viernes, 8 de marzo de 2013

Shelly Manne por Jonio González


Fiel a su estilo y a sus pasiones, Jonio González la emprende hoy con Shelly Manne, uno de sus músicos favoritos. Nosotros, agradecidos.


Shelly Manne
The Navy Swings!
Shelly Manne (bat), Richie Kamuca (st), Conte Candoli (tp), Russ Freeman (p), Chuck Berghoffer (b), Frank Strozier (sa), Mike Wolfford (p), Monty Budwig (b), John Gross (st), Gary Barone (tp), Juney Booth (b)

United Recorders, Hollywood, 1961, 1965, 1967 y 1970
Studio West 109 CD





Los hombres de la radio

Durante la Segunda Guerra Mundial la Armada de Estados Unidos (así como las Fuerzas Aéreas y el Ejército)  impulsó diversos programas radiales, tanto dramáticos o humorísticos como musicales, con la intención de levantar la moral a la tropa, proveerla de entretenimiento, convencer a quienes no se habían reclutado de que lo hicieran y demás acciones de propaganda patriótica.

El principal programa musical durante ese periodo fue Your Navy Show, por el que pasaron, entre otros, Tommy Dorsey, Harry James y George Shearing. En los sesenta se lanzó, con similares propósitos, The Navy Swings, dedicado principalmente al jazz. En él intervendrían músicos tan diversos como Dave Brubeck, Vince Guaraldi, Jeri Southern con Charlie Barnet, Joanie Sommers, Wes Montgomery, Red Nichols, Don Cherry o Herb Ellis, pero ninguno  tantas veces como Shelly Manne, quien con sus Men grabó, con la producción de Vil Vohler, de Programs Inc., 23 registros en un total de nueve sesiones que tuvieron lugar entre 1961 y 1970. La fecha exacta de las grabaciones, así como de su emisión, se desconoce por el momento, según Scott Yanow, autor del cuadernillo informativo, y en efecto ni siquiera figuran en las discografías de los músicos implicados que el autor de esta reseña ha consultado. No obstante, sí ha conseguido saber que The Navy Swings se emitía cinco días a la semana y que su duración era de veinte minutos, lo que exigía de los músicos una máxima concentración creativa, tema sobre el que ya volveremos.

Conte Candoli
Lo cierto es que en entre 1961 y 1965 Manne y sus hombres del momento entran en los estudios Universal Recorders para registrar 16 temas. En el 61 el baterista neoyorquino acababa de llegar de su gira por Europa con el JATP de Norman Granz (que acabó convenciéndolo a fuerza de dólares) y de reabrir en Hollywood su Hole, donde en marzo de ese año grabaría en directo con sus Men los extraordinarios registros que el aficionado tiene en mente. Conte Candoli acababa de reemplazar a Joe Gordon (que ese mismo año registraría su tercer disco a su nombre, Lookin' Good, reeditado en 2006 por Verve en su serie Originals) y la escena jazzística  angelina seguía siendo un hervidero. Ignoramos hasta qué punto el jazz podía constituir un aliciente para que quien no sabía qué hacer con su vida se uniera a los ejércitos de la Unión, pero en cualquier caso la música de Manne (ese hard bop de la Costa Oeste bautizado pretenciosamente como West Coast Style) obligaba, como mínimo, a pensárselo. Y eso que nuestros hombres apenas si disponían de tiempo para exponer sus argumentos. En efecto, si lo mejor de Shelly Manne and his Men hasta la fecha, y probablemente a lo largo de su historia, había que buscarlo en las grabaciones en directo, donde los temas solían durar más de diez minutos y acercarse en ocasiones a los veinte, el formato radiofónico los obligaba a no superar los tres minutos, como si volvieran, tras la revolución que supuso para la evolución del jazz la invención del elepé, a los viejos discos de pasta. Ello suponía que una de las grandes bazas del grupo, la improvisación extendida (en la que Candoli y, sobre todo, el gran Kamuca eran maestros consumados), tuviera que readaptarse intentando no perder la esencia de su poética. No obstante ello, nuestros hombres se conocían ya lo suficiente para sonar perfectamente conjuntados. Candoli, todavía bajo el fuerte influjo de Davis, quizá suene algo lánguido, pero Kamuca es un portento de músculo e ideas inesperadas; Freeman un maestro del refinamiento y las "líneas melódicas mercuriales", como escribió el crítico Thomas Cunniffe; Berghofer un contrabajista clásico pero extraordinariamente sólido (como siempre a lo largo de su algo oscura carrera) y Manne el apoyo rítmico perfecto y con un sentido de la medida inigualable. Lo mejor de las 14 composiciones que interpreta esta formación tal vez se encuentre en las más dinámicas, como "Love For Sale", "Green Dolphin Stree"t, "A Gem From Tiffany", tema insignia del grupo en las presentaciones en el Black Hawk, y, especialmente,  "The King Swings", debido a la pluma de John (por entonces Johnny) Williams, futuro padre musical de Star Wars y E.T., y que ese mismo año registrarían en Checkmate (Williams ya había colaborado con Manne en los arreglos de My Fair Lady y volvería a hacerlo en That's Gershwin).

A finales de 1965 los Men habían sufrido importantes cambios, como la entrada de Wofford por Freeman, el regreso de Budwig y el reemplazo de Strozier por Kamuca, quizá la más importante. Si Manne ya había coqueteado con cierto vanguardismo (v.g. en A Quiet Gass), las intervenciones de Strozier (único saxo alto en una formación de los Men y suerte de puente entre el bop y ciertas innovaciones experimentales, como ha señalado Christian Béthune), restan en alguna medida robustez al grupo pero lo dotan de un nuevo lirismo, más cool y ligero si se quiere, de un melodismo más cristalino, cuyo ejemplo más exacto es una versión de "March of the Siamese Children" (que Strozier ya había grabado en 1962 en su álbum homónimo para Jazzland) impensable con los mimbres anteriores. Cabe señalar también que Candoli comienza a encontrar (o reencontrar) su sonido, tanto con la sordina (inconfundible) como al ejecutar esos agudos tan controlados que sus problemas de dentadura lo obligarían a dosificar tiempo después. De esta formación sólo se incluyen cinco composiciones emitidas entre 1965 y 1967. En las últimas cuatro, registradas en 1970,  el grupo recupera hasta cierto punto la energía que siempre lo caracterizó y un sonido más acusadamente hard bop. Gross no es Kamuca, pero también tocó con Herman, con Kenton, con Holman, con los Lighthouse All Stars de Howard Rumsey, y se le nota. Sabe ser enérgico y también introspectivo, atacar cuando hay que hacerlo e interactuar cuando corresponde. A esto contribuye un Gary Barone que suena como un clon del mejor Candoli, con preciosos efectos a media válvula ("Here's That Rainy Day").

En suma, un disco que va mucho más allá de la rareza al uso, altamente recomendable no sólo para quienes desean completar la discografía del inmortal Shelly Manne, sino para aquellos quieran comprobar lo que son capaces de hacer, en apenas tres o cuatro minutos, unos músicos que tienen las ideas claras y saben cómo expresarlas de manera directa y eficaz, sin perder un ápice de swing y sentimiento.

lunes, 4 de marzo de 2013

El turrón de Guillermo y dos disquerías de Barcelona

Como todo el mundo sabe, este blog permaneció cerrado durante varios meses (desde septiembre de 2012 hasta febrero de 2013, para mayor exactitud), lo que en muchos provocó algo así como un ciertosindrome de abstinencia. A tal punto que varios de sus usuarios, hombres hechos y derechos, insospechados de cualquier sentimiento femenil, se lamentaron golpeándose la cabeza con varias cajas de Mosaic juntas. Tampoco faltaron los reclamos destemplados, los gemidos, los sollozos y suspiros.

Mientras todo esto ocurría, a Guillermo Hernández le dieron ganas de comer turrón y, según parece, alguien le había dicho que en Barcelona vendían el de Planelles (http://www.planellesdonat.com/), el mejor turrón del mundo. Entonces, después de decirle a algún nuevo cliente distraído que él no vendía discos de Herbie Hancock o de echar a los gritos a otro que le pidió no se sabe qué disco de Michael Brecker, sacó del bolsillo uno de esos fajos de billetes que colecciona desde su época de verdulero y le dijo a Jorge Fondebrider: "Tomá pibe, andate a Barcelona y traeme dos paquetes de turrón. Mirá que sea gijona, eh". Corría el mes de octubre de 2012.

Al cabo de una serie de gestiones, el mandadero llegó a la ciudad condal, donde lo esperaba Jonio González, corresponsal de Minton's en Catalunya, y ambos amigos cumplieron la diligencia que satisfaría la gula de Hernández. Pero ya que estaban ahí aprovecharon para ver discos.

Siempre guiado por González, Fondebrider llegó a Blue Sounds, una muy coqueta disquería, ubicada en Carrer Benet Mateu, 26, en el Distrito Sarrià-Sant Gervasi, del barrio Sarrià. Atiende de 10 a 13.30 y de 17 a 20.30. Se llega con el metro de la L3, bajando en la estación María Cristina, o con el bus de la línea 34. Vale la pena comprobar que esté abierta porque no está lo que se dice al paso. Para hacerlo, se puede llamar al  (34) 932 80 60 28.

González y Fondebrider en Blue Sounds
Blue Sounds está atendida por Esteban, quien, apenas oyó el acento argentino preguntó: "¿Os manda Guillermo?". Ante la respuesta afirmativa empezó a mostrar discos y estos empezaron a acumularse en pilas. "¿Los queréis con las cajas o los preparo como me pide Guillermo?", preguntó Esteban. Se le respondió que con las cajas. "Este tío Guillermo es todo un personaje", dijo Esteban.González y Fondebrider se miraron, pero como no sabían si era o no un doble agente, no hicieron comentario alguno, aunque sí pensaron unas cuantas cosas.

Resuelta la compra –lo que llevó un buen par de horas–, hubo tiempo para charlar un poco más y enterarnos de la reputación de Hernández allende los mares. "¿Y cómo es Minton's?", preguntó Esteban. González y Fondebrider respondieron que estaba claramente menos ordenada que Blue Sounds y que los criterios clasificatorios no eran tan nítidos. Con todo, Esteban suspiró: "Es que me hace tanta ilusión conocer ese lugar. De veras me apetece".Nuevamente González y Fondebrider se miraron.

Esa noche, en casa de González, quien recibió de Guillermo la orden de alojar a Fondebrider, hubo un recuento de discos: éste sólo había podido comprar unos 34. No era una cifra digna como para presentarse ante Guillermo y decirle "mirá lo que conseguí". Por lo tanto, el experimentado González propuso visitar al día siguiente Jazz Messengers, a apenas dos cuadras de su casa.



Jazz Messengers queda en Còrsega 202. Se trata de un lugar relativamente céntrico y, por lo tanto, de muy fácil acceso. Su sitio de Internet es http://www.jazzmessengers.com/. Ahí se puede recabar toda la información sobre días de apertura, horarios y teléfono.




La disquería queda al lado de un gran depósito de discos y ambas puertas están conectadas. Se accede a Jazz Messengers descendiendo unos pocos escalones. Una vez adentro se parece al paraíso o, al menos, a una de sus posibles formas.

Y algo muy importante. A no engañarse: no son los mismos discos que uno consigue en Blue Sounds. Además, a diferencia de la primera, en ésta hay ofertas. La clasificación también es otra. Y la atención, también, aunque igualmente amable.


Pero como suele ocurrir, hete aquí que Fondebrider oyó el ultrasonido del llamador de patos de Guillermo y esa misma noche se comunicó con el talibán de Merlo. "¿Y, viejo?", preguntó Guillermo. "¿Para cuándo mi turrón?". Con dos cajas de discos (los CleanFeed abultan poco), Fondebrider se despidió de González y, no sin cierta melancolía, emprendió el regreso.  Promediaba octubre y ésta era otra historia más de la ciudad desnuda.

jueves, 28 de febrero de 2013

Un género todavía vivo


Es evidente que, más allá de las infinitas reediciones y de los reordenamientos de los lenguajes producidos en el pasado, algo está sucediendo en el ámbito del jazz que permite alentar la esperanza de una nueva vida. De eso trata la nota que el pasado 22 de febrero, Diego Fischerman publicó  en el diario Página 12

Un lenguaje que dice cosas nuevas

Que siga leyéndose La Eneida –y que se la siga valorando– nada tiene que ver con  la inocultable muerte del latín. Podría decirse que la salud de una lengua no se mide por su consumo sino por su capacidad de ser productiva. Por eso, si de evaluar al jazz actual se trata, no importa tanto cuánto se lo escuche sino si es capaz o no de seguir generando nuevas estéticas. Y, sobre todo, si no se detecta allí el primer signo de muerte: que los jóvenes hayan dejado de hablar la lengua de sus mayores. Sonny Rollins, de 82 años, y Ornette Coleman, que el próximo 9 de marzo cumplirá los 83, son las grandes leyendas aún vivas, en un género que no se caracteriza por la longevidad de sus patriarcas. Pero los últimos grandes renovadores reconocidos, los nuevos de fines de la década de 1960, no están demasiado lejos: Chick Corea tiene 71, igual que John McLauglin, Charles Lloyd tiene 74, Henry Threadgill 69 y Keith Jarrett, el más joven de esa camada, 67.

Luis Lopes
Si Buenos Aires fuera un buen parámetro para calibrar la vitalidad del jazz, el pronóstico no podría ser más optimista. Son varios los músicos de alrededor de cuarenta años o menos que aportan miradas profundas y que muestran un manejo instrumental de primer nivel. Entre otros, los pianistas Ernesto Jodos, Adrián Iaies, Paula Shocrón y Francisco Lovuolo, muestran que hay vida en ese mundo. Y, sobre todo, que no se trata de la artificialidad de una reserva natural, donde los máximos cuidados están destinados a cuidar que no se pierda lo que ya existe. Aquí hay ni más ni menos que vida nueva. Y este lugar, desde ya, no es el único. El hecho de que el jazz se haya convertido en una suerte de lengua franca de los músicos populares ilustrados, y de que que el rock haya, en gran medida, renunciado a sus principios más  osados desde el punto de vista del lenguaje, ha creado un caldo sumamente propicio para la experimentación en este género, y además con un nivel técnico altísimo. Algunos sellos como el portugués Clean Feed dan buena cuenta de este movimiento, con nombres como los del guitarrista lisbonés Luis Lopes, la cantante Sara Serpa (que acaba de publicar Aurora, un muy buen disco con el veterano Ran Blake en piano), y algunos de los músicos estadounidenses más interesantes del momento, como el saxofonista Tony Malaby.

Kris Davis
En ese catálogo aparecen además dos mujeres pianistas que, junto a los ya experimentados Matthew Shipp, Craig Taborn y Jason Moran, aportan a su instrumento mucho de lo mejor sucedido después de Jarrett. Una, Angélica Sánchez, oriunda de Arizona y formada en Nueva York, graba habitualmente en quinteto, junto a Marc Ducret, Tom Rainey, Malaby y Drew Gress, y con ese grupo publicó Wires & Moss.  A solas, también llamó la atención con A Little House, donde agrega como instrumento, con singular efecto, un piano de juguete. La otra es Kris Davis, canadiense y también de formación neoyorquina, que deslumbra como solista (en el excelente Aeriol Piano), en el papel de  arregladora (en el disco Novela, de Malaby) y como integrante del notable trío Paradoxical Frog, junto a la saxofonista Ingrid Laubrock y Tayshawn Soreyy en batería (la última producción del grupo es Union. Y si hay un rasgo de familia que los une, más allá de que en efecto compartieron estudios y suelen tocar juntos, es la asunción como tradición de las vertientes más vanguardistas del jazz de fines de la década de 1960, la época en que nacieron, al fin y al cabo. La atonalidad, la prescindencia de una secuencia de acordes repetida y la ruptura de los pies rítmicos regulares del free jazz, para ellos, más que un credo, sencillamente una parte de la enciclopedia con la que cuentan.

El Claudia Quintet (sostenido, John Holllenbeck)
Algunos de estos músicos, como Ducret, han llegado a Buenos Aires, para participar del festival de jazz que Iaies programa con tino. También ha estado allí el baterista y compositor John Hollenbeck, integrante de uno de los grupos más originales de la escena, el Claudia Quintet. Y hace unos años llegó, como parte del quinteto de Dave Holland, Jason Moran, que acaba de publicar Hagar’s Song (ECM), en dúo con Charles Lloyd, el saxofonista que hace más de cuarenta años descubrió a Jarrett. Taborn, que el año anterior sorprendió con un disco notable de piano solo –Avenging Angel, ECM–, acaba de grabar junto a otro integrante de aquel grupo, el saxofonista Chris Potter (The Sirens, también en ECM) y allí aparece tocando piano preparado otra de las figuras a tener en cuenta, el muy joven cubano David Virelles, quien también toca el piano en el último disco del trompetista polaco Tomasz Stanko (Wislawa, ECM).. Por supuesto, los hoy maduros músicos de la generación intermedia siguen produciendo muy buenos discos, como Ode, del trío de Brad Mehldau, o Unity Band, de Pat Metheny (ambos para Nonesuch). Y Branford Marsalis como saxofonista soprano, Maria Schneider como compositora, Bill Frisell como guitarrista y europeos como Rolf y Joachim Kuhn, Enrico Rava, Daniel Humair o Louis Sclavis, siguen ociupando lugares centrales. Pero conviene tomar nota de los nuevos que, además, arrasaron con los reconocimientos en las encuestas entre críticos de las revistas especializadas Jazztimes y DownBeat, de los Estados Unidos, y Jazz Magazine/Jazzman, de Francia. Allí las grandes estrellas fueron el pianista Vijay Iyer (que se impuso a Jarrett como instrumentista y cuyo disco Accelerando (Act), en trío con su grupo habitual, Marcus Gilmore y Stephan Crump, fue elegido como el mejor de manera casi unánime), los saxofonistas Rudresh Mahanthappa y Miguel Zenón, el trompetista Ambrose Akinmusire y el pianista cercano al soul Robert Glasper. Esos son quienes, lejos de repetir las palabras de sus padres, manejan con fluidez el lenguaje y, todavía, le hacen decir cosas nuevas.

martes, 26 de febrero de 2013

Lo mejor del 2012

Como todos los años, Cuadernos de Jazz publicó una encuesta en la que consultó a sus colaboradores por los que, en opinión de estos, fueron los mejores discos del año que pasó. Jonio González fue uno de los que opinaron. Aquí sus reflexiones, precedidas por los discos que eligió.

El año de la marmota



The Chris Anderson Trio Inverted Image + My Romance (Fresh Sound)

The Jazz Lab The Complete Jazz Lab Sessions (Jazz Dynamics)

Mal Waldron The Complete Remastered Recordings on Black Saint and Soul Note

Charlie Haden & Hank Jones Come Sunday (EmArcy Universal)

Franco D'Andrea Traditions and Clusters (El Gallo Rojo)




Este cronista podría haber completado los cinco primeros puestos de la encuesta de 2012 con otras tantas reediciones. De hecho, no pudo evitar cierta melancolía al dejar fuera The Straight Horn of Steve Lacy (Solar), sobre todo porque incluye, como bonus album, nada menos que Reflections, una de las obras cumbres de Lacy. O Good Pickins, de Howard Roberts (Verve). O The Complete Recordings 1945-1960 de Miles Davis (Membran). O The Jazz Workshop Concerts 1964-1965, puro Mingus en envase de Mosaic. O cualquiera de los seis Blue Note recuperados por enésima vez, con Out to Lunch, Maiden Voyage y Speak no Evil arbitrariamente a la cabeza.

Pero como le han asegurado (enfáticamente incluso) que el jazz no se ha convertido en pieza de museo, hubo de hurgar entre las novedades escuchadas. Lamentó verse obligado a desechar Be Still (Greenleaf Music), la última obra del siempre interesante Dave Douglas, que como suele ocurrir cuando se pisan el tan exigente como peligroso terreno del folklore irlandés, persiguiendo hadas encontró banshees. Algo similar le ocurrió a Robert Glasper, que si en 2011 nos ofreció el estimable Double Booked, este año pareció decidido a ofender nuestra inteligencia con Black Radio (Blue Note). Pero también hubo que descartar entre lo aceptable y aun apreciable, como Four MF's Playin' Tunes (Marsalis Music), de Branford Marsalis con un cada vez más maduro Joey Calderazzo; Small Places (ECM), de Michael Formaneck; Permutations (CamJazz), de Enrico Pieranunzi; We Don't Live Here Anymore (CamJazz), de Giovanni Guidi; Another Way (World Culture Music), un paso adelante de Mike Moreno en compañía de Aaron Parks entre otros; Where Do You Start (Nonesuch), pausa reflexiva de Brad Mehldau tras Ode; The Monk Project (IPO) de Jimmy Owens, un homenaje a Monk pero también a Ellington; Alive at the Vanguard (Palmetto), de Fred Hersch, quizá el mejor disco en directo del año, o cualquiera de las referencias editadas por Rivorecords, en especial Segment, de Francisco LoVuolo, y Serenade in Blue, de Paula Shocron.

Para que no se le tache de irónico, ni siquiera consideró la posiblidad de incluir los últimos y soberbios trabajos de Donald Fagen y Neil Young con Crazy Horse, ya que da por supuesto que CdJ todavía es una revista de jazz. En cuanto a los títulos elegidos, sólo señalará que Come Sunday es prácticamente una continuación de Steal Away y el último disco grabado por Hank Jones, que moriría tres meses después, y que la de Chris Anderson tal vez sea la más importante resurrección del año. Lo demás, tendrá que descubrirlo el propio oyente.

Y ya que hablábamos de Garzone

George Garzone,  uno de los más importantes referentes del saxo y la improvisación a nivel mundial, vuelve a la Argentina para realizar una gira durante marzo que incluye presentaciones con los músicos locales Ricardo Cavalli y Mariano Loiacono, y clínicas. Además, estará participando en las grabaciones de los nuevos trabajos discográficos de Andrés Hayes y Carlos Michelini, y brindando clases particulares.


Jueves 14 de marzo
Jueves 14 de marzo 
Show y clínica en el XVI Festival de Jazz de Santa Fe.

Viernes 15 y Sábado 16 de marzo – 21.30 hs.
George Garzone y Ricardo Cavalli estrenan material de su próximo disco, “Suite Italo-Americana”, compuesta por Guillermo Romero y Cavalli, y repasan material del álbum “Heart to heart”, editado por Rivorecords.George Gazone y Ricardo Cavalli (saxos), Guillermo Romero (piano), Carlos Álvarez (contrabajo) y Eloy Michelini (batería)
Thelonious Club – Salguero 1884  1° - CABA – Entrada $ 90

Domingo 17 de marzo – 21.30 hs.
George Garzone se presenta junto al trompetista Mariano Loiacono en un encuentro único en el marco de la gira. George Gazone (saxo), Mariano Loiacono (trompeta), Alan Zimmerman (piano), Jerónimo Carmona (contrabajo) y Pepi Taveira (batería)
Thelonious Club – Salguero1884  1° - CABA – Entrada $ 90 pesos

Viernes 22 de marzo
Clínica de Ensamble por George Garzone
Tamaba - Alsina 1994 – CABA – Tel: 4952-9803

Bio George Garzone en http://www.georgegarzone.com/



jueves, 21 de febrero de 2013

SteepleChase en Minton's



Fundado en Copenhagen en 1972 por Nils Winther, SteepleChase Records (algo así como "Discos Carrera de Obstáculos", lo que explica muy bien qué es ser parte de la industria discográfica) tiene una increíble trayectoria de cuatro décadas. 











A lo largo de todos estos años, su catálogo se ha formado con registros de artistas tales como Chet Baker, Paul Bley, Harold Danko, Kenny Drew, Stan Getz, Dexter Gordon, Tom Harrell, Andrew Hill, Shirley Horn, Thad Jones, Duke Jordan, Jackie McLean, Teté Montoliu, Horace Parlan, Niels-Henning Orsted Pedersen, Jimmy Raney, Archie Shepp, Kenny Werner y muchos otros (su página web y su catálogo completo puede ser consultado en http://www.steeplechase.dk/).

Infrecuentes en los últimos años en las disquerías porteñas, Minton's acaba de recibir un gran pedido directamente de Dinamarca, por lo que se aconseja pasar a curiosear por su local.




miércoles, 20 de febrero de 2013

Una conversación con George Garzone

La siguiente entrevista entre George Garzone y Jorge Fondebrider iba a ser publicada en la revista Ñ, pero por cuestiones que hacen al mal funcionamiento de los medios, quedó inédita. La recupera ahora el blog de Minton's.

Después de las lentejas

El nombre de George Garzone es referencia obligada para los conocedores ya que se trata de uno de los mejores tenores en actividad en el mundo entero y acaso, con John Purcell, el que, mejor conoce el legado de John Coltrane, lo que, convengamos, no es poco. Como si esto fuera poco, Garzone es uno de los más destacados maestros formadores de músicos. Tanto en el Berklee College of Music, como en el New England Cosnervatory, en la Long School of Music, en la New York University o en la New School for Jazz and Contemporary Music, tuvo como alumnos a los saxofonistas Joshua Redman, Branford Marsalis, Donny McCaslin y Mark Turner, entre una lista formidable de músicos que, y acá la cosa empieza a ser más clara, incluye a Ricardo Cavalli. Por eso, cuando en octubre del año pasado viajó a la provincia de San Luis –para tocar en un insospechado festival de jazz local, junto con el trompetista Wallace Roney, el pianista Cyrus Chestnut, el contrabajista Rufus Reid y el baterista Antonio Hart–, resultó de lo más normal el encuentro con su ex-alumno. Con él y su cuarteto se volvió a presentar en Buenos Aires en marzo de este año –que es el momento en que también aprovechó para grabar Heart To Heart–, y ese segundo viaje permite develar del todo el misterio: en su primer periplo a nuestro país, Garzone conoció a una argentina de la que se enamoró, razón que también explica un tercer viaje y una nueva presentación porteña que, insospechadamente, lo termina de integrar a la escena local. Tanto es así que, luego de ponderar las virtudes de un plato de lentejas ingerido de pie durante la comida mensual que organiza la disquería Minton’s, en la galería Apolo de la calle Corrientes, un muy simpático Garzone –que, en varias ocasiones, para entenderse con los otros comensales apeló a sus antepasados calabreses– aceptó conversar este cronista, quien quiso entonces  saber cómo era para un músico de jazz estadounidense tocar con sus pares argentinos.

–Muy fácil, porque el idioma del jazz es ahora más universal que antes. Están las escuelas, a las que acuden músicos de todo el planeta. Luego, la información ahora viaja a velocidades impensadas treinta años atrás. Finalmente, uno viaja por el mundo y, además de los conciertos, están las clínicas. Todo eso ha hecho que se achicaran las distancias en todo sentido.

–Ricardo Cavalli, justamente, fue alumno suyo.
–Sí, pero, de hecho no recordaba que así hubiera sido hasta que lo vi. Y después, cuando toqué con él y los muchachos fue todo muy fácil.

–¿Cómo fue que decidió alternar la actuación con la enseñanza?
–Durante muchos años me la pasé tocando de un lado para otro. Estuve en la orquesta que acompañaba a Tom Jones. Con él, anduve por el mundo entero. También me tocó acompañar a personajes como Frank Sinatra, Elvis Presley, Aretha Franklin o The Temptations. Llegó entonces un momento en que quería tener una familia y una casa, y la enseñanza me dio esa oportunidad.

–El hecho de que en la actualidad, por los motivos que antes mencionó, se haya universalizado el lenguaje, ¿afecta las variantes y los desarrollos locales?
–No me parece. Un músico estadounidense, francés, italiano o argentino responde a cierta tradición general, que es la propia del lenguaje, pero hay variantes que podríamos considerar “dialectales” y que se relacionan con la historia de cada lugar.

–Enrico Rava y Paolo Fresu, por ejemplo, dicen que el jazz italiano es más lírico que el francés, que tiende a lo conceptual…
–Es posible, pero habría que pensar también en términos de cada época en particular. Incluso habría que ver músico por músico. No sé si se puede generalizar así.

–En su caso particular, es evidente que usted proviene de una tradición originada a partir de John Coltrane.
–Todos los saxofonistas de mi generación, desde Michael Brecker a Joe Lovano, pasando por Dave Liebman o quien usted quiera nombrar, vienen de Coltrane. Ahí está casi todo.

–¿Y Sonny Rollins?
–Sonny Rollins le diría lo mismo que yo.