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martes, 2 de diciembre de 2014

Jorge Fondebrider entrevista a Mauricio Dawid, vocero de KUAI MUSIC

Mauricio Dawid
Así como en su momento BAU Records y, más adelante, Rivorecords, el último año de jazz argentino parece haberse destacado por la presencia de KUAI MUSIC, un nuevo sello donde graban músicos muy jóvenes de todo el país y que se encuentra en plena actividad. Por eso, Jorge Fondebrider entrevistó a Mauricio Dawid, acaso la cabeza visible del proyecto.

“Un espacio desde donde difundir el esfuerzo”

¿Cuándo y por qué se armó KUAI como sello? 
–KUAI MUSIC surgió a principios de 2013 como consecuencia de dos proyectos previos. El primero fue la reunión de más de veinte músicos que tenían planeado grabar un disco y coordinarlo con la visita del ingeniero de grabación Luis Bacqué a Buenos Aires. Durante un mes, un estudio de grabación quedó a disposición exclusivamente nuestra y se grabaron todos los discos de un tirón. El segundo proyecto fue crear un sello discográfico para editar varios de esos discos que habían sido grabados a fines de 2012, pero en ese momento se nos hizo muy complicado ponernos de acuerdo y ese sello no llegó a nacer. Unos meses después le propuse a Fran Cossavella y a Damien Poots retomar la idea y comenzamos a desarrollar KUAI MUSIC.
El motivo por el cual creamos el sello es que deseamos documentar lo que consideramos un momento de ebullición en la escena del jazz. Nosotros somos parte de una nueva generación de músicos que proviene de distintas partes del país, y que hace ya unos años trabaja grupalmente en el desarrollo de una expresión musical creativa. Es por eso que nos pareció necesario darle un marco a todo ese trabajo que venimos realizando. A su vez, los músicos necesitamos contar siempre con una plataforma desde la cual difundir nuestra música, y en este caso somos nosotros mismos los que la hemos creado y sostenemos actualmente.

¿Quiénes son los responsables?
–Los primeros responsables del proyecto hemos sido Fran Cossavella, Damien Poots y yo. Actualmente ellos viven en París, y si bien hoy en día es sencillo mantener la comunicación y la dinámica de trabajo, les es difícil participar de ciertas cuestiones que necesitan ser tratadas desde aquí. Por eso hemos decidido contar con la ayuda de otros colegas que siempre estuvieron dispuestos a colaborar con el proyecto. El primero es Juan Bayon, quien, desde que supo de la formación de KUAI MUSIC, nos dijo que quería formar parte y editar su disco a través del sello. De hecho, la primera tanda de discos a editarse iba a estar conformada por nuestros cuatro álbumes, pero Juan ganó un premio por su disco Control y tuvo que posponer la edición para agosto de 2014.

¿Cómo se financian los discos?
–Durante este año editamos muchos discos que fueron grabados en 2013, es decir que mucha gente acudió a nosotros con una grabación terminada ya en la mano. De todos modos, nuestro proyecto inicial siempre fue que las grabaciones sean gestionadas por los propios músicos. Veremos si esa condición cambia para 2015. Nuestro objetivo principal es lograr que los músicos puedan grabar y difundir inmediatamente su música, agilizando todo el proceso de edición que siempre resulta tan tedioso para los independientes.

¿Cómo se decide qué discos van a sacar?
–Nosotros buscamos principalmente que los discos que editamos tengan un cierto sentido de homogeneidad entre sí. De alguna manera buscamos que cada artista que forma parte del sello tenga libertad a la hora de producir un disco: ésta va desde la música que escribe hasta el arte de tapa, el estudio donde decide grabar, la formación de la banda, etc. En ese aspecto vamos a contramano de varios sellos discográficos, pero eso no significa que nosotros no tengamos incidencia en las decisiones estéticas. Todos los discos que editamos pertenecen a músicos que no sólo admiramos, sino que también conocemos bien. Eso nos facilita mucho el trabajo de producción.

¿Por qué hay discos reales y otros virtuales, que solamente se bajan?
–Creemos que estamos atravesando un momento de transición en la industria discográfica, en el que el mercado de CDs ha decaído mucho, pero el hecho de pagar por una descarga o por streaming tampoco se ha instalado del todo aquí. Nosotros apostamos fuertemente a la difusión y la distribución de la música en formato digital, y dejamos que cada artista decida si quiere editar en CD su disco o no. Además, todo aquel que elija hacer una edición física de su material puede elegir los detalles de la edición (packaging, cantidad de réplicas), por eso es que los CDs pertenecientes a nuestro catálogo son distintos entre sí.

En líneas generales, casi todos los músicos que graban en KUAI son muy jóvenes y parecen tener referentes relativamente comunes. ¿Es así? ¿Podrías enumerarlos?
–Sí, de hecho la creación de KUAI MUSIC tiene su origen en el hecho de que vemos a una generación de músicos de jazz que viene trabajando con firmeza desde hace años y estaba haciendo falta un espacio desde donde difundir con mayor eficacia todo ese esfuerzo. Hay un vínculo muy cercano entre todos los artistas del sello, y la idea es que aquel que visite el sitio web pueda llegar a conocerlos a todos con rapidez. Queríamos reflejar a través del sello esa conexión musical y extra-musical que tenemos.
Los artistas que hasta ahora han editado su disco a través de KUAI MUSIC son: Santiago Leibson, Miguel Crozzoli, Damien Poots, Fran Cossavella, Mauricio Dawid, Juan Bayon, Francisco Slepoy, Paula Shocron, Tomás Fares, Carlos Quebrada, Juani Méndez, Matias Suarez, Ramiro Franceschin, Pablo Díaz y Bruno Delucchi. Muy pronto saldrá el nuevo disco de la cantante Jazmín Prodan, el del guitarrista Juan Pablo Hernández y el del contrabajista Leonel Cejas.

La mayoría la música está fundamentalmente compuesta por los líderes de los distintos proyectos. ¿Por qué se inclinaron por este tipo de material y dejaron afuera el material standard?
–La identidad del sello apareció sola: en el momento en que decidimos juntarnos con Fran y Damien para desarrollar el proyecto, nuestros discos eran de música propia y ninguno había grabado standards. Luego aparecieron los discos de Juan Bayon, Miguel Crozzoli, Francisco Slepoy, Santiago Leibson…y alguno que otro tenía una versión de Thelonious Monk, Ornette Coleman o Andrew Hill, pero ninguno había puesto el foco en los standards a la hora de armar el disco. No es que tengamos algo en contra de los standards, de hecho casi todos tenemos una actividad musical que gira en torno de ellos, pero justo nos topamos con que había muchísima música escrita que valía la pena editar y difundir.


domingo, 9 de febrero de 2014

Una nueva generación de talentosos músicos argentinos de jazz que recurre a otras formas de circulación de la música

Bayón, Leibson y Dawid
“Si la cantidad de lanzamientos digitales del género dan como para hablar de un fenómeno, lo que en verdad importa es la calidad. Hay que prestar atención a trabajos como los de Juan Manuel Bayón, Fran Cossavella, Mauricio Dawid y Santiago Leibson, entre muchos otros”, dice Diego Fischerman, en una nota de tapa de la sección Cultura y Espectáculos del diario Página 12 del 7 de febrero pasado.

 

La web como forma de que el jazz siga vital


Para Hemingway, “la dignidad del movimiento de un iceberg se debe a que sólo un octavo asoma fuera del agua”. Dejando de lado los aspectos valorativos, podría pensarse en los mismos términos con respecto a los movimientos de la cultura. Y si aparentemente de la nada aparece, por ejemplo, una nueva camada de músicos de jazz en una ciudad tan alejada de los centros como Buenos Aires, con un conjunto llamativo de ediciones discográficas de un nivel notable y, además, recurriendo a maneras de producción y circulación nuevas para el mercado, habría que pensar, necesariamente, que hay por lo menos siete octavos de la cuestión que, en principio, permanecen bajo la superficie.

Los primeros llamados de atención son, como siempre, dispersos. Un músico habla de algún otro. Ciertos nombres, al comienzo desconocidos, empiezan a ser escuchados con insistencia. Un maestro menciona a cierto alumno. Y, como si se empezara a bucear, lentamente, alrededor del iceberg, empieza a aparecer, en páginas de Internet que a su vez llevan a otras, en huecos de conversaciones que antes pasaban inadvertidas, un universo de referencias y un proceso de solidez contundente. El detonante puede ser, como sucedió en este caso, las encuestas publicadas en la red por el blog de la disquería Minton’s y por El Intruso. Allí, varios de los músicos consolidados de la escena del jazz local mencionaban discos nuevos, de músicos nuevos y, como si fuera poco, agregaban: “Pero creo que sólo se puede comprar para bajar”. O sea, discos que prescindían del disco. O, por lo menos, de ese objeto tal como había sido concebido por una industria que, salvo ocasionales acercamientos, más guiados por el espanto que por el amor, cada vez aparecía más esquiva a cualquier género musical que no fuera masivo.

Pero, por debajo de la línea de lo visible, hay fenómenos como la creación y continuidad de la carrera de jazz del Conservatorio Manuel de Falla –una línea que va de profesores a alumnos y que ya abarca varias generaciones–, un festival de jazz de Buenos Aires que ha encontrado un estilo y que funciona como referencia real para músicos y oyentes y, como paisaje de fondo, una posibilidad de actualización de la información inédita. “Sin YouTube hubiera sido imposible que fuera la cantidad de gente que fue a escuchar a Tim Berne y que supiera de qué se trataba”, dice el pianista Santiago Leibson, una de las más recientes revelaciones del jazz argentino, en relación con la actuación del saxofonista en el último Festival de Jazz pero, sobre todo, acerca de las maneras en que circula la información gracias a la red virtual.

Juan Manuel Bayón
“Creo que las dos cosas están conectadas”, dice el contrabajista Juan Manuel Bayón, uniendo la existencia de nuevas músicas y de nuevas formas de comercialización. Él es uno de los que ocupan un lugar transicional. De una generación distinta que los ya consagrados –Adrián Iaies, Ernesto Jodos, Enrique Norris, Carlos Lastra e incluso los más jóvenes Paula Shocrón, Mariano Loiácono o Francisco Lo Vuolo–, ha tocado con varios de ellos. Pero también aparece formando parte de algunas de las nuevas aventuras, como el excelente El límite de la conciencia, del baterista Fran Cossavella, donde también tocan el pianista Santiago Leibson y el saxofonista Juan Presas. Ese disco, junto a Amón, del trío de Leibson (con Maximiliano Kirszner en contrabajo y Nicolás Politzer en batería); Sonora, del contrabajista Mauricio Dawid (con Federico Lazzarini en trompeta, Misael Parola en saxo alto, Tomy Fares en piano y Cossavella en batería), y Se muta, del guitarrista Damien Poots (con Sergio Wagner en trompeta, Juani Méndez en saxo tenor, Dawid en contrabajo, Cossavella en batería y, como invitado en un tema, Fares en teclados), son los que el sello Kuai tiene ya en existencia (virtual). Dawid, uno de los creadores del emprendimiento, cuenta que están ajustando cuestiones que tienen que ver con la posibilidad de venta: hasta ahora el mecanismo era únicamente a través de PayPal, pero eso no permitía las compras con tarjetas de crédito argentinas, que con ese medio están interdictas para las operaciones locales. Y también menciona que el catálogo se ampliará de manera notable en los próximos meses, con una segunda tanda que incluye discos del saxofonista Miguel Crozzoli, el del guitarrista Francisco Slepoy, otro de Cossavella (esta vez con el grupo Kybalión, con Crozzoli y Leibson) y el del baterista Pablo Díaz, además de las nuevas producciones de Bayón y de Paula Shocrón.

Bayón remarca que más allá del proyecto cooperativo, y “de encontrar un marco colectivo para proyectos individuales”, se trata de una verdadera comunión de artistas, con objetivos comunes y con múltiples puntos de contacto, aunque naveguen por estéticas diversas. De hecho, todos ellos participan también del Colectivo de Compositores. “Somos 40 o 50 músicos, de entre 20 y 30 y pocos años, que estrenamos obras”, explica Bayón. Cada quince días se sortean dos autores, que componen para tocar a primera vista, sin ensayo previo, en un lugar llamado La Playita, en Roseti 122. “Se trata más de ensayos abiertos que de conciertos –dice el contrabajista–, pero eso nos permite un ejercicio y un intercambio que resultan riquísimos.”

Mauricio Dawid
En la charla que Bayón, Dawid y Leibson mantienen con Página/12 se habla, obviamente, de la industria discográfica. “Es un momento raro”, sintetiza el primero de ellos. “Por una parte, cada vez es más barato y más fácil grabar un disco; por otra, es cada vez más difícil venderlo.” Y es que, a pesar de todo lo que se dice, para los músicos el disco sigue teniendo un valor simbólico muy alto. Y, para los oyentes más dedicados, hay allí, también, algo irreemplazable. “Tenemos el deseo de grabar discos que se puedan hacer, que muestren lo que hacemos, y cuya venta cubra los gastos”, apunta Dawid. “Queremos, sobre todo, poder difundir lo que tocamos”, agrega Leibson. “Internet propone un infinito de sobreestimulación y hay que ver cómo se hace para poder asomar la cabeza en ese mundo”, reflexiona Bayón, quien enfatiza, además, que no se trata sólo de tener un sello, sino de que exista un portal virtual y que la música pueda, también, ser escuchada online. Dawid explica: “Para nosotros es fundamental que eso esté muy activo, que siempre se esté subiendo música nueva y que posibilite que se haga una red; que por un disco la gente llegue a otro”.

Para Bayón, “hay una puerta que abrió el Quinteto Urbano. Y también Escalandrum. Y, por supuesto, Jodos y Norris. Ellos mostraron caminos donde la composición se liga con proyectos creativos. Que la única posibilidad del jazz no era juntarse a tocar, eternamente, sobre los standards (los temas clásicos del género). Por supuesto que también lo hacemos. Y es parte de nuestro aprendizaje. Pero entendemos que la composición es algo vital, ya no sé si para el jazz, pero para nosotros seguro que sí.” Leibson, por su parte, señala algo que, escuchando los discos de estos músicos, resulta llamativo. “Me parece que muchos de nosotros estamos en una búsqueda similar. Los estilos son distintos, pero a todos nos preocupa integrar la escritura y la improvisación.” Si se mira el panorama de lo publicado –o puesto en circulación– últimamente, hay que contabilizar, también, aquello que los músicos editan de manera independiente –e individual–, como el excelente Rodrigo Agudelo y La Salamanca, donde este guitarrista y autor –también aquí el sesgo compositivo resulta relevante– toca con Fares alternándose en el teclado con Alan Zimmerman, Hernán Merlo en contrabajo, Pablo Moser en saxos tenor y soprano, Cossavella en batería y Leonel Cejas como contrabajista invitado en un tema. O El imperio de las luces, de Andrés Hayes (editado por Sofá Records). O No Fear, de Fernández 4 (Cirilo Fernández, Pipi Piazzolla, Mariano Sívori y Nicolás Sorín). Y, también, lo que ponen en circulación sellos casi unipersonales, como Rivorecords –que este año publicó el magnífico Hot House del noneto del trompetista Mariano Loiácono; Goodbye, de Adrián Iaies; See See Rider, de Paula Shocrón, y Backstage Sally, de Alan Zimmerman y Sergio Wagner–, o BlueArt, que lanzó dos producciones excelentes: Bondades, de Suárez, Socolsky, Heinrichsdorff y Dawidowicz, y Vuelos, del contrabajista Horacio Fumero en trío con Loiácono y el pianista Diego Schissi.

Parte de los siete octavos del iceberg que permanecen bajo la superficie tiene que ver con algunos músicos que, cada tanto, remueven el avispero tanto por su manera de tocar, o de formar grupos e integrar unos intérpretes con otros, como por la información (y la actualización de esa información que ponen en juego). Los boppers de los ’50 –los hermanos Barbieri, Lalo Schifrin, Horacio Malvicino–, por ejemplo, transformaron no sólo el universo de los nombres a tener en cuenta, sino lo que se escuchaba en Buenos Aires. Un guitarrista radicado desde hace años en España, Guillermo Bazzola, fue uno de los que, más recientemente, incorporó a la enciclopedia colectiva nombres propios, y maneras de entender la frase, la subdivisión rítmica y la armonía, que hoy ya son corrientes, pero que resultaban absolutamente nuevas hace veinte años. Jodos, que siendo muy joven tocó con él, continuó esa línea. Hoy, para el universo del jazz local, Andrew Hill o Paul Bley son casi una lengua franca. Y hay alumnos de Jodos (Shocrón, Lo Vuolo y, más cerca, Leibson), de Loiácono y de Norris, y discípulos de sus discípulos que ocupan –o comienzan a hacerlo– lugares centrales en la creación actual.

Cuando se habla de la vitalidad de un género o de su merma, suele confundirse la creación con el consumo. Y es que, aun cuando en última instancia se conecten y estimulen mutuamente, no es lo mismo que una ciudad produzca su propia música o que no lo haga. Bayón, Dawid y Leibson coinciden en ponerse al margen de cualquier búsqueda impostada de localismos musicales. Y, sin embargo, quizá simplemente porque tocan unos con otros y porque comparten una cierta enciclopedia –o porque, aunque no quieran mimetizarse con ello, hay un cierto aire que todos respiran–, su música suena distinta de la que se hace en Manhattan, París o Chicago. Hay algo allí –como lo había en el Gato Barbieri, que era rosarino y viviría en Europa y en los Estados Unidos– indefiniblemente porteño. Ya la cantidad de lo que se publica de manera independiente, por sí sola, alcanzaría para hablar de un fenómeno. Pero lo realmente importante no es eso sino la calidad. Todos los discos mencionados, se los compre o no, pueden ser escuchados online. Vale la pena hacerlo.