicimos con Argamonte. El sacaba fotos y yo las encontraba inmensamente inspiradoras. Eran fotografías de orillas, de paisajes desolados: tierra o piedras junto al agua. Nada más. Había allí un territorio que convocaba sonidos.” Angelillo y Ledesma tocan habitualmente en dúo, con Hurtado lo hacen en trío desde hace años y Misa, que actualmente vive en Salta, donde toca en la Orquesta Sinfónica y con quien también han participado conjuntamente en numerosos proyectos, aparecía como socio natural. Hurtado habla del conocimiento que cada uno tiene del otro. De que nadie espera otra cosa que lo que cada uno es pero, al mismo tiempo, sabe todo lo que puede dar como música. El, Ledesma y Angelillo coinciden en una palabra: “Confianza”. Y es que lo de ellos es tocar sin red. “El sonido en sí mismo”, define Ledesma.

Existe una clase de jazz, crecida a la vera de los movimientos por la lucha de los derechos civiles de los afroamericanos, que lleva la libertad inscripta en su nombre. Free Jazz se llamó aquel disco legendario en que los cuartetos de Ornette Coleman y de Eric Dolphy improvisaban simultáneamente y sin planteos previos. “La improvisación libre o, en todo caso, la libertad de la música, a secas, hoy pasa por poder liberarse también de ese rótulo”, dice Angelillo. “Si el estilo es una cárcel, no sirve”, agrega Hurtado. “Nosotros nos manejamos sin ceñirnos a una tonalidad, por ejemplo, pero tampoco le tememos a una consonancia. Si sucede, si lo que estamos haciendo lo pide, entonces está bien.” Y Ledesma remarca que “no hay casillas”. “Todos nosotros hemos transitado por diferentes músicas. De tradición popular y de tradición académica. Yo he tocado años en la Orquesta del Argentino de La Plata, por ejemplo. No hay un intento de estar aquí o allá. Todo lo que aprendimos, todo lo que escuchamos, aparece en algún momento en lo que tocamos.”

Los paisajes de Argamonte, muchas veces inquietantes, siempre muestran, de alguna manera, aquello que no está. Sus silencios, podría decirse. Hay allí un correlato perfecto de la música. Si bien aparecen texturas de gran densidad, predomina la trasparencia. Como en las imágenes, los sonidos generan un espacio propio a su alrededor. En unas y otros se percibe el aire. “Son relaciones no evidentes, no fijadas de antemano”, dice Ledesma. “Las establece, en realidad, quien escucha y mira al mismo tiempo.” Argamonte es considerado por ellos, con justicia, como el quinto integrante del grupo. El ya había estado presente como diseñador en uno de los primeros álbumes de Ledesma y Angelillo (Vivo en La Plata, de 1998, en cuarteto con Ezequiel Dutil y Martín Lambert). El libro/disco Orillas, que fue presentado en la ciudad de Salta, aborda, con placer por el riesgo estético pero también con una base de gran solidez, una búsqueda poco frecuente en la música artística de tradición popular. “La música como juego”, dirá alguno de ellos a lo largo de la charla. “El valor de lo sonoro como objeto en sí”, redondeará otro. De lo que se trata, al fin y al cabo, es del viejo truco de reconocer la libertad como un valor inseparable de la creación.

sábado, 15 de marzo de 2014

Un asado en algún lugar del Gran Buenos Aires con Pepe Angelillo y Pablo Ledesma

Pepe Angelillo, M.C. y Pablo Ledesma
El domingo 2 de marzo, una serie de aficionados al jazz, que suelen frecuentar cierta disquería especializada de la zona céntrica se reunieron a comer un asado en algún lugar del Gran Buenos Aires, que, a los efectos de seguridad, no va a ser declarado. Los comensales, que de ninguna manera deben ser asimilados a lo que alguna vez una mente afiebrada calificó de "núcleo duro", decidieron invitar a su festejo a los señores Pepe Angelillo y Pablo Ledesma, ambos residentes en la ciudad de La Plata, desde donde se costearon para allegarse al festín. Lo hicieron gracias a la intervención de M.C., quien, haciendo las veces de productor y empresario, asumió toda la responsabilidad de la invitación, traslados y correcta alimentación de los músicos platenses.



Mientras las tortillas y entremeses traídos por el Dr. H.B. distraían a los convidados, el cocinero leguleyo freía unas 60 empanadas con que distraer el hambre, mientras el señor M.H. se ocupaba de asar unos 20 kilos de carne (divididos entre colitas de cuadril y ojos de bife) para los 18 cubiertos considerados en la oportunidad. El Dr. S.P., nuevo en estas lides, manifestó su deseo de fotografiar la parrilla para poner la correspondiente foto en un portarretratos en la biblioteca de su afamado estudio.


Mientras todo esto ocurría, Pepe Angelillo tuvola hombría de bien de adelantarle a los invitados más ansiosos parte del repertorio con que iba a deleitarlos esa noche, mientras una luna esplendorosa de fin del verano, bañaba con sus argentinos rayos a la concurrencia y, con su único ojo, contemplaba la diligencia de los cocineros, quienes trabajaban por el bien común con verdadero fervor. 


Todos los detalles se cuidaron. No así los comenales, ya que hubo quienes comieron en demasía, para no hablar de la bebida. La mesa, precedida por el longevo C.M., acaso uno de los más ilustres ingenieros de sonido del país, albergó a las más variadas personalidades, representantes de la industria, el comercio, las profesiones liberales, la religión y hasta al crítico de música D.F., que por la forma en que elogió las empanadas y su dificultad para proseguir con la ingesta de carne mostró un costado medido que hasta entonces se le desconocía. 



Ahora bien, entre la colita y el ojo de bife, vino la música. El repertorio de la noche fue mayoritarimente clásico: Charles Mingus y Thelonious Monk principalmente, en magníficas interpretaciones de los señores Angelillo y Ledesma, quienes fueron escuchados con arrobo, al tiempo que dejaban bien alta la reputación de su ciudad adoptiva, ya que ambos, luego lo confesaron, provienen de localidades interiores de la Provincia de Buenos Aires: Angelillo es de Tandil, mientras que Ledesma es de Henderson que, como es sabido, son verdaderos semilleros del jazz argentino.

Más allá de que sigamos especulando sobre el estilo tandilense de tocar el piano o con la escuela de sopranos de Henderson, lo cierto es que, llegado cierto momento, los músicos indicaron que querían seguir comiendo y bebiendo, por lo que esa discusión estilística queda para otra vez.


Como se ha visto en otros ágapes convocados por este grupo, primó la moderación. De hecho, S.C. muestra que no se repitió el vino ya que, como suele suceder en estas reuniones, el aporte colectivo contribuyó a la diversidad. En cuanto a las cepas, puede decirse que el público de esa noche careció de prejuicios, lo que algunos observadores creyeron notar en ciertas conversaciones en la que la reciedumbre varonil primó por sobre otras formas de sensibilidad.




Casi todo el mundo estuvo a la altura. Sin embargo, G.H., fue sorprendido acarreando la botella de la foto , según intentó explicar más tarde entre hipos. para el brindis final, aunque no faltó el malicioso que pensó que se la estaba guardando debajo de la remera.

Es posible que fuera cierto (vale decir, que ambas cosas fueran ciertas), ya que la fecha coincidía, con el cumpleaños de Pablo Ledesma, a quien se le deseó lo mejor, como correspondía.

De más está decir que todos los invitados se sintieron cómodos y felices, músicos incluidos, y llegada la hora se perdieron en la noche hasta la próxima vez.

martes, 19 de febrero de 2013

Jazz argentino 2012 por Jonio González

Como probablemente todo el mundo ya sepa, Raúl Mao, el creador y factotum de Cuadernos de Jazz, ha muerto. Esta desgraciada circunstancia tiene por consecuencia el consiguiente interrogante sobre el futuro de la publicación. Jonio González, ferviente colaborador de la revista y nexo fundamental entre ella y la Argentina nos hizo llegar desde España, donde reside, una nota que estaba por entregar a la redacción y que, ante las actuales circunstancias quedó en una suerte de limbo. La rescatamos para el blog de Minton's.

El mañana continúa

Ignoramos hasta qué punto la crisis está afectando a Argentina, pero si tuviéramos que guiarnos por la actividad jazzística que en el país tiene lugar, diríamos que poco. No hablamos de público, por supuesto, que imaginamos tan escaso como en todas partes, sino fundamentalmente del nivel de sus músicos y la calidad de los lanzamientos que se han producido en 2012.

Del saxofonista Luis Nacht nos ha llegado Lo invisible (BAU Records BAU 1191), quizá el mejor disco de cuantos ha grabado. En él deja por una vez de lado el formato cuarteto para adoptar el de trío drumless (con los siempre impecables Ernesto Jodos al piano y Jerónimo Carmona al contrabajo), inspirado, según el propio Nacht, en la formación de Jimmy Giuffre con Paul Bley y Steve Swallow. Si dicha modalidad de trío de jazz cuenta con otros atractivos antecedentes (de Konitz con Mehldau y Haden a Phil Woods con Flanagan y Mitchell pasando por Brignola con Barron y Holland, Sims con Mitchell y Rune Gustafsson y aun Peter Broatzmann con Peter Kowald y Sven-Ake Johansson en el férvido For Adolphe Sax), la propuesta de Nacht crece en la comparación, no solamente por el nivel de unas composiciones (todas de su autoría) que poseen la belleza y sencillez de auténticos standards, en ocasiones, sino por el desarrollo de las mismas, sereno, íntimo, con un sugestivo protagonismo del silencio, una insinuación rítmica ejemplar y un altísimo nivel formal y técnico.

Otro que no para de crecer con cada nueva obra es Adrián Iaies, y  Melancolía (SMusic 197745-2) constituye una oportuna demostración de ello. Ya sea con temas propios o de Billy Strayhorn, un tango o incluso una suerte de canción patriótica como el Himno a Sarmiento (a la que le da el tratamiento de una pieza Rodgers y Hammerstein), el pianista argentino  ha ganado en austeridad y adquirido una elegancia que lo emparenta con sus admirados Hank Jones y Tommy Flanagan. Como estos, pero con una voz crecientemente personal, más meditativa sin perder vivacidad, Iaies se apropia del espíritu de la canción y lo expresa recurriendo a la menor cantidad de notas posible.  Por otro lado, sigue presente una de sus características fundamentales, la homogeneidad, esa concepción del disco como una obra global cada una de cuyas partes dialoga permanentemente con el resto. Si lo que alcanza Iaies con este disco (gracias en buena medida a la sapiencia de Ezequiel Dutil en contrabajo, Pepi Taveira en batería y el puntual contrapunto de Mariano Loiacono en trompeta y fiscorno) no es propio de maestros, se le parece mucho.

Quien sin duda ha alcanzado la categoría de maestro es el también pianista Pepe Angelillo. En su nuevo disco, M & M (Lumenan JZ-000208), revisita una vez más a Monk (recordemos su magnífico Modo Monk, de 2006) y por el camino, sin necesidad de desviarse mucho, encuentra a Mingus (con un eje vertebrador en el centro mismo del disco, Prospectus, de Steve Lacy, profundizador inteligente y pertinaz de ambos genios). En la empresa lo secunda un viejo compañero de viaje, el saxofonista soprano Pablo Ledesma. La elección de Mingus y Monk no parece casual: ambos fueron montañas de dos picos: el de la tradición y el de la modernidad. Y es así como Angelillo es Monk con la mano izquierda, es decir, la tradición actualizada del piano stride, mientras con la derecha proyecta esta misma tradición hacia un futuro que encuentra en Epistrophy la forma de su sueño. Ledesma, entretanto, parece imaginar a Lacy salvando los valles entre las distintas vertientes, redefiniendo los paisajes.

Hay productores (Philippe Ghielmetti, Nils Winther, Giovanni Bonandrini, Gerry Teekens, por mencionar algunos contemporáneos que ahora acuden a nuestra mente) cuyo oficio no solo es su modo de expresión sino que son responsables, en gran medida, de que aun existan, entre otras cosas, grabaciones, tendencias incluso y, desde luego, público. En relación con ellos, debería valer lo que Miles dijo en una ocasión respecto de Ellington: que todo músico debería rendirle tributo siquiera una vez en la vida. Mucho de lo anterior puede aplicarse a Justo Lo Prete, responsable de Rivorecords, cuya sencilla premisa, como escribió algún crítico, es grabar standards con músicos excelentes y en condiciones técnicas óptimas. Las siete referencias lanzadas en 2012 rayan a gran altura.

Por meras cuestiones de gusto, este cronista se inclina por dos: Segment (Rivorecords RR-12), a nombre del pianista Francisco Lo Vuolo con la compañía de Cristian Bortoli en contrabajo y Eloy Michelini en batería, y Serenade In Blue (RR-11), de la también pianista Paula Shocron con Juan Manuel Bayón en contrabajo y nuevamente Michelini en batería. Más "boppero" el de Shocron, con reminiscencias de Al Haig y el último Lou Levy en su agilidad, más clásico el de Lo Vuolo, con un sentido del swing si se quiere más ortodoxo y aun así cierta heterodoxia a lo Elmo Hope (su extraordinaria versión de My Funny Valentine es un buen ejemplo de ello), ambos conjugan sentimiento, buen gusto y mesurada emotividad, como si llevaran en esto muchos más años de los que tienen. La propia Shocron firma también Warm Valley (RR-17), éste al alimón con Mariano Loiacono en fiscorno (que los argentinos se empeñan en llamar flugelhorn) y la compañía del ubicuo Michelini y Jerónimo Carmona en contrabajo. El resultado es un disco atemporal, con una Shocron más percusiva que en el disco anteriormente reseñado, más agresiva incluso, pero siempre soberbia (por ejemplo en Elvin, una composición que le pertenece y que sin duda debió de escribir imaginando que caminaba por la Calle Cincuenta y dos) y un Loiacono que extrae de su instrumento un sonido duro, rotundo, que huye de la morbidez que a menudo tienta a tantos fiscornistas pero sin perder melodiosidad. Gran disco, como no lo es menos Light Blue (RR-14), a nombre de  Ernesto Jodos, escoltado en esta ocasión por el solicitadísimo Jerónimo Carmona y Pepi Taveira. Entre las composiciones que el trío interpreta, destacan tres pertenecientes a otros tantos "raros" del piano como fueron Monk, Waldron y Herbie Nichols: Light Blue, Fire Waltz y Step Tempest respectivamente. En ellos, como en My Old Flame, Jodos prolonga las líneas melódicas o las interrumple para reflexionar sobre lo expresado, pero a partir de los elementos que la propia melodía ofrece. Magnífico disco en el que los matices, por si hace falta señalarlo, no abandona ni por un instante los coordenadas del jazz.

Pero Rivorecords no graba solamente a pianistas, sino que en 2012 nos obsequió también con sendos discos de tres saxofonistas de primer orden. Ellos son The Inch Worm (RR-13), doble a nombre de Carlos Lastra, que interpreta el tenor y el soprano y cuenta con el apoyo de Francisco Lo Vuolo, Cristian Bortoli y Sebastián Groshaus; Our Song (RR-16), de Gustavo Musso, que esta vez cambia el tenor por el alto y es secundado por Lo Vuolo, Carmona y Eloy Michelini, y Heart to Heart (RR-15), de Ricardo Cavalli con Guillermo Romero en piano, Carlos Álvarez y contrabajo, el citado Michelini en batería y nada menos que el maestro George Garzone. Si el primero es un sentido homenaje a Art Pepper con un Musso que se interna en la poética de éste hasta hacerla suya, en los otros dos sobrevuela en todo momento el espíritu de John Coltrane, más evidente en el caso de Lastra, con una voz más personal en el de Cavalli-Garzone, no sólo porque hay momentos en que Rollins hace acto de presencia, sino porque ambos poseen el nivel suficiente para emprender viajes lejos del abrevadero. Brillantes en cualquier caso.