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miércoles, 21 de diciembre de 2016

Un apretado resumen de lo que se vio en Buenos Aires Jazz 2016


Distintas razones atentaron para una correcta cobertura del Buenos Aires Jazz 2016, acaso uno de los mejores festivales realizados por Adrián Iaies hasta la fecha.
Hubo puntos muy altos, y la dificultad de ponerse de acuerdo sobre qué fue lo mejor ya habla de la calidad de lo que se escuchó. Para algunos, la noche del viernes 25 de noviembre, en que el acordeonista Vincent Peirani y el saxo soprano Emile Parisien tocaron en la Usina del Arte, fue, sin duda, uno de los momentos culminantes de esta edición. Ambos, que se presentaron por primera vez en la Argentina, se dedicaron a recorrer su disco a dúo Belle Epoque (editado por el sello alemán ACT), con lecturas muy originales del repertorio de Sidney Bechet y Duke Ellington, además del agregado de composiciones propias.
Para otros, el momento culminante fue el solo piano del pianista español Agustí Fernández en el Salón Dorado del Teatro Colón, el sábado 26 de noviembre. Dos días antes, Fernández había realizado un excelente concierto en la Usina del Arte, en compañía del saxofonista argentino Pablo Ledesma, abriendo una velada que tuvo como número central al trío Tamarindo, compuesto por Tony Malaby, William Parker y J.T. Bates.
Durante su actuación, Malaby dijo que habían tocado con mucha fuerza por la ingesta de carne realizada el día anterior. Para demostrarlo, se ofrece una foto con parte del elenco estable de Minton’s, Malaby y Bates, en una parrilla del Centro de la ciudad.
Malaby también tocó en uno de los “cruces” propuestos por el festival, con el guitarrista Juan Pablo Arredondo, el contrabajista Carlos Álvarez y el baterista Sergio Verdinelli en el Bebop Club, la noche del 25 de noviembre. Un día antes, el saxofonista Donald Harrison (en reemplazo del trompetista Eddie Henderson, ausente con una pierna rota), hizo lo propio en Thelonious, en compañía de Mariano Loiacono, Miguel Rodríguez (de España), Jerónimo Carmona y Enzo Carpentieri (de Italia). Quienes asistieron a ambos conciertos dijeron que fueron excelentes.

Otro tanto ocurrió con quienes fueron al magnífico solo piano de Stanley Cowell, también en el Salón Dorado del Teatro Colón, que al día siguiente albergó un dúo con William Parker y Ernesto Jodos.
Otro de los puntos altos fue la primera presentación en el país del cuarteto del clarinetista y saxofonista francés Louis Sclavis. Acompañado por el excelente guitarrista Gilles Coronado, por el tecladista Benjamin Moussay y por el deslumbrante percusionista iraní Keyvan Chemirani dio un show espléndido y cátedra de cómo debe tocarse el clarinete bajo.
Por supuesto que hubo mucho más, como el cierre en la Usina del Arte con Maria Joao & Guinga (que dejó con la boca abierta a Mariano Loiácono), o las jams comandadas por el baterista Eloy Michelini, o los conciertos de Omer Avital, Dado Moroni, Lilian Saba, etc. Pero, como suele suceder, no es posible verlo todo. Y es una lástima, pero es lo que es y, a veces, no hay más remedio que optar y luego lamentarse.

lunes, 2 de abril de 2012

Romano, Sclavis y Texier, con Bojan Z y Nguyen Le en Epinay-sur-Seine

(París. De nuestro enviado especial) Banlieues Bleus es un festival que se desarrolla desde hace 29 años en diversos suburbios de París. Es una forma de que la gente que vive en esos barrios, muchas veces alejados de la capital francesa, pueda acceder a espectáculos de primer nivel, en doble programa a precios francamente populares, con algunos de los más importantes músicos del momento. De hecho, para este 2012 fueron convocados, entre otros, el Trio Celea, Parisien, Reisinger y McCoy Tyner Trio con Joe Lovano, Matana Roberts Coin Coin, Marc Ribot, el ascendente trio de Andy Sheppard, Michel Benita y Sebastian Rochford, Lucia Recio & Fred Firth, etc.

Al enviado de Minton's, entonces, le tocó costearse ayer, domingo 1 de abril, a Epinay-sur-Seine, un suburbio sin gracia a 20 minutos de París (en coche), para asistir a la actuación de Jukebox y del trío Romano, Sclavis, Texier, ampliado con la presencia de Bojan Z y Nguyen Le. Entonces, después de almorzar liviano, se puso en marcha acompañado por una amiga que hizo las veces de chofer.

En la primera parte, como fue dicho, se presentó Jukebox, un quinteto de muy jóvenes músicos, compuesto por Louis Laurain (trompeta), Fidel Fourneyron (trombón), Fabrizio Rat (piano y concepción), Ronan Courty (contrabajo) y Julien Loutelier (batería). Según explicó el carismático Laurain --quien, entre tema y tema, se dedicaba a hablar para darle tiempo a sus compañeros a "preparar" sus instrumentos--, se trata de un grupo que funciona como una de esas máquinas que ofrecen hits musicales en los bares, lo que explica entonces el repertorio, fundamentalmente estructurado alrededor de temas de Perry Como, Elvis Presley, Suzanne Vega o chansonniers franceses del pasado. Hasta acá podría pensarse en algo así como en una Brass Fantasy (la de Lester Bowie) dismnuida a quinteto. Pero lo interesante es que, siempre de acuerdo con Laurain, en algún momento del tema los miembros de Jukebox empiezan a tener problemas con las partituras y la música se dispara en direcciones increíbles: los vientos se usan justamente para producir viento sin sonido, el piano preparado parece una caja de música, el baterista coloca todo tipo de instrumentos de cocina sobre los parches, el contrabajista limita el sonido de su instrumento con broches para la ropa. Llenos de sentido del humor, pero, al mismo tiempo, de un fantástico rigor interpretativo, estos músicos --que en su mayoría no alcanzan los 30 años-- dieron una demostración de que el jazz no tiene por qué ser una música aburrida ni patética. Y fueron muy aplaudidos por el público de una sala largamente colmada.

La segunda parte, la que de veras había convocado al público, tuvo como protagonistas excluyentes al trío formado por Louis Sclavis, Henri Texier y Aldo Romano, tres líderes virtuosos del jazz francés, que reaparecieron en disco (3 plus 3) con tres invitados de lujo: Enrico Rava, Bojan Z y Nguyen Le, constituyendo así una especie de supergrupo probablemente sin precedentes en el jazz local. Y pese a la ausencia de Rava, hay que decir que su actuación superó toda expectativa que uno pudiera tener. Se trata de monstruos absolutos, líderes por derecho propio, puestos aquí al exclusivo servicio de la música y de las composicones de cada uno de los miembros del grupo.

Sclavis en vivo es simplemente asombroso tanto en el clarinete, el clarinete bajo o el saxo soprano. De una perfección pocas veces oída en esos instrumentos, encuentra en Nguyen Le el compañero ideal. Ambos "conversan" permanentemente y, de tanto en tanto, llevan adelante complicadísimos pasajes al unísono que, por sus dificultades técnicas, serían una invitación al desastre en músicos menos dotados. Texier es uno de los mejores contrabajistas que a este corresponsal le tocó ver. Da la impresión de que nada le resulta ni difícil ni complicado y, pese a su fama de mal genio, disfruta tocando y aprueba cada intervención afortundada de alguno de sus compañeros. Romano es una especie de eminencia gris que propulsa cada tema sin exagerar y sin grandilocuencias. Da la impresión de que sus antebrazos son totalmente independientes del cuerpo, que apenas mueve mientras toca y, por alguna razón, busca en permanencia la complicidad con Bojan Z, que en piano eléctrico y piano aporta una cuota de levedad a la densidad de lo que se oye. Simplemente, un concierto sobresaliente, acaso el mejor que le tocó escuchar a este enviado durante su breve estadía parisina, ya en cuenta regresiva. Ahora bien, ¿qué cabría imaginar si uno piensa que no estaba Enrico Rava?

Con este pensamiento, al cabo de casi tres horas y media de show por unos 20 euros (menos de 120 pesos),  este corresponsal salió a la noche del suburbio, sin olvidar que mañana martes parte a Roma y de ahí a Nápoles, obligado por Guillermo Hernández, quien exigió un condimento particular para la pizza que prepara en secreto en Merlo. Y como sus deseos son órdenes, por una semana no habrá nuevos posteos en el blog.