viernes, 23 de diciembre de 2011

El señor de los discos

La siguiente entrevista con Eduardo Dulitzky fue realizada por Jorge Fondebrider y publicada en la revista Ñ el 9 de diciembre de 2006. En ella, el que hasta entonces estaba a cargo del jazz y de la música clásica en la empresa que se llamaba  Sony BMG, comentaba de dónde venía y cuáles eran los gajes y problemas de su oficio. Hoy, a causa de la curiosa lógica que rige en los negocios, Dulitzky ya no pertenece a la empresa. Nadie ocupa su lugar y, a pesar de la riqueza de los sellos que forman parte de sus catálogos Sony de Argentina, ha dejado prácticamente de editar discos de ambos géneros.   



Una conversación con Eduardo Dulitzky

Aunque no parezca un dato relevante, siempre hay alguien que determina qué música escuchamos. En el caso de la música clásica y el jazz, bastaría con recorrer las bateas de las disquerías para comprender la importancia de la labor que Eduardo Dulitzky ha cumplido en los últimos veinte años.

Distinguiéndose por su curiosidad, buen gusto y cultura de muchos de sus colegas, desde hace ya muchos años, Eduardo Dulitzky tiene el raro privilegio de ser una de las personas que decide la música que los amantes argentinos de la música clásica y el jazz van a escuchar en ediciones locales, más baratas que las importadas, aunque –en razón de sus muchos desvelos– no menos cuidadas que las originales. Luego de pasar por varias compañías –actualmente está en Sony BMG–, es, probablemente, la persona que ha resultado más determinante para la supervivencia en el mercado local del disco de calidad. Sobre su escritorio se amontonan pilas de CDs que matizan la charla, sirviendo como excusa para despertar el súbito entusiasmo de Dulitzky cuando habla, por ejemplo, de la edición local de un disco de Miles Davis o de la reedición de dos volúmenes inhallables de Sergio Mihanovich. Y está claro que su interés por la música va más allá del mero negocio del disco, al que llegó casualmente por el diario. "Lo curioso –dice Dulitzky– es que, hasta ese momento, mi experiencia la había hecho como librero. Había estado en el Buen Libro, en la vieja Librería Atlántida, en la librería Santa Fe y, a comienzos de los años ochenta, fui dueño de mi propia librería en Olivos. Pero, en 1986, el propietario del local que alquilaba me planteó un alquiler desproporcionado, que no podía pagar, y tuve que buscarme otra cosa. Encontré un aviso en el diario, por el cual, una compañía discográfica multinacional pedía un prod manager para música clásica. Aclaro acá que, desde chico siempre me había gustado la música, que asistía a conciertos, que. tomaba clases de cello... En fin, lo usual y, aunque no sabía exactamente qué era eso que pedían, traté de imaginármelo y mandé una carta. Después hubo alguna prueba de inglés y una serie de exámenes de esos que hacen los psicólogos que trabajan para las grandes empresas, y, de pronto, ya estaba en el negocio del disco".

–¿Con qué se encontró en esos primeros tiempos?
–Con la posibilidad de poner en el mercado aquello que el mercado no tenía. En el momento que empecé a trabajar, todavía existía el long play. Y si bien estaba desapareciendo, en el departamento de música clásica se lo sostenía por un problema de calidad de audio y por el cuidado que tomábamos para mantener la presentación de origen en las ediciones locales. Eso duró relativamente poco –digamos que unos cincuenta discos–, porque casi de inmediato se privilegió el cassette. Ahí empezaron las novedades, ya que, hasta ese momento, eran relativamente raras en la Argentina las ediciones de obras que precisaran más de un cassette, como ocurre con las óperas y con ciertas piezas de más largo aliento. Uno de mis principales problemas fue entonces resolver la presentación, lo que hice: armé el librito, traduje los textos, busqué la mejor presentación posible y me di entonces el gusto publicar en tres cassettes La Pasión según San Mateo, de Bach, en la versión de Peter Schreier, que en ese momento me parecía maravillosa... Después vinieron Turandot, en la versión de Zubin Metha y El francotirador, de Carl Maria von Weber, en la versión de Kleiber...

–¿Empezó ocupándose solamente de la música clásica o la denominación abarcaba también el jazz?
–No, el jazz vino después. En algún momento las compañías empezaron a integrar los departamentos de música clásica y de jazz, probablemente porque ambas músicas estaban destinadas a públicos similares, distintos del público del pop. En los países centrales, con mercados más amplios que el nuestro, esa integración existe, pero, dado el volumen de trabajo, tanto el sector del jazz como el de la música clásica tienen sus propios responsables, que dependen de una única cabeza a cargo de los dos.

–Así planteadas las cosas, ¿su trabajo en el contexto de una discográfica multinacional consiste en elegir entre todo lo que la casa matriz le propone, atendiendo a lo que usted imagina como las necesidades del mercado local?
–Fundamentalmente, sí. Mi trabajo específico es la edición local de discos que se generan en los centros de repertorio, que están afuera. La compañía me ofrece todo lo que tiene, en la medida que tenga derechos para este territorio en particular, problema contractual de origen que existe en todo el mundo.

–¿Cuáles son los límites que plantea un mercado tan reducido como el nuestro?
–Como en cualquier otro caso, la rentabilidad. Y eso, entre otras cosas, determina las tiradas. Tanto la música clásica como el jazz no pueden competir en ventas con otras músicas. Las ventas, en todo caso, no son inmediatas, sino que se producen de manera sostenida a través del tiempo.

–Dicho de otro modo, los discos de jazz y de música clásica, ¿son, como en el caso de los libros de catálogo en las editoriales, los que, a pesar de las ventas, les confieren respetabilidad a las discográficas?
–No sé si la palabra es respetabilidad, pero sí creo que plantean una necesidad que debe considerarse. No me imagino una librería argentina que no tenga el Martín Fierro. Es ese tipo de libro que a lo mejor se vende a razón de uno o dos por año, pero que de ningún modo puede faltar. Con ciertos discos pasa otro tanto. Una discográfica no puede darse el lujo de no tener en el catálogo la Novena Sinfonía de Beethoven.

–¿De qué otras cosas una discográfica no puede prescindir?
–Por ejemplo, no se puede prescindir de Bach, de la mayor parte de Mozart, de Carmina Burana de Orff. En fin, son muchas cosas.

–¿Qué es lo que determina que un disco se edite?
–Cada compañía tiene sus propias prioridades, que dependen de un gran número de factores. A las filiales les corresponde evaluar en qué medida esas prioridades tienen que ver con la propia realidad, que, afortunadamente, no se limita a los condicionamientos del mercado. Por ejemplo, hace unos pocos meses saqué un disco que ganó el Grammy en la categoría de música clásica, con piezas de Scriabin, Medtner y Stravinsky, interpretadas por Evgeny Kissin. A pesar de que el repertorio no sea el más frecuentado por el público, es un disco realmente importante y yo creo que, independientemente de las ventas, no debe faltar en nuestro catálogo. Pasa lo mismo en el terreno del jazz: discos como Jeru, de Gerry Mulligan, o Mingus Ah Um, de Charles Mingus, o la selección de los años 1962 a 1964 de Sonny Rollins en RCA son demasiado importantes en la historia de esa música y tienen que estar disponibles, en lo posible a un precio razonable.

–¿Cómo hace para administrar lo que edita considerando catálogos tan importantes y teniendo en cuenta que las compañías también deben estar probablemente más interesadas en sus novedades?
–Alterno una y otra cosa. Lo puedo hacer porque no todas las novedades tienen el mismo interés local. Insisto, son catálogos que cuentan con verdaderas joyas, algunas de las cuales son incluso más rentables que las novedades. Y esto vale tanto para el jazz como para la música clásica.

–¿Cómo se calcula el número de títulos que sale cada año?
–No es un número fijo que se determine a priori, sino que se va evaluando en función de lo que puede absorber el mercado. Las tiradas fluctúan. Para las músicas de las que estamos hablando se parte de mínimos que pueden ir de las 500 a las 1000 unidades. En caso de agotarse, se reponen de inmediato. Precisamente, una de mis obligaciones es vigilar el stock y asegurarme de que esté disponible en las disquerías.

–¿Existe realmente una relación entre el tratamiento que la prensa le dé a un disco y sus ventas?
–En general, sí, pero no siempre. Hay discos que han sido tratados muy muy bien por la prensa y que, sin embargo, no se han vendido, y también el caso inverso. Después de muchos años en el oficio, ése sigue siendo un misterio para mí.



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